A lo largo de mi vida, no recuerdo haber sido testigo de un momento más tenso respecto a la relación con los Estados Unidos. La historia registra varias etapas difíciles, después de la guerra que nos despojó de la mitad de nuestro territorio a mediados del siglo XIX.
Por ejemplo, dentro de la sede diplomática estadunidense, la noche del 19 de febrero de 1913, bajo el auspicio del embajador Harry Lane Wilson, se llevó a cabo la firma del Pacto de la Ciudadela, mediante el cual Victoriano Huerta y Félix Díaz se pusieron de acuerdo para derrocar al presidente Madero.
Si bien el gobierno de Woodrow Wilson nunca reconoció al gobierno de Huerta y despidió al nefasto embajador, su política de “no reconocimiento” derivó en posteriores intervenciones armadas, como la ocupación militar de Veracruz en 1914 y la llamada Expedición Punitiva, en 1916, para de manera infructuosa tratar de detener a Francisco Villa, para cobrarle su incursión armada a Columbus.
Años más tarde, Álvaro Obregón, a cambio de lograr el reconocimiento diplomático a su gobierno, dispuso que se llevaran a cabo negociaciones diplomáticas entre ambos países para la firma de los llamados Tratados de Bucareli, para garantizar que el artículo 27 constitucional no se aplicara de forma retroactiva a las concesiones petroleras de las compañías estadunidenses.
Poco tiempo después, debido a que el presidente Plutarco Elías Calles promovió en diciembre de 1925 una ley reglamentaria en materia del petróleo, las empresas extranjeras pidieron la intervención del gobierno norteamericano, el cual presentó una reclamación formal e inclusive preparó un plan de invasión armada de México.
Hay evidencia histórica de que Calles giró instrucciones a Lázaro Cárdenas –entonces comandante militar en la Huasteca– que si llegaba a darse la presencia de fuerzas estadunidenses en territorio nacional, procediera de inmediato a prender fuego a los pozos petroleros.
En 1938, cuando las empresas extranjeras se negaron a acatar la resolución de la Suprema Corte para el pago de adeudos laborales, la astucia del presidente Cárdenas logró el reconocimiento internacional a la expropiación que puso fin al conflicto, aprovechando la inminencia del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Tiempo después, la habilidad y carácter conciliador de Miguel Alemán le valió que en Estados Unidos le pusieran el sobrenombre de Míster Amigo. Y vale la pena recordar que en la presidencia de Estados Unidos estaba Harry Truman, quien había resultado victorioso de la gran conflagración y responsable del lanzamiento de las bombas atómicas.
Todos estas reminiscencias son de utilidad para sopesar la tensa relación que hay en la actualidad con el gobierno de Donald Trump con motivo de la negativa que el gobierno mexicano ha adoptado en el caso de Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa con licencia, para proceder con su extradición, después de los cargos presentados en su contra en aquella nación por crimen organizado, lo que ha generado una fractura diplomática imposible de ignorar.
Para Washington, esta actitud ha sido interpretada como la resistencia de cumplir con el principio de cooperación binacional en materia de seguridad.
En represalia, el gobierno estadunidense se ha negado a suscribir la renovación por otros 16 años del T-MEC y ha impuesto un esquema de revisiones anuales, lo cual va a generar gran incertidumbre financiera.
La historia de las relaciones diplomáticas y la enorme asimetría entre ambos países recomienda que se procure que siempre exista diálogo, cooperación y entendimiento mutuo.
ComoCorolario, la frase de Henry Ford: “Llegar juntos es el principio; mantenerse juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito”.
