La mañana del pasado 6 de agosto me reuní, en representación de la presidenta Claudia Sheinbaum, con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva en el Palacio de Planalto. Coincidimos en un punto central: es momento de llevar la colaboración entre nuestros países a un nuevo nivel. Ese mismo día sesionó, en el Palacio de Itamaraty, la sexta reunión de la Comisión Binacional México-Brasil, tres años después de la quinta, en un intervalo que transformó el orden internacional.
Brasil y México somos las dos mayores economías y las dos naciones más pobladas de América Latina y el Caribe. Juntos concentramos cerca de 60% del PIB regional, ambos figuramos entre las quince economías más grandes del mundo y somos parte del G20. Esa dimensión se traduce en una responsabilidad compartida frente a los desafíos que definen nuestro tiempo: la lucha contra la pobreza y la desigualdad, el combate al cambio climático, la defensa de la democracia —es decir, del derecho de los pueblos a que su voz sea respetada— y la preservación del multilateralismo, entre otros.
En materia energética, la cooperación entre Pemex y Petrobras —las dos mayores empresas petroleras estatales de América Latina— avanza sobre el memorando suscrito en junio, que abrió una agenda de intercambio técnico, tecnológico y regulatorio en exploración, producción y transformación de hidrocarburos. A ello se suma una cooperación creciente en biocombustibles, terreno en el que México se propone aprender de la experiencia brasileña, una potencia global en la materia.
Nuestros dos gobiernos compartimos una convicción: la soberanía energética y el desarrollo económico deben avanzar de la mano con el combate al cambio climático y con las soluciones basadas en la naturaleza. Brasil lo mostró en noviembre pasado, cuando acogió en Belém la COP30, la primera conferencia climática de Naciones Unidas celebrada en la Amazonía, que dejó compromisos en financiamiento para la adaptación, protección de bosques y combustibles sostenibles. México llegó a esa cita con una contribución nacionalmente determinada renovada.
La agenda avanza en varios frentes. De acuerdo con el Banco de México, en el primer semestre de este año nuestras exportaciones a Brasil crecieron cerca de 33%, y ambos gobiernos acordamos ampliar el intercambio y las inversiones recíprocas. El memorando de ciencia, tecnología e innovación que ese mismo día firmaron la SECIHTI y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Brasil abre un cauce de trabajo en inteligencia artificial, semiconductores y cómputo cuántico.
Brasil nos invitó a sumarnos al Centro Latinoamericano de Biotecnología y México invitó a Brasil a integrarse a la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio (ALCE). Y la cultura sigue el mismo camino: la nueva sede del Instituto Guimarães Rosa abrirá sus puertas en México, junto con el Instituto Matías Romero, para enseñar portugués a nuestros funcionarios y funcionarias.
Frente a un momento sumamente complejo en el orden internacional, México y Brasil respondemos desde una misma visión: diplomacias al servicio de los pueblos —y de nuestro planeta— y un orden internacional sustentado en el derecho, que se aplique por igual a todos y todas. De ahí nuestra defensa del multilateralismo, del derecho internacional, de la no injerencia y de la igualdad jurídica de los Estados. De ahí el impulso a una reforma de las Naciones Unidas a la altura de nuestro tiempo y el compromiso de preservar a América Latina y el Caribe como la Zona de Paz que proclamó la CELAC. En ese mismo espíritu, México respalda la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas.
Esa visión compartida tiene expresiones concretas. Brasil asumió la representación de los intereses de México el Perú mientras duró la ruptura: un gesto que agradecemos y que honra la mejor tradición de la vecindad latinoamericana.
El siguiente paso es convertir este momento en arquitectura duradera: transitar del diálogo bilateral a una asociación estratégica de largo plazo, que se mida en resultados concretos. Cadenas regionales de valor en biocombustibles, industria aeroespacial, farmacéutica y minerales estratégicos; autosuficiencia sanitaria; capacidades espaciales propias; posiciones compartidas en el G20 y en los sistemas interamericano y de Naciones Unidas.
Antes de recibir el Premio Nobel de la Paz, Alfonso García Robles fue embajador de México en Brasil. Volvió de aquí para convertirse en el principal artífice del Tratado de Tlatelolco, acuerdo que hizo de América Latina y el Caribe la primera región habitada del planeta libre de armas nucleares.
Tlatelolco no fue solamente un logro regional: fue una aportación latinoamericana al orden mundial, hecha por países armados con el poder de la diplomacia y el derecho internacional. Ése es el estándar histórico que refrendamos hoy: el momento de México y Brasil no se medirá por lo que alcancemos internamente sino por lo que la región —y el mundo— reciban de nosotros.
*Secretario de Relaciones Exteriores de México
