Izquierda y democracia
El Foro de Sao Paulo ha sido copado por Venezuela y Cuba, mientras el Grupo de Puebla es más moderado, diverso y tolerante en sus posturas. Pero comparten el mismo punto ciego sobre la realidad

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
La izquierda tiene el imperativo ético y político de definirse ante la crisis de la democracia en América Latina. Cuba se encuentra en el ojo del huracán precisamente por el tema de la represión y la democracia. Junto con Venezuela, Nicaragua y México, la situación en Cuba obliga a la izquierda latinoamericana a examinar su posición sobre la democracia. Las conductas cada vez más violentas de sus respectivos gobiernos ponen en entredicho la presunción de que el ser regímenes que se definen “de izquierda” implica democracia para sus pueblos.
La izquierda latinoamericana se ha organizado en dos frentes: el histórico Foro de Sao Paulo (creado en 1990 en Sao Paulo, Brasil) y el más reciente Grupo de Puebla (fundado en 2019, en la ciudad de Puebla, México). Claro, aún existe también Copppal (Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina, creado en 1979 por el PRI, en el estado mexicano de Oaxaca) aunque sin el ímpetu de los años, y recursos económicos, del PRI de antaño.
¿Qué distingue a las organizaciones que presumen aglutinar a las izquierdas o fuerzas progresistas de América Latina? Se dice que unos son más radicales que otros. El Foro de Sao Paulo ha sido copado por Venezuela y Cuba, mientras el Grupo de Puebla es más moderado, diverso y tolerante en sus posturas. Pero comparten el mismo punto ciego sobre la realidad. Sus dirigentes se mueven entre una y otra de las organizaciones con gran facilidad. Y se les olvida el problema de la democracia.
Hace dos días el Grupo de Puebla celebró su segundo año de existencia. En los discursos de dirigentes y algunos presidentes (de Bolivia y Argentina, notoriamente) todos reprobaron las agresiones y el bloqueo económico de Estados Unidos a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Declararon que la actitud de Washington era una infamia, especialmente en tiempos de pandemia. Condenaron a Luis Almagro, secretario general de la OEA, por ser “lacayo” de Estados Unidos. El presidente Fernández, de Argentina, habló sobre la propuesta de “Andrés Manuel” (Presidente de México) de salir todos de la OEA y agruparse en CELAC, una asociación exclusivamente latinoamericana, como vía para liberarse del yugo estadunidense. Y todos denuncian al neoliberalismo, igualando la cantaleta anticapitalista de los años 60 y 70 del siglo pasado.
Después del derrumbe de la utopía socialista soviética, la izquierda se planteó un nuevo paradigma, sin pensarlo mucho: el capitalismo monopolista de Estado con sentido social como “bueno” versus el capitalismo libre de mercado sin conciencia social como “malo”, o neoliberal. Sobre la democracia, no hablaron, como si el problema de crecientes ataques a las libertades, deterioro a la autonomía de las instituciones y la coacción a la prensa no existiera o como si evadiendo el tema evaden asuntos escabrosos que los pudieran dividir. La discusión versa sobre el papel del Estado en la economía y ante la participación de la sociedad en la toma de decisiones. Lo que une a todas esas fuerzas de izquierdas y progresistas es su denuncia de lo que definen como grandes problemas: hambre, desempleo y desigualdad. Y siempre ponen al Estado, sus intereses y necesidades delante de las demandas democráticas y libertarias. Si tiene que escoger entre Estado y democracia, escogería el Estado y sus objetivos como prioritario, considerando a la democracia como “asignatura pendiente”.
¿Y dónde queda la democracia en la agenda de la izquierda? Diluida, por no decir borrada. No es tema presente. Es un concepto que se anuncia, pero carece de contenidos concretos. Porque si tuviera contenidos, la preocupación por el carácter de regímenes como el cubano, venezolano o nicaragüense, cuyos gobiernos son represivos y antidemocráticos, sería también un tema de central preocupación para los demócratas del mundo. La izquierda debería preocuparse seriamente por las derivas autoritarias en México y El Salvador. Y le debería preocupar el hecho de que, ante manifestaciones de descontento social, los gobiernos de izquierda reprimen a sus pueblos igual que los gobiernos calificados de neoliberales, como Chile y Colombia. Igual. Sin ninguna diferencia.
Ya no es suficiente acusar a los conservadores, a Estados Unidos y al neoliberalismo de ser los causantes de la inconformidad social en nuestros países. Y disculpar las conductas represivas de gobiernos de izquierda como justificadas por los planes maléficos e injerencias de otros. Los fracasos en la gestión económica y en el manejo de la pandemia, junto con alianzas indecibles con el crimen organizado, no se pueden explicar echando la culpa a otros, lejanos, de ser los responsables de nuestros errores y corruptelas.
La izquierda y los progresistas deben volver a la historia. El bloque soviético se derrumbó porque no había libertades, y la gente se cansó y se rebeló. Si no ayudan a encontrar soluciones correctas y a tiempo, Cuba, Venezuela y Nicaragua también caerán. Y la derrota de esos gobiernos no será por los embargos, sino porque los pueblos, hartos de la opresión económica y política que viven, se levantarán en su contra. Las justificaciones de los ataques a las libertades democráticas no tienen lugar.
La izquierda debe ponerse del lado de la transformación democrática de las sociedades y pensar que la solución al hambre, desempleo, desigualdad y neoliberalismo pasa también por la defensa de las libertades y la democracia.
Sin democracia y libertades plenas no habrá futuro para nuestros pueblos. Y mucho menos viabilidad y credibilidad de la izquierda.