CIUDAD JUÁREZ.– Hace tres décadas, México apenas comenzaba a cosechar los primeros frutos de su histórica integración al área de libre comercio más amplia y dinámica del planeta. La entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) no sólo redefinió la inserción del país en la economía global, sino que fijó una apuesta productiva sumamente clara: nuestro país decidió que su gran apuesta de futuro consistía en convertirse en una potencia manufacturera automotriz.
Lejos de limitarse a ser un simple taller de ensamblaje de vehículos, el país logró articular un complejo y competitivo ecosistema de proveeduría y fabricación de autopartes que le otorgó un enorme valor agregado a sus exportaciones. Esta visión convirtió al sector automotriz en el pilar del comercio exterior mexicano, llegando a representar más de 30% de las exportaciones manufactureras totales y generando un superávit comercial de más de 100 mil millones de dólares anuales que sostuvo el crecimiento industrial.
Sin embargo, ese modelo exportador que impulsó el desarrollo fabril nacional durante más de treinta años se está agotando rápidamente. El freno no responde únicamente a la maduración natural del mercado, sino al severo reajuste geopolítico encabezado por las políticas proteccionistas de Donald Trump, quien ha mantenido una abierta obsesión por forzar el regreso de la industria automotriz a suelo estadunidense, quizá debido a una añoranza por los tiempos en que Estados Unidos dominaba el mundo en ese rubro.
La rigidez en las reglas de origen impuestas en el T-MEC, sumada a la constante amenaza de aranceles punitivos sobre los vehículos producidos en México, ha comenzado a estancar los volúmenes de exportación automotriz, limitando el margen de maniobra de un sector que ya no puede garantizar el dinamismo de antaño.
Frente a este desgaste, a México se le está abriendo una nueva e histórica oportunidad para detonar el desarrollo económico: la colosal demanda de componentes e infraestructura que requieren las empresas globales que están desarrollando la inteligencia artificial. Mientras la industria automotriz de exportación muestra señales de estancamiento, la manufactura de componentes de cómputo, placas base, módulos y bastidores, sistemas avanzados de enfriamiento, así como cables y ensambles de fibra óptica de alta densidad, entre otros insumos requeridos por la inteligencia artificial, se ha venido beneficiando a pasos agigantados. Los datos del comercio bilateral lo confirman: la exportación mexicana de equipo electrónico y de computación se ha consolidado como el rubro más dinámico de la balanza comercial hacia Estados Unidos.
La gran paradoja es que, para aprovechar de lleno esta ventana de oportunidad, lo que hace falta de manera urgente es una política industrial específica, diseñada desde el Estado con incentivos fiscales, infraestructura energética limpia, conectividad de alta velocidad y formación de talento técnico especializado, tal como la que en su momento potenció a la industria automotriz. Lamentablemente, esa política industrial moderna todavía no existe en el radar gubernamental. Si México no se apura a desarrollarla y a generar certidumbre jurídica para las inversiones de alta tecnología, otros países de Asia o América Latina –Brasil es un ejemplo concreto– podrían adelantarse y capturar los flujos de capital que hoy buscan sede en la región.
La concepción e impulso del TLCAN, promovidos a principios de los años 90 por el presidente Carlos Salinas de Gortari, representó la última gran idea de futuro que tuvo México para proyectarse con ambición hacia las décadas posteriores. Más de 30 años después, la inercia de aquel proyecto se ha consumido. El país se encuentra en un punto de quiebre donde se requiere, con la misma visión de Estado, una nueva plataforma de porvenir que asuma la revolución de la inteligencia artificial no sólo como un espectador pasivo, sino como el taller tecnológico del mundo.
