Aprovechando las elecciones de 2021, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador operó un cambio radical en la estructura orgánica y la forma de operación del Estado mexicano. Autorizó e implementó la fusión operativa de su partido, Morena, con el narcotráfico para ganar las gubernaturas en contienda.
La operación fue, desde la óptica oficialista, un éxito. De los 17 estados en contienda, Morena ganó 13 de ellos. El PAN ganó tres estados y MC uno. Desde el mismo proceso electoral de 2021 hubo protestas de la oposición en diversos estados ganados por Morena, alegando justamente la fusión del partido oficial con grupos del narcotráfico en las entidades. Para aplacar las críticas y encubrir la operación entre Morena y el narcotráfico, varios de los gobernadores salientes recibieron el premio de ir a embajadas o consulados. Destacaron los nombramientos de los exgobernadores de Sonora, Baja California y Campeche a puestos en la diplomacia. Ahí siguen hasta el día de hoy.
Con esos resultados, en los estados donde ganó Morena se instalaron gobiernos en contubernio con el crimen organizado. El crimen ocupó puestos en finanzas, obras, seguridad y justicia. Ese contubernio continuó durante el resto del sexenio de López Obrador y los tres años del actual. Persiste hasta el día de hoy. Sorpresivamente, “una oficina del sur de Nueva York” saboteó lo que parecía ser una transición controlada y pacífica entre los gobiernos del contubernio. La denuncia penal cursada contra el gobernador de Sinaloa con licencia, Rocha, y sus operadores políticos y criminales resquebrajó la luna de miel. Y ahora vienen más acusaciones penales, contra la gobernadora de Baja California y los gobernadores de Sonora y Tamaulipas, entre otros. Y, como lo anunció el New York Times, más de 20 funcionarios de Morena han entrado en contacto con las autoridades judiciales estadunidenses para delatar a sus compañeros de partido por su asociación con la criminalidad. Morena pasa del éxito a la descomposición. De repente se le ha enredado a Morena el nombramiento de sus candidatos a las gubernaturas de esos estados. Todos los posibles contendientes están bajo sospecha. ¿Qué sucederá cuando Morena postule su candidato a la gubernatura de Sonora y una “oficina” de Estados Unidos afirme que está siendo investigado por sospecha de vínculos con el crimen organizado? ¿Baja California? ¿Michoacán? ¿Guerrero? ¿Zacatecas?
El problema político de Morena es que quiere hacer creer que sus relaciones con el narcotráfico no son compromisos orgánicos y que se pueden prender y apagar al antojo. Pero Morena ya descubrió que no es así. Al narcotráfico no se le mete a la casa pensando que se retirará apaciblemente cuando uno se lo pide. Tiene sus necesidades, demandas y condiciones, que pueden afectar la vida y la muerte. Y se va cuando quiere, no cuando se le ordena irse. O simplemente se queda. En todos los estados que gobierna Morena, quienes lleguen como sus candidatos a gubernaturas estarán previamente comprometidos por esa alianza inconfesable. Todos sus candidatos, por más pulcros que parezcan en campaña, tendrán que rendir cuentas al crimen organizado en algún momento y respetar los acuerdos tomados desde los tiempos de López Obrador. Morena está atrapado en la telaraña de su propio “éxito”. Pensó que gobernaría mil años, como el Tercer Reich. Duró hasta que su mentira fue descubierta y ahora tiene que encontrar un camino de salida a su propia invención, los “abrazos y no balazos”.
Camina de la luna de miel con el poder a la descomposición política interna a una velocidad vertiginosa.
