Después de Brasil, ¿México?

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

Brasil no elegirá solamente presidente. Su segunda vuelta puede adquirir un significado continental. Si Flávio Bolsonaro gana, la derecha latinoamericana podrá presentar su triunfo como confirmación de un giro regional conservador. Esa narrativa llegará a México rumbo a 2027. No determinará el voto, pero puede modificar percepciones y alimentar la idea de un nuevo ciclo político continental.  

International IDEA analizó 60 elecciones presidenciales latinoamericanas con segunda vuelta: en 20, quien ganó la primera terminó perdiendo la segunda. En Argentina, Sergio Massa ganó la primera vuelta de 2023 y Javier Milei la segunda con 55.69%. En Ecuador, Luisa González aventajó a Daniel Noboa y terminó perdiendo. En Brasil, Lula venció en 2022 por apenas 50.9% frente a 49.1% de Jair Bolsonaro.

Por eso sería un error considerar concluida la elección brasileña. Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor de 47% y Lula 44.9% en la primera vuelta; ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre.

El contexto es una recomposición continental. Las derechas latinoamericanas comparten discursos y estrategias en un ecosistema digital sin fronteras, al que se suman el gobierno de Donald Trump y sus afinidades regionales.

No significa que exista un mando único, pero es previsible una ofensiva política y comunicacional para disputar la orientación de México. Una narrativa surgida en Brasilia, Washington o Madrid puede instalarse aquí en horas.

La elección de 2027 será la primera batalla política por 2030. Se renovará la Cámara de Diputados y habrá procesos locales, pero lo trascendente será la correlación de fuerzas con la que México entrará a la segunda mitad del sexenio.

Quien piense que 2030 comienza en 2029 estará llegando tarde. 2030 comenzó en 2024. Con una intermedia para medirse el próximo año. Entonces se medirán, sumarán o restarán territorio, gobiernos, coaliciones y liderazgos. Será una elección legislativa y local en las urnas, pero prepresidencial en sus consecuencias.

Existe una verdad elemental: las elecciones se ganan con votos. No bastan encuestas, cargos, propaganda ni tendencias digitales. Para ampliar una mayoría primero hay que conservarla. Antes de convencer a quienes están enfrente, hay que escuchar y sumar a los de casa.

Cada liderazgo excluido o simpatizante desencantado puede convertirse en un voto que no llegue a la urna. Crecer hacia afuera mientras se reduce por dentro debilita cualquier coalición.

La derecha mexicana tendrá referentes regionales y nuevas herramientas. Pero atribuir su crecimiento sólo a factores externos sería equivocado. Las oposiciones avanzan cuando encuentran inconformidades que representar: inseguridad, economía, corrupción, servicios o libertades.

La izquierda debería asumir que ha cedido algunas banderas históricas: víctimas, combate a la corrupción, eficacia gubernamental, movilidad social, libertades y justicia cotidiana son territorios abiertos a la disputa.

Hasta ahora no ha aparecido un liderazgo opositor capaz de reunir esas causas y transformarlas en una nueva mayoría. Nada garantiza que sea permanente.

Cuando un movimiento deja una bandera en el suelo, tarde o temprano alguien más puede levantarla.

La izquierda no puede llegar a 2027 administrando triunfos anteriores. En democracia ninguna mayoría es permanente. Los votos del pasado no se heredan: hay que volver a conquistarlos.

El desafío es recuperar causas, gobernar con resultados y ampliar sin excluir. Sustituir la política por el dogma o interpretar la diferencia como deslealtad reduce la capacidad de sumar. Unidad no significa uniformidad.

Brasil recuerda que las mayorías cambian, las oposiciones aprenden y ninguna victoria es eterna.

2027 comenzará a definir políticamente 2030. Para convencer al país, primero hay que convencer a los de casa.

Para mantener la unidad no hay que dejar afuera a los liderazgos. Hay que dejar afuera a los anquilosados dogmas.

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