El efecto dominó de la guerra en Irán
El cierre del estrecho de Ormuz dispara el precio del petróleo

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
La escalada bélica desencadenada por los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero de 2026 ha sumido a la economía mundial en un escenario de alta incertidumbre. Lo que comenzó como una operación militar puntual amenaza con convertirse en un conflicto de amplio espectro cuyas consecuencias económicas podrían ser más profundas y prolongadas que cualquier crisis reciente. El consenso entre analistas y organismos multilaterales es claro: el impacto se canaliza en una arteria vital para el comercio global, el estrecho de Ormuz, generando una tormenta perfecta de inflación, ralentización del crecimiento y reconfiguración de alianzas comerciales.
El corazón del problema es la crisis energética. Irán no sólo es un productor relevante —con cerca de 5% de la producción mundial de petróleo—, sino que su posición geográfica le otorga un poder descomunal sobre la oferta global. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente 20% del consumo mundial de petróleo y una quinta parte del gas natural licuado (GNL), se ha convertido en el epicentro de la tormenta.
Las hostilidades han provocado una parálisis casi total del tráfico en esta ruta crítica. El temor a ataques con drones y minas navales ha llevado a las aseguradoras a retirar su cobertura para los buques que intentan cruzarlo. El golpe más inmediato ha sido sobre los precios. El Brent ha escalado por encima de los 85 dólares por barril, incorporando una prima de riesgo geopolítico de entre 10 y 15 dólares. Sin embargo, los modelos predictivos dibujan escenarios mucho más sombríos. Si el estrecho de Ormuz permanece cerrado, el consenso del mercado apunta a un barril por encima de 100 dólares. En un escenario de interrupción severa y prolongada, no descartan un salto a 150 dólares.
El mercado del gas natural no se queda atrás. La declaración de “fuerza mayor” por parte de QatarEnergy, el mayor exportador mundial de GNL, ha provocado una volatilidad extrema. Los precios de referencia en Asia y Europa se han disparado, con incrementos cercanos a 80%. Esta escalada de precios energéticos inyecta una dosis letal de estanflación en la economía global al elevar los costos de producción y transporte, presionando al alza la inflación general. Antes del conflicto, el mercado esperaba un ciclo de relajación monetaria por parte de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. Ahora, esa expectativa se desvanece. Si los pronósticos se confirman, los bancos centrales no dudarán en endurecer su política, incluso a costa de frenar la actividad económica. La consecuencia se verá encareciendo el crédito y sofocando aún más la inversión. El impacto no será uniforme, se creará una nueva geografía de ganadores y perdedores en el tablero económico. Los perdedores serán las economías de Europa y Asia, altamente dependientes de las importaciones de energía. India, que depende del Golfo para más de 60% de su crudo, ya ha visto cómo sus refinerías declaran “fuerza mayor” ante la imposibilidad de cumplir contratos de exportación.
Un beneficiario será Rusia. Con el petróleo iraní fuera del mercado y las rutas del golfo bloqueadas, la necesidad de crudo ruso se ha reactivado. Esto llevó a EU a suavizar temporalmente sus sanciones a Rusia para permitir compras indias. Otros exportadores como Canadá, Noruega o los propios productores estadunidenses de shale ven cómo la rentabilidad de sus operaciones se dispara, aunque en EU el beneficio macro se ve contrarrestado por el impacto del alto precio de la gasolina. México enfrenta mayores ingresos por venta de petróleo al exterior, pero mayor gasto al importarlo y por mantener el IEPS a la hora de cargar gasolina.
Un efecto colateral preocupante es el impacto en la producción de alimentos, por el encarecimiento de fertilizantes. Aproximadamente 44% del azufre, 31% de la urea y 18% del amoníaco a nivel mundial transitan por el estrecho de Ormuz, lo que golpearía con dureza a las poblaciones más pobres del planeta.
La guerra en Irán actúa como un efecto dominó, encendiendo la inflación, paralizando el crecimiento y rompiendo las cadenas de suministro. La duración del conflicto será la variable clave. Si bien un alto el fuego rápido podría limitar los daños, una confrontación prolongada tiene el potencial de empujar a la economía global hacia una recesión severa.