El chivo expiatorio de la política mexicana

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

En México, la política encuentra culpables con más rapidez que soluciones. Corregir decisiones y reconocer errores exige trabajo; descubrir un villano apenas requiere un micrófono, una cámara. La autocrítica no suele llenar plazas ni reuniones ejecutivas. Un enemigo bien escogido, el chivo expiatorio, hasta consigue porras e instrucciones de “Ley del hielo”.

El reparto: cínicos, hipócritas, traidores, infiltrados, corruptos y enemigos del pueblo. Cambian los partidos y los protagonistas, pero el libreto sobrevive a todas las alternancias. Cada facción tiene su santoral y su pequeño infierno. El expediente puede esperar; la sentencia ya está circulando en redes y chismes de pasillos y mensajes de texto.

René Girard (1923-2015), filósofo y antropólogo francés, estudió este mecanismo. En El chivo expiatorio, publicado en 1982, explica cómo una comunidad desgarrada por sus conflictos puede recuperar cierta unidad descargando sus culpas sobre una persona o un grupo. No desaparece la crisis: aparece alguien a quien cobrársela.

La operación favorece a sus promotores. Donde había desacuerdos surge un enemigo común. El desastre adquiere nombre y apellido; sus causas quedan fuera de la conversación. Quienes ayer se disputaban todo descubren que todavía pueden coincidir en algo: la culpa es de otro.

Aquí entra el deseo mimético. Para Girard, aprendemos de los demás no sólo maneras de actuar, sino también qué desear. El modelo puede convertirse en rival cuando ambos aspiran a lo mismo. En política, el adversario enseña a veces aquello que sus enemigos ambicionan: su influencia y su autoridad. Lo condenan con una vehemencia que no siempre les impide imitarlo.

Hay quienes combaten la concentración del poder hasta que les entregan las llaves. Entonces descubren sus virtudes. La silla era intolerable cuando la ocupaba el contrario; ahora resulta indispensable para transformar al país. Más que una diferencia de principios, parece un problema de acomodo.

Cuando esas rivalidades fracturan al grupo, el chivo expiatorio ofrece una salida: todos contra uno. Una derrota electoral se atribuye al traidor; una ruptura, al infiltrado; una gestión desastrosa, a la conspiración de costumbre. El culpable único evita una tarea ingrata: revisar las responsabilidades de los demás. Menos sus propios tropiezos.

Pero tampoco hagamos de Girard el defensor de oficio de cualquier acusado. No toda denuncia es persecución ni toda investigación constituye un linchamiento. Exigir cuentas es una obligación democrática. La diferencia está en investigar hechos y acreditar plenamente conductas, no en escoger primero al culpable y salir después a buscarle un delito.

Girard examina mitos, persecuciones y relatos religiosos. De Edipo a las acusaciones durante las epidemias medievales, muestra cómo una multitud puede confundir sus prejuicios con pruebas. La unanimidad, tan apreciada en los discursos, también puede ser una injusticia que aprendió a hablar en coro.

En su interpretación del cristianismo, los Evangelios revelan la inocencia de la víctima y exhiben la violencia de sus perseguidores. Es una tesis debatida, pero plantea una pregunta: cuando la multitud exige castigo, ¿ha escuchado las pruebas o solamente ha encontrado a quién odiar?

El derecho debe resistir esa prisa. Ninguna tendencia digital sustituye un expediente; ninguna conferencia de prensa equivale a una sentencia. El debido proceso no es una cortesía para los simpáticos. Y la presunción de inocencia demuestra su valor cuando protege a quien nadie quiere defender.

México necesita menos afición al cadalso y más paciencia para resolver problemas. Disentir no debería convertir a nadie en enemigo, como tampoco ganar una elección concede licencia para repartir inocencias y culpabilidades.

Una democracia puede investigar, sancionar y exigir responsabilidades sin organizar sacrificios a los dioses.

Porque encontrar a quién culpar sacia el morbo que produce el linchamiento social, pero impide ver la viga en el propio ojo.