Decadencia de los partidos políticos
El proceso electoral que estamos viviendo podemos definirlo como la etapa de una franca decadencia de los partidos políticos. El artículo 41 de nuestra Carta Magna establece que los partidos políticos son entidades de interés público que tienen como fin promover la ...

Raúl Contreras Bustamante
Corolario
El proceso electoral que estamos viviendo podemos definirlo como la etapa de una franca decadencia de los partidos políticos.
El artículo 41 de nuestra Carta Magna establece que los partidos políticos son entidades de interés público que tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática y hacer posible el acceso de los ciudadanos al ejercicio del poder público, entre otras cosas.
Hay encuestas que demuestran que sólo 9% de los mexicanos confía en dichas organizaciones políticas; es decir, el nivel más bajo en los últimos 22 años. Además, 50% de los mexicanos cree que la democracia en México tiene grandes problemas.
A partir de las elecciones de 1997, ningún partido político ha podido alcanzar mayoría para controlar al Congreso de la Unión por sí mismo. Ello ha ocasionado que el Presidente de la República —en turno— haya tenido que negociar acuerdos con las oposiciones y que los partidos políticos hayan recurrido con frecuencia —cada vez mayor— a las alianzas y coaliciones electorales para ir conquistando cada vez más poder.
Sin embargo —hay que decirlo— esa incipiente partidocracia muy pronto se desgastó. Las tres alianzas electorales que se han consolidado demuestran la debilidad de todos los partidos políticos y su ambición y oportunismo electoral para tratar de ganar la próxima contienda electoral a como dé lugar.
El problema es que después de la elección del primero de julio se habrán sembrado más dudas que certezas entre la ciudadanía respecto de la identidad y línea ideológica partidaria. Hoy podemos afirmar que se han destruido tres elementos esenciales sobre los cuales descansa la fortaleza de cualquier partido político: la militancia, la ideología y la lealtad partidaria.
Aunado a lo anterior, habrá que sumar el descontento por parte de sus militancias por causa de los procesos poco transparentes y menos democráticos.
La aparición de las llamadas “candidaturas independientes” tampoco han ofrecido nuevas alternativas a la ciudadanía. De 86 candidaturas registradas para competir por la Presidencia de la República, parece que sólo tres conseguirán el número total de firmas necesarias y se trata de personajes con una marcada trayectoria partidista.
Los partidos políticos son instrumentos de la democracia, pero han hecho evidente en sus determinaciones para definir candidaturas y en sus alianzas, que dentro de su organización interna no brindan a sus militantes procesos democráticos para la toma de decisiones. Han dejado de ser un camino confiable para el ciudadano interesado en incidir en la vida democrática del país.
Después de los próximos comicios, los partidos políticos tendrán que entrar en un indispensable trabajo de reingeniería estructural para recomponer los severos daños que han causado al interior de sus militancias.
Habrá que pensar en hacer una radical reforma a la legislación que los regula para obligarlos a todos a establecer procesos internos democráticos que garanticen certeza y seguridad jurídica a sus integrantes para poder acceder a las candidaturas y para legitimar sus decisiones fundamentales.
De lo contrario, los ciudadanos buscarán alcanzar al poder político por otras vías; y eso es muy riesgoso para nuestra democracia.
Como Corolario, la frase del constitucionalista alemán Karl Loewenstein: “El poder corrompe y cuando es absoluto, corrompe absolutamente”.