Réquiem por un tratado
Las recientes declaraciones de Donald Trump y su representante comercial Jamieson Greer sobre el proceso de revisión del TMEC son un trueno que anuncia una posible tormenta sobre el futuro de la integración económica de Norteamérica. Al sugerir que EU podría optar por ...
Las recientes declaraciones de Donald Trump y su representante comercial Jamieson Greer sobre el proceso de revisión del T-MEC son un trueno que anuncia una posible tormenta sobre el futuro de la integración económica de Norteamérica.
Al sugerir que EU podría optar por negociaciones bilaterales con México y Canadá —dando a entender que el acuerdo trilateral, el T-MEC, no es una prioridad—, se reitera una visión profundamente disruptiva que socava el espíritu de la arquitectura regional construida durante décadas.
La sola amenaza de abandonar el T-MEC y, más preocupante aún, la materialización de aranceles y medidas proteccionistas implementadas por Trump han convertido, de facto, las garantías de libre comercio en letra muerta o, al menos, en algo condicionado a la voluntad política del momento.
Es fundamental contextualizar lo que la integración ha significado para México. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor en 1994, transformó la economía mexicana de manera estructural. A pesar de la asimetría económica con Estados Unidos y Canadá, México supo capitalizar la ventaja de ser la plataforma de manufactura de bajo costo con acceso preferencial al mercado más grande del mundo.
Los datos macroeconómicos atestiguan esta transformación: el PIB de México en 1993 era de 500 mil 733 millones de dólares corrientes; para 2017, año en que Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca, ya era de de 1.14 billones de dólares, justo antes de la renegociación que condujo al T-MEC.
En términos de empleo, el impacto es aún más directo y vital. Los puestos de trabajo relacionados directa o indirectamente con el comercio bilateral con Estados Unidos creados desde 1994 rondan los 4.4 millones, subrayando la importancia crítica de este flujo de mercancías para la estabilidad y el desarrollo del mercado laboral.
Estos beneficios no se quedaron en las estadísticas, sino que se materializaron en la consolidación de cadenas de suministro transfronterizas (particularmente en la industria automotriz y electrónica), un aumento significativo de la Inversión Extranjera Directa que buscaba establecerse en México para acceder al mercado norteamericano, y la consolidación de México como una potencia exportadora. El sector privado mexicano se integró a la dinámica global, adoptando estándares de calidad y eficiencia.
Sin embargo, el mundo que conoció el TLCAN y que ahora intenta sobrevivir en el T-MEC es muy distinto. Desde que Trump adoptó la postura de sabotear el libre comercio en favor de una visión de forzar el regreso de la industria manufacturera a Estados Unidos mediante el proteccionismo, las reglas del juego han cambiado o, al menos, se han vuelto inciertas. La esencia de la integración, que es la confianza mutua y el respeto a las reglas acordadas, ha sido sustituida por la incertidumbre.
Este nuevo orden mundial, marcado por la inestabilidad geopolítica, plantea un reto enorme. Cuando se pasa de la lógica de un acuerdo basado en reglas y tribunales a una en la que el socio más grande dicta las condiciones bajo amenaza, la dinámica de beneficio mutuo desaparece.
Si la tendencia es hacia la fragmentación y los acuerdos de conveniencia bajo amenaza arancelaria, el retorno al bilateralismo por defecto, como proponen Trump y sus asesores, implica que quizá México ya no se beneficie tanto de su posición geográfica. El poder de negociación se inclinaría de forma abrumadora en favor de Estados Unidos, que podría presionar a México en temas sensibles como la energía, la inversión, la regulación laboral o incluso la política migratoria, vinculándolos directamente a las condiciones comerciales.
Existe un temor fundado a que las ganancias de tres décadas, basadas en la institucionalidad multilateral, se desvanezcan ante el resurgir de un nacionalismo económico que ve a los socios no como aliados estratégicos, sino como competidores a los que hay que disciplinar. La gran pregunta es si las instituciones mexicanas y canadienses serán capaces de resistir la presión sin ceder el núcleo de su soberanía y sus intereses económicos.
