La historia suele ser víctima de una simplificación peligrosa que intenta reducir la complejidad humana a una batalla entre ángeles y demonios. Sin embargo, cuando nos asomamos al pasado con honestidad, lo que encontramos son figuras envueltas en claroscuros, hombres y mujeres de carne y hueso que, en la urgencia de su tiempo, tomaron decisiones que no deben ser juzgadas únicamente bajo el prisma de la moral contemporánea ni bajo los mitos fundacionales de una nación.
Esta premisa es fundamental para entender tanto la figura de Hernán Cortés, sobre quien se ha volcado una polémica reciente cargada de juicios sumarios, como la de Miguel Hidalgo. Ambos son pilares de nuestra identidad, pero ambos cargan con sombras que la historiografía oficial a menudo prefiere matizar para no desacomodar el altar de la patria.
A fin de comprender la magnitud de estas sombras en el bando insurgente, es indispensable acudir a la obra de Luis Castillo Ledón (1879-1944), considerado por muchos como el más célebre y meticuloso de los biógrafos de Hidalgo. En su relato sobre la toma de Guanajuato en septiembre de 1810, el historiador nayarita no escatima en detalles para describir el horror que sobrevino tras el asalto a la Alhóndiga de Granaditas. Lo que comenzó como un avance por la independencia pronto se transformó en una carnicería que desbordó cualquier control. El biógrafo narra cómo, una vez que las puertas del edificio cedieron ante el fuego, la sed de sangre se apoderó de la multitud.
Castillo Ledón es contundente al describir la ferocidad del momento: “Dueños de la Alhóndiga los insurgentes, dieron rienda suelta a su sed de venganza. Los rendidos imploraban en vano piedad a los vencedores, rogándoles de rodillas se les perdonara la vida. Todo en vano. No se perdonó ni a europeos ni a criollos”. Este pasaje es ilustrativo, porque rompe con la idea de que la violencia era selectiva o puramente estratégica; fue una explosión de resentimiento acumulado que no distinguió jerarquías ni nacionalidades entre los vencidos. La descripción del interior del edificio tras la batalla es una imagen dantesca que el autor plasma con crudeza: “las semillas y víveres derramados se mezclaban con la sangre regada en los pisos y las escaleras, y aún estampada en las paredes”.
El texto también resalta la degradación humana que acompañó al triunfo. Tras la matanza, los sobrevivientes fueron conducidos a la cárcel “desnudos, llenos de heridas y amarrados unos con otros”, mientras la ciudad se sumía en un saqueo frenético que duró días. Castillo Ledón relata escenas que rozan lo grotesco, donde el “bajo pueblo” de Guanajuato, en un estado de embriaguez y euforia, subastaba joyas preciosas por unos cuantos reales o donde “algunos indios andaban vestidos con trajes de corte, y los casacones de terciopelo y chorreras de encaje, llevados con los pies desnudos, les daban la más grotesca traza”. Estas atrocidades y excesos, cometidos bajo el estandarte de la Virgen de Guadalupe y bajo el mando nominal de Hidalgo, muestran que el Padre de la Patria no fue un líder de una hueste disciplinada, sino el catalizador de una marea humana que él mismo, en su momento, no supo o no quiso refrenar.
Reconocer estos hechos no le quita mérito a la gesta independentista, pero sí nos obliga a bajar a los héroes del pedestal de la perfección. Al igual que con Cortés, cuyas acciones militares y políticas moldearon un nuevo mundo a través del conflicto y la crueldad, Hidalgo debe ser visto como un hombre atrapado en la dialéctica de la destrucción y la creación. La historia no debe ser un tribunal donde se dicte quién es digno de amor o de odio eterno, sino una herramienta para conocernos en toda nuestra contradicción.
La polémica sobre Cortés, alimentada muchas veces por visiones ideológicas más que históricas, comete el mismo error que la hagiografía de Hidalgo: olvidar que la realidad humana es siempre gris. Al final, la historia es para conocerla y entender de dónde venimos, no para tomar partido en guerras muertas ni para usar sus cicatrices como excusa para dividir a los mexicanos de hoy. El pasado debe ser un espejo de nuestra complejidad, no un arma arrojadiza.
