La oportunidad —perdida— del Presidente
• Se necesitan más que buenas intenciones para tener buenos resultados.

Ricardo Alexander Márquez
Disonancias
Andrés Manuel López Obrador, en su discurso de victoria del 2 de julio de 2018, dijo que quería pasar a la historia “como un buen Presidente de México", y tenía todo a su favor para lograrlo. Una enorme legitimidad, un nuevo tratado de libre comercio con Norteamérica casi completamente negociado, Estados Unidos en una espiral de crecimiento, instituciones de salud pública con las finanzas más sanas de la década y una situación en seguridad que parecía que no podía empeorar.
Tristemente, el mandatario y su equipo han hecho hasta lo imposible para fracasar en su propósito. Por la incertidumbre que le generó a inversionistas nacionales y extranjeros, logró ponerle el freno de mano a la economía y parar ese 2% de crecimiento que tanto criticó. Los pronósticos actuales son devastadores y el enorme gasto en programas sociales, sin una planeación correcta, aumenta el riesgo.
Por malos manejos, diagnósticos precipitados y decisiones erróneas, junto con la Oficial Mayor de la Secretaría de Hacienda —ahora jefa del SAT—, Raquel Buenrostro, logró tirar el abasto de medicinas y poner en jaque al sector salud.
Destruyó las instituciones de seguridad que tanto dinero y esfuerzo había costado crear, empezando por la Policía Federal, para sustituirla con una Guardia Nacional que no tiene ni pies ni cabeza, ni mando visible, resultando en los peores índices de violencia de los últimos tres sexenios.
Se canceló la promoción turística, con lo que se frenó la competitividad del sector, y la agenda internacional lleva casi dos años —desde la campaña— de ser inexistente, como si el Presidente le tuviera miedo a salir del país.
Los futuros elefantes blancos —Santa Lucía, Tres Bocas y el Tren Maya— resultado del capricho presidencial, proyectos de infraestructura inviables y sin los estudios suficientes, muy probablemente van a quedarse como obras inconclusas después de miles de millones de pesos tirados a la basura.
Y mientras todo eso ocurre, el mandatario se dedica diariamente a dividir a la población y a darle la razón a todos los que no votaron por él. A culpar de sus malas decisiones a los “conservadores” —esos que convoca para que participen en la ridícula “rifa del avión presidencial”— o a cualquiera que piense diferente.
Ahora, llega la pandemia de coronavirus a darnos el tiro de gracia. Mientras el mundo se paraliza y tiembla ante la crisis que se avecina en los próximos meses, parece que el Presidente niega la realidad —dice estar protegido por una “estampita”— y evade su responsabilidad en giras por donde sea, mientras el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de la Secretaría de Salud, Hugo López-Gatell, quien está encargado de coordinar los esfuerzos en torno al tema —y que por las cosas que declara parece que no ha dormido en varios días—, dice que “la fuerza del Presidente es moral, no es una fuerza de contagio”.
Desgraciadamente, se necesitan más que buenas intenciones para tener buenos resultados. Entre otras cosas, tomar decisiones difíciles, contar con un equipo con más del 10% de capacidad y escuchar las voces de expertos, afines o no. La realidad evidencia que se necesitará un milagro para que el mandatario pueda pasar a la historia como ese “buen presidente”, que, desde que ganó la elección, dijo querer llegar a ser.
* Maestro en Administración Pública
por la Universidad de Harvard
y profesor de Derecho Constitucional
en la Universidad Panamericana.
Twitter: @ralexandermp