Sheinbaum, 2 años de una patria que se defiende

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

La presencia ciudadana en las plazas públicas de las capitales estatales, en los municipios más importantes del país, en las comunidades rurales, en el Monumento a la Revolución y en los espacios donde históricamente se han congregado las fuerzas que han transformado el destino de México, constituye un mensaje inequívoco hacia el exterior y hacia el interior de la República: México no tiene precio, no está en venta y nunca lo estará mientras existan gobiernos con sentido de dignidad nacional y una ciudadanía consciente de su responsabilidad histórica. Las imágenes de miles de personas reunidas simultáneamente en todo el territorio nacional expresan algo más profundo que una movilización política. Reflejan la vigencia de una idea que acompaña a México desde su nacimiento como nación independiente: el derecho irrenunciable de decidir su propio destino. A dos años del triunfo electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum, la discusión nacional ha dejado de centrarse exclusivamente en programas de gobierno para convertirse en un debate sobre soberanía, independencia y proyecto de país.

Las concentraciones observadas en todo el territorio no sólo expresaron respaldo a la Presidenta. También mostraron el contraste entre dos visiones de nación. Por un lado, millones de ciudadanos que reivindican la capacidad de México para definir su propio rumbo; por el otro, una oposición que sigue sin reconciliarse con una realidad política que cambió profundamente y que continúa buscando respuestas fuera del país para explicar fenómenos que sólo pueden entenderse desde la experiencia mexicana. La historia nacional demuestra que cada generación ha enfrentado desafíos para preservar su autonomía. Durante el siglo XIX fueron las invasiones y las intervenciones extranjeras; en el siglo XX, las presiones económicas y geopolíticas; en el XXI, las disputas se libran también en el terreno de las narrativas, de la opinión pública y de los modelos de desarrollo. Resulta inevitable recordar una de las tesis del sociólogo brasileño Jessé Souza, quien describió a sectores que terminan defendiendo intereses y visiones alejadas de sus propias realidades nacionales. Algo de esa reflexión parece resonar en ciertos segmentos de la oposición mexicana. Mientras millones de ciudadanos reivindican la soberanía como un valor democrático fundamental, algunos actores políticos parecen más preocupados por obtener legitimidad en centros de poder externos que por comprender las transformaciones ocurridas dentro de su propio país. La contradicción es evidente. Con frecuencia presentan como modelos indiscutibles a gobiernos que enfrentan severos problemas de desigualdad, violencia, adicciones o fragmentación social. Hablan de democracia mirando siempre hacia fuera, pero pocas veces reconocen la madurez democrática de una sociedad que ha decidido transformar pacíficamente su realidad mediante las urnas. Parecen atrapados en la nostalgia de un tiempo en el que la validación extranjera era considerada un requisito para gobernar México.

Frente a ello, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha sostenido una política basada en el respeto mutuo, la cooperación y la igualdad entre los Estados. México puede dialogar con cualquier nación sin renunciar a sus principios ni aceptar tutelas. La soberanía no significa aislamiento; significa capacidad de decisión. La dignidad nacional no implica confrontación; implica respeto. Por esa razón, la influencia de la presidenta Sheinbaum trasciende cada vez más las fronteras nacionales. Su liderazgo es observado como parte de una corriente internacional que reivindica el derecho de los pueblos a decidir libremente su destino. México vuelve a proyectarse como una nación con voz propia, capaz de participar activamente en los asuntos globales sin renunciar a sus convicciones. Las plazas llenas representan mucho más que una demostración de apoyo político. Son la expresión de una ciudadanía que entiende que la soberanía debe defenderse desde la academia, los medios de comunicación, la cultura, las organizaciones sociales y la conversación pública. Convencer, informar, debatir y participar son tareas esenciales para quienes creen en un país independiente, democrático y socialmente justo.

Dos años después de aquella victoria electoral, el mensaje que emerge desde millones de voces resulta claro: la patria no se negocia, la soberanía no se delega y el futuro de México pertenece exclusivamente a los mexicanos.