De tactos y caricias
No hay nada más hermoso que la caricia del ser amado. R. Akira Querido viejo: nuestra piel es algo maravilloso, envoltura con la que nacimos y con la que vamos a morir, cubierta única que nos aísla y nos protege de todo lo que nos rodea, sorprendente capa que tiene el ...
No hay nada más hermoso que la caricia del ser amado.
R. Akira
Querido viejo: nuestra piel es algo maravilloso, envoltura con la que nacimos y con la que vamos a morir, cubierta única que nos aísla y nos protege de todo lo que nos rodea, sorprendente capa que tiene el poder de cicatrización, que lo mismo cierra un pequeño corte en el dedo de un bebé que una enorme abertura practicada por un cirujano.
Es a través de la piel como nos comunicamos con el mundo, a través de la piel, gracias a una red infinita de terminaciones nerviosas, percibimos todo lo que está cerca de nosotros: tocamos la frágil suavidad de un pétalo de rosa, la cálida blandura de un pan recién horneado, la textura de un libro y, por supuesto, la piel de la persona amada.
Los bebés son táctiles por naturaleza, necesitan el contacto físico, y si no están a unos centímetros de su madre, se sienten inseguros y lloran, hasta que ella voltea y con un simple toque o una caricia dejan de llorar y sonríen; los niños crecen y cuando están en un mercado, en un estadio o en una multitud, alargar la mano y sentir la mano del padre o la madre les recupera la seguridad y la alegría.
El tacto y las caricias son la esencia de la vida de los jóvenes enamorados; cuando surge el primer amor, ese sentimiento indescriptible que trastorna nuestra vida, nos hace sentir mariposas en el estómago y nos convierte en locos obsesivos, ese amor se nutre del contacto físico, de caricias que hacen que veamos el mundo de forma diferente: luminoso, alegre y feliz.
Seguramente tú, querido viejo, viviste esos sentimientos y estoy seguro que no olvidas aquellos momentos en que el simple toque de la mano de la persona amada te transformaba en un ser distinto; es muy probable que a partir de entonces haya cambiado tu vida y que esa persona haya sido tu compañera por muchos años.
Y si aún tienes la fortuna de vivir con esa persona amada, me darás la razón cuando te digo que aún hoy, no importando cuántos años han pasado, el tacto y las caricias son tan importantes para tu felicidad y bienestar como lo fueron hace mucho tiempo, como son importantes los abrazos y las caricias de tus hijos y tus nietos.
¿Por qué te digo todo esto?, porque nosotros los viejos necesitamos del contacto físico y de las caricias tanto como los niños o los jóvenes, y eso lo deben saber quienes viven con nosotros, porque hay el peligro de que vivamos aislados, que no haya contacto físico, ni siquiera un saludo o un abrazo.
Algunos viejos gruñones se retraen y no quieren el contacto de una mano amiga o un saludo con un abrazo, eso no le hace bien a nadie; en cambio, cuando encontramos a un amigo o compañero de la infancia y tomamos sus manos entre las nuestras, brota una corriente de simpatía y de bienestar para ambos, y eso es la esencia de la vida; no podemos vivir aislados, la compañía, el tacto y las caricias nos hacen vivir.
Venturosamente, nuestra cultura es táctil, el saludo afectuoso, el “apapacho” y el abrazo son parte de nuestra manera de ser, y lo bueno, querido viejo, es que podemos disfrutarlo, aunque nuestra piel ya no sea tersa y rosada como antaño, porque los sentimientos no tienen edad. Por cierto, ¿sabes qué quiere decir “apapacho”?
