Confesiones presidenciales
• La Cuarta Transformación no versa sobre México, porque el país no ha cambiado. Versa sobre López Obrador: él es el que se ha transformado. Así lo confesó.
Dos confesiones en una semana del presidente López Obrador, cada una más fantástica que la otra. Y en la misma semana, como si fueran una justificación a destiempo para explicar su decisión de establecer una alianza político-comercial con las Fuerzas Armadas, transfiriendo ilegalmente la Guardia Nacional a la Sedena.
Primero explicó que cambió de opinión sobre el regreso del Ejército a los cuarteles. Contraria a la opinión que mantuvo durante 30 años, el hecho de asumir la primera magistratura del país lo llevó a una transformación en su percepción y evaluación sobre los militares y el papel que juegan en la sociedad.
La Cuarta Transformación no versa sobre México, porque el país no ha cambiado. Versa sobre López Obrador: él es el que se ha transformado. Así lo confesó. Su segunda confesión explica, o trata de explicar, su transformación en creyente de la militarización.
- En otro momento de la misma semana confesó que no se había dado cuenta de lo poderosas que son las organizaciones del narcotráfico y que, por ello, se justifica la integración de la Guardia Nacional al Ejército. No queda establecida la relación entre el hecho de que él no sabía cómo estaba la delincuencia en el país y la posterior integración de la policía civil al Ejército, pero así lo confesó el Presidente.
En esencia, esta ha sido la semana en que López Obrador, el mismo que ha dicho reiteradamente que nadie conoce a México mejor que él, ha confesado que no se había percatado, y no sabía, que el crimen organizado y el narcotráfico gozaban de tanto poder. Bueno, ante semejante epifanía presidencial, hay dos reacciones posibles.
Una es dar un suspiro de alivio y pensar: “qué bueno que ya se dio cuenta de la realidad”. La tarea que sigue es actuar en consecuencia. implementando políticas públicas acordes a la “nueva” situación creada por la ahora reconocida y diagnosticada delincuencia organizada.
La otra reacción posible es considerar la mentira e hipocresía de los dichos y actos del Presidente, pues es el mismo que liberó a Ovidio, en un acto de sumisión al Cártel de Sinaloa, y que ha ordenado a las fuerzas federales no entablar combate directo con el crimen organizado, durante los primeros cuatro años de su mandato. Y quedan sólo dos años más de su gobierno. ¿Qué puede cambiar?
Ha sido un Presidente carente de empatía real con las víctimas del crimen organizado. Los jesuitas asesinados en Chihuahua fueron considerados, por el propio Presidente, como víctimas de una situación local que no afectaba la “paz general” que, según López Obrador, reinaba en el resto de México.
¿Cómo transitamos de la frialdad presidencial ante los jesuitas asesinados (católicos, por cierto, que no es su religión preferida) a la convicción de que “no se imaginaba” lo “poderosa” que es la delincuencia organizada?
¿Eso lo dice el hombre mejor informado del país, según la opinión presidencial sobre sí mismo? ¿O hemos pasado del “mejor informado” al que “no sabía nada” en una semana? Más bien da la impresión de que estamos ante un Presidente que no sabe qué hacer ante el problema de violencia que pensaba que podría controlar con carisma y pactos, hasta que se le estalló el problema en la cara y amenaza con destruir al país.
Las confesiones son útiles si abren nuevas rutas de solución a viejos problemas. Pero si sólo van a servir para ganar tiempo y engañar a sus seguidores (y a sí mismo), entonces la República sigue en esa misma pendiente hacia la autodestrucción.
