Dos hombres, separados por más de 20 años y por disciplinas aparentemente distintas, eligieron el mismo título para sus libros: Anatomía de la esperanza. Uno es Francesc Torralba, filósofo español; el otro, Jerome Groopman, médico oncólogo estadunidense. El primero explora qué nos permite mirar al futuro cuando el presente parece desmoronarse. El segundo se pregunta qué ocurre con la esperanza cuando una enfermedad amenaza con arrebatarnos ese futuro.
La coincidencia es reveladora. La esperanza no pertenece exclusivamente a la filosofía ni a la medicina: es profundamente humana y pocas profesiones tienen tanta capacidad de convertirla en algo tangible como la de quienes dedican su vida a cuidar la nuestra.
Torralba, que escribió desde la experiencia del dolor por la muerte de su hijo, nos invita a comprender que esperar no es aguardar pasivamente a que cambie la suerte. Es reconocer que el futuro sigue abierto y que nuestras decisiones y acciones importan. Groopman, desde la experiencia clínica, muestra que un médico puede fortalecer esa esperanza sin prometer curaciones imposibles: ofreciendo verdad, conocimiento y posibilidades.
El pasado 23 de octubre celebramos en México el Día del Médico. Y lo hicimos en medio de protestas y reclamos de profesionales de la salud por mejores condiciones de trabajo. La contradicción merece atención: ¿cómo pedirles que sostengan nuestra esperanza si no les damos los recursos para ejercer su profesión?
La historia ofrece, además, una advertencia. El 26 de noviembre de 1964, médicos internos y residentes iniciaron un movimiento para exigir mejores salarios y condiciones laborales. Aquella movilización, que se extendió hasta 1965, fue uno de los antecedentes sociales del movimiento estudiantil de 1968. No lo detonó directamente, pero sí anticipó el reclamo de una generación que exigía ser escuchada. Más de seis décadas después, algunas demandas siguen vigentes.
Hay un contraste que obliga a preguntarnos por nuestras prioridades. En 2026, Jóvenes Construyendo el Futuro entrega nueve mil 582 pesos mensuales a cada aprendiz. El tabulador del contrato colectivo del IMSS 2025-2027 consigna para un residente de primer año seis mil 259 pesos al mes entre sueldo y beca. Esta última cifra no equivale necesariamente a su ingreso total, pues puede haber percepciones adicionales. Son esquemas distintos y ambos merecen una discusión seria. No cuestiono el apoyo a los jóvenes; cuestiono que todavía debamos preguntarnos si valoramos suficientemente a médicos que, después de graduarse, continúan su formación como especialistas mientras atienden pacientes, cubren guardias y sostienen buena parte de la operación hospitalaria. La vocación no puede ser una excusa para normalizar el agotamiento ni sustituir una remuneración digna. Tampoco podemos exigir atención segura, empatía y excelencia sin garantizar personal suficiente, medicamentos, insumos y espacios de aprendizaje respetuosos.
He conocido médicos que cambian el curso de una vida al encontrar un diagnóstico que nadie había visto, intentar un tratamiento diferente o quedarse al lado de un paciente cuando ya no hay cura posible. Su grandeza no está en ofrecer certezas, sino en combinar ciencia, criterio y humanidad para ampliar lo que todavía es posible.
La esperanza, entonces, no es ingenuidad ni optimismo pueril. Requiere manos entrenadas, muchas horas de estudio, decisiones difíciles y responsabilidad. También necesita instituciones que la hagan viable. Defender condiciones dignas para los médicos no es un privilegio gremial: es defender la calidad de la atención que todos necesitaremos alguna vez.
La medicina no siempre puede curar, pero siempre debe aspirar a cuidar con honestidad y dignidad. Y la sociedad no debería limitarse a aplaudir a sus médicos un día al año mientras ignora sus demandas el resto del tiempo.
La esperanza no consiste en esperar que las cosas sucedan, sino en reconocer que todavía podemos —y debemos— hacer algo para cambiar la realidad. A los médicos seguiremos exigiéndoles rigor científico, atención de calidad, actualización constante. Pero a la sociedad, más allá de homenajes y palabras de admiración, nos corresponde levantar la voz junto a ellos. Porque sus demandas también son nuestras.
