Desde siempre, hemos vivido a media luz dos veces cada día. Una es el alba y otra es el ocaso. Sabemos lo que viene después de ello porque sabemos dónde se encuentra el poniente y el levante. Pero si no lo sabemos, no adivinaremos el futuro inmediato. Así estamos hoy.
En la media luz de la incertidumbre estamos viviendo frente al futuro. Desde luego que no me refiero al futuro inmediato ni a las venideras elecciones mexicanas o estadunidenses ni al crecimiento económico ni a los campeonatos de futbol, por importantes que sean.
Me estoy refiriendo al futuro de los 20 o 30 años por venir. Por supuesto que no al futuro mío, sino al de mis hijos y de mis nietos. Ojalá que estén preparados para lo que les toque vivir. Yo he vivido el día y la noche de mis tiempos. Qué bueno que los viví, hayan sido como fueran.
Mucho de lo público, de lo social y de lo privado no están bien, aunque no todo está mal. Por ejemplo, en lo público, la seguridad va bien, revirtiendo la debacle homicida del sexenio anterior. En lo privado, la empresa está bien. Hace 30 años pensábamos que el T-MEC sería para que compráramos chocolates, no para que vendiéramos automóviles, ni más ni menos que a Estados Unidos. Y lo logramos y somos el principal abastecedor de la mayor potencia compradora de la historia de la humanidad. Esos son tan sólo ejemplos.
Pero los cuadros políticos de todo el mundo son impresentables y no resistirían la menor comparación con sus antecesores. El mundo es más rico en lo económico, pero más pobre en lo humano. Es más conocedor, pero menos sabio. Es más sano en lo corporal, pero más insano en lo mental. Se ha olvidado que la riqueza, la sabiduría y la bondad no se miden por lo que se tiene, ni por lo que se sabe ni por lo que se siente sino por lo que se hace con esa riqueza, con esa sabiduría y con esa bondad.
Los mexicanos futuros tendrán que reparar lo que se haya descompuesto y reponer lo que se haya destruido. Quizá logren encontrar quienes compren o concesionen el petróleo, la electricidad, la vivienda laboral, el sistema pensional, los aeropuertos y los puertos, las carreteras y las aguas, así como dos docenas más de destrucciones o deterioros.
Pero no sería posible y tampoco se encontraría un comprador ni un concesionario para los sistemas de justicia, los cuales han sido destruidos no creo que por ignorancia ni por estulticia, sino por perfidia y por perversión.
El tiempo histórico es testigo. A Roma le costó 700 años de paciencia, desde el rapto de las sabinas hasta la conquista de Galia, para pasar de nómadas arrimados a dueños del mundo. A Europa le llevó 300 años la creación de su navío de desarrollo, tan sólo si lo contamos desde el inicio del Renacimiento hasta el principio de la industrialización. Y a los aztecas, los 100 años que fueron desde la Triple Alianza hasta la consolidación del Imperio.
Creo mucho en los jóvenes mexicanos. Cómo no creer en ellos si 200 años me lo confirman. A sus 37 años de edad, Iturbide independizó a México, Madero remitió una dictadura de tres décadas, Villa tiró otra dictadura con su victoria en Zacatecas y Obregón consolidó la revolución constitucionalista con su triunfo en Celaya.
A sus 42 años de edad, Cárdenas expropio el petróleo y Porfirio Díaz venció seis veces a los franceses para quedar invicto. Y a sus 40 años, Carlos Salinas inició la creación del sistema comercial de la América del Norte. Cómo no creer en nuestros muchachos.
Desde luego, no estoy pidiendo la paciencia romana de 700 años y ni siquiera la azteca de tan sólo 100. Alemania y Japón en tan sólo 30 años pasaron de la destrucción y la derrota a la potencia y a la riqueza. Sé que se puede y sé que nosotros podemos. En sólo 10 años pasamos de la debacle de los 80 al TLC de los 90. En tres años pasamos de una inflación de 150% a una de 9% y de un decremento económico de menos 6% a un crecimiento de más 3 por ciento.
El tiempo lo dirá. El tiempo siempre habla y el tiempo siempre manda.
