La crítica de la crítica literaria
Lo desconcertante es que los requieren en editoriales para dictaminar las obras recibidas, en los premios literarios para discernir sobre infinidad de novelas y los necesitan para saber quiénes merecen un premio como el Xavier Villaurrutia.
Desde que comencé a escribir fui refractario a la crítica literaria nacional. Entre 1972 y 1973 realicé una serie de entrevistas a los escritores más distinguidos en ese momento. La hice luego de una lectura que me marcó: El bosque sagrado, de T. S. Eliot (1920). Las razones de la aversión tenían soporte. Una la recuerdo bien: Carlos Fuentes, luego de sus éxitos iniciales, decidió (eso dijo) irse de México para buscar en el extranjero la crítica que no hallaba en casa.
Cuando me refiero a crítica literaria, no pienso en el análisis de las grandes figuras comentadas analíticamente por académicos y ensayistas de talla (Torres Bodet o Paz), ésa que Eliot señaló en Sobre la poesía y los poetas. Miro la crítica cotidiana que aparece en revistas y suplementos culturales y es la preciada posesión de escritores vengativos o pródigos en alabanzas a sus amigos.
Me intriga saber por qué críticos literarios improvisados llevan a cabo tan rencorosa tarea. Lo desconcertante es que los requieren en editoriales para dictaminar las obras recibidas, en los premios literarios para discernir sobre infinidad de novelas y los necesitan para saber quiénes merecen un premio como el Villaurrutia o una beca del Sistema Nacional de Creadores. Son los propios literatos los que pasan a ser jueces y partes. Piensan en los caros amigos y en los detestados rivales.
Mi generación arrancó con ímpetu y la reacción fue natural: elogios de nuestros amigos y vituperios de los enemigos. Significa que el supuesto crítico literario no corresponde a las tesis de Martín Alonso: “El crítico ha de tener si no facultades artísticas, por lo menos, análogas a las artísticas; debe penetrar en la génesis de la obra y ponerse, hasta cierto punto, en la situación del autor analizado…”
Destilaban veneno o brindaban una ponderación excesiva. No servían. Seguimos escribiendo bajo la recomendación de Ernest Hemingway: no leer a los críticos. Muchos de mis colegas generacionales han tenido éxito; sin embargo, todavía no sabemos exactamente las razones.
Cuando formulé la pregunta: ¿existe o no la crítica literaria en México?, Salvador Elizondo respondió con elegancia e ironía que suelen ir de la mano: “La crítica es la más alta expresión de una cultura. La excelencia de la crítica señala el momento en que la literatura, la creación literaria, artística en general, está a punto de declinar. Hay que pensar que en tiempos de Homero no había, como ahora en México, críticos literarios. Estoy seguro de que el advenimiento de los críticos llegará en un momento futuro”.
José Agustín fue severo: “El problema de la crítica es gravísimo. Crítica implica un juicio y ¿quién está capacitado para juzgar? Creo que todos y ninguno. Mi impresión es que la crítica falla cuando se erige en arbiter mundi; es decir, cuando el crítico se cree superior —como casi siempre es el caso— a la obra que juzga. Esto se podría evitar si los críticos considerasen su actividad como forma creativa, como manifestación artística y no como tribunal”.
Respuestas semejantes me dieron Eduardo Lizalde, Fernando del Paso, Tito Monterroso, Ricardo Garibay y Vicente Leñero. Sorprende que en las generaciones recientes se escuchen voces idénticas.
Significa que añoramos las palabras de Baudelaire al referirse al crítico literario: “Un artista es ante todo un temperamento: toca a la crítica la tarea de hacer comprender ese temperamento”. O las de Azorín: “No hay más que una crítica: examen, observación, asociación, disociación. Y el examen —laudatorio, condenatorio— puede revestir diversas tendencias”.
Esos elementos exigen una sólida preparación literaria. México tiene la fastidiosa tendencia a utilizar dos cajones: uno, para lo que les gusta y otro, para los que detestan, sin considerar los grados de subjetividad.
Ortega y Gasset refutaba la tesis: “El asunto central de la crítica no es, desde luego, distribuir las obras en buenas y malas, sino explicar secamente sus valores”, cuando los críticos locales suelen borrar en tres líneas una novela de 200 páginas.
El literato inglés John Sutherland escribe: “Ninguna crítica ni ‘teoría’ puede explicar una obra literaria (una de las fascinaciones perennes de la gran literatura). Incluso, después de 400 años pensando en Shakespeare, todavía no lo comprendemos totalmente. Sin embargo, un lector bien equipado querrá tener las mejores herramientas de las que disponemos. Los que escriben sobre literatura, en especial los que cobran por ello, deberían ser más humildes en sus valoraciones… ¿Qué no daríamos por saber lo que opina Shakespeare sobre sus propias obras? ¿No merecería mucho más la pena que todo el montón de crítica escrita sobre Shakespeare?”.
No queda, leyendo la crítica literaria mexicana, sino recurrir a Terry Eagleton: “La crítica literaria es un arte en vías de extinción, como los tejados de paja o la danza con suecos”. Lo asombroso es que en México, hoy en decadencia, nunca tuvo un momento de apogeo.
