Extremismo antitecnológico

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

Un informe de la Oficina de Inteligencia y Contraterrorismo de Nueva York da pauta a lo que se espera para los próximos cinco años en Estados Unidos, y presenta un nuevo concepto que no existe en los manuales del DHS o el FBI hasta ahora: extremismo violento antitecnológico. Los problemas que han comenzado a verse en todo el mundo, pero principalmente en EU, como el rechazo a la IA, a los centros de datos, los abucheos en las graduaciones universitarias cuando escuchan la palabra inteligencia artificial, y a las oligarquías tecnológicas que el gobierno impulsa, alimentan las protestas a gran escala y se espera que degeneren en disturbios civiles y actividades extremistas violentas antitecnológicas, especialmente en grandes áreas urbanas como la ciudad de Nueva York. 

Esta obsesión global por la IA está engendrando su propio monstruo, pero no de la forma en que Silicon Valley lo predijo. El verdadero peligro inmediato en países como Estados Unidos ya no es que los algoritmos cobren conciencia, sino la violenta e inevitable colisión social que están provocando en el mundo real. Esta nueva etiqueta de “extremismo antitecnológico” se está poniendo de moda en las agencias de contraterrorismo estadunidenses, y ya es una categoría que ha dejado de ser una simple nota al pie de página para convertirse en una de las prioridades más alarmantes —y peligrosamente ambiguas— del aparato de seguridad nacional. 

El pánico ya no está en las pantallas, está en las calles, en las comunidades devastadas por la infraestructura digital y en los despachos de Washington. De acuerdo con más de mil páginas de documentos internos de inteligencia que han dado a conocer medios en EU y Reino Unido, el diagnóstico de las autoridades en la administración Trump es severo: la velocidad implacable con la que se está adoptando la IA y la expansión descontrolada de sus infraestructuras físicas están sembrando una hostilidad pública sin precedentes. 

Lo que el FBI y el DHS están registrando, luego de la alerta en NY, es un estado de pánico estructural profundamente justificado. La ciudadanía observa con absoluta impotencia el desplazamiento masivo de empleos calificados, la pérdida total de la privacidad ante sistemas de vigilancia automatizados y, de manera cada vez más crítica, el despojo ecológico de sus comunidades. Los centros de datos –esos colosos de concreto que sostienen la nube– devoran millones de litros de agua para sus sistemas de enfriamiento y saturan las redes eléctricas locales, elevando las tarifas de los ciudadanos comunes. Las agencias advierten que este caldo de cultivo está uniendo a dos mundos que antes caminaban separados: activistas ambientales legítimos y extremistas antigubernamentales radicalizados por teorías de conspiración. 

Los documentos detallan que estas facciones ya realizan “planeación preoperativa”, mapeo de redes de fibra óptica y tareas de vigilancia física en torno a instalaciones tecnológicas estratégicas. Sin embargo, el escenario adquiere tintes verdaderamente perturbadores al examinar el componente sectario que ya se manifiesta en la violencia física. Los reportes de inteligencia de la policía de Nueva York citan explícitamente el perturbador caso y juicio de Ziz LaSota, un “racionalista extremo” cuyos seguidores –descritos formalmente con dinámicas de secta u organización sectaria– enfrentan graves cargos de homicidio vinculados a una ideología obsesiva sobre los riesgos existenciales de la IA.

Lo que las agencias federales proyectan para los próximos años es un panorama de alta volatilidad y conflicto civil. El informe de la Oficina de Contraterrorismo de Nueva York es tajante al delinear el futuro inmediato: se espera que en el próximo lustro el “ambiente caótico” derivado de la disrupción de la IA actúe como un catalizador directo de protestas a gran escala que deriven en disturbios civiles y actividades extremistas violentas. Se anticipa una escalada que va desde el sabotaje digital hasta ataques directos contra ejecutivos de Silicon Valley y la destrucción física de subestaciones eléctricas que alimentan a las empresas tecnológicas.

La verdadera gravedad de esta alerta federal no radica únicamente en la amenaza real que representan estos grupos radicalizados. El verdadero riesgo democrático se encuentra en la respuesta del Estado. Bajo directrices de la actual administración de la Casa Blanca para cazar ideologías consideradas “anticapitalistas”, el aparato de vigilancia gubernamental, en complicidad con empresas privadas de inteligencia como SITE Intelligence o Palantir, está utilizando la etiqueta de “extremismo antitecnológico” de forma alarmantemente laxa. 

Los documentos demuestran que ya se está espiando a grupos de vecinos que se oponen a la construcción de un centro de datos en su vecindario, y que se califica como “amenaza” a creadores de contenido que simplemente exponen en video los impactos económicos negativos de la automatización. El extremismo antitecnológico es el síntoma ineludible de un progreso impuesto a la fuerza, sin anestesia social ni consentimiento democrático.