Una Kimberly o Karol cada cuatro días

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

La mayoría de edad en México debería ser un umbral de libertad, el inicio de una vida ciudadana cargada de proyectos y autonomía. Sin embargo, para las jóvenes mexicanas, cumplir 18 años parece haberse convertido en la apertura de una ventana de vulnerabilidad extrema, un periodo donde la esperanza se estrella contra una realidad de violencia sistémica.

Los nombres de Kimberly Joselín Ramos y Karol Toledo, estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos cuyas vidas fueron truncadas recientemente, no son sólo crónicas rojas en los diarios locales; son el rostro de una emergencia nacional que las estadísticas, frías pero irrebatibles, confirman con crueldad.

De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, en los primeros 524 días del presente sexenio, 121 mujeres que tenían exactamente 18 años al momento de su desaparición han sido reportadas como ausentes, situación en la que Kimberly y Karol estuvieron antes de que aparecieran sus restos. Si fragmentamos la cifra, el resultado es desolador: en México desaparece una joven de 18 años cada cuatro días. Esta frecuencia no es un accidente geográfico ni una racha de mala fortuna; es un indicador de cómo las estructuras de protección fallan precisamente cuando las mujeres intentan dar sus primeros pasos en la adultez.

La geografía del riesgo está claramente marcada. De esas 121 mujeres, 33 desaparecieron en el Estado de México, consolidando a municipios como Ecatepec y Toluca como epicentros de una crisis que no cede. A estas cifras se suman 10 casos en la Ciudad de México, evidenciando que ni la proximidad a los poderes centrales ni la supuesta vigilancia urbana logran salvaguardar la integridad de quienes apenas estrenan su credencial de elector. El fenómeno, lejos de mitigarse, muestra una curva ascendente que debería alarmar a cualquier administración. Al comparar los primeros 524 días de los gobiernos anteriores, el agravamiento es evidente: durante el mandato de Felipe Calderón desaparecieron ocho mujeres de 18 años; con Enrique Peña Nieto la cifra subió a 41; con Andrés Manuel López Obrador escaló a 70, hasta llegar a las 121 actuales. El problema no sólo persiste, sino que se ha profundizado, devorando el futuro de una generación que crece entre fichas de búsqueda.

El fin de semana, la senadora Guadalupe Chavira alzó la voz ante esta “oleada de desapariciones” que afecta a adolescentes y jóvenes. Sus palabras resuenan con una urgencia que trasciende la retórica parlamentaria: “La construcción de la paz exige memoria, exige justicia y exige dignidad”. Chavira tiene razón al señalar que mientras exista una familia buscando a su hija, el Estado tiene la obligación ineludible de seguir buscando. No se trata sólo de gestionar expedientes, sino de entender que una nación que olvida a sus ausentes es una nación que renuncia a su propia dignidad humana. La senadora fue tajante al calificar estas desapariciones como una deuda histórica que no puede ignorarse ni minimizarse, exigiendo que las autoridades locales asuman su corresponsabilidad y dejen de ser omisas ante la violencia ejercida por particulares. Gobernar, como bien apunta la legisladora morenista, implica enfrentar realidades dolorosas y reconocer problemas estructurales que no se resuelven con discursos, sino con la reconstrucción de instituciones y una ética pública que coloque a las víctimas en el centro. La labor de las madres buscadoras —esas mujeres que han aprendido a leer la tierra removida y a rastrear indicios mínimos en desiertos y montañas— es el testimonio vivo de una insuficiencia institucional que ha durado décadas. A ellas se les debe la verdad en un país con más de 131 mil desaparecidos y 72 mil cuerpos sin identificar en servicios forenses y fosas comunes, según cifras oficiales.

El caso de Kimberly y Karol en Morelos debe ser el punto de inflexión. No podemos permitir que cumplir 18 años sea una sentencia de riesgo. La seguridad de las jóvenes mexicanas es la medida real de nuestro éxito como sociedad y como Estado. Sin justicia para ellas, el desarrollo es un espejismo y la paz, una promesa vacía.