El placer más noble es el júbilo de comprender.
Leonardo da Vinci
Existe una enorme diferencia entre evaluar y comprender. Todos hemos estado en espacios con personas con los ojos bien abiertos y, sin embargo, observar que nadie parece verse. Y no lo hacen. No desde el lugar que deberían, sino desde un simple reduccionismo alimentado por esa manía absurda de creer que se puede clasificar y encasillar a cada una de ellas en los patrones que han creído, creado o heredado. Y sí, así viven algunos reduccionistas de lo humano, siempre al tanteo, observando apariencias y emitiendo juicios, críticas e imaginando que saben la vida, obra y gracia de cada uno.
Evaluar al otro así no es comprender, no es hacerle sentir visto ni escuchado ni respetado y no, tampoco es falla del otro, sino uno mismo en la primera norma del estar presente y de mirar, no con los ojos del pasado, de lo conocido, ni con los del futuro, con esa ansiedad que increpa algunos temiendo ser vistos o anticipando quienes son. No. Se trata de estar presentes con esa curiosidad que nos permita replantear otras cuestiones.
Observar no es clasificar al otro, medirlo, compararlo ni tampoco es esa visión minimalista de decidir si nos agradan o no. Se trata de tener una curiosidad genuina, en lugar de ¿qué pienso de esa persona? Preguntarnos: ¿qué experiencias de vida la han formado?, ¿cómo verá el mundo?, ¿cuál será su mayor anhelo?... conocer de verdad implica curiosidad moral, no un juicio rápido, parco y vacío. Por eso hay que ser pulido al mirar, hacernos conscientes y elegir desde qué lugar vamos a observar al otro. Hacernos conscientes es desterrar por completo principalmente tres ideas: el realismo ingenuo, el esencialismo objetivista y la mentalidad estática.
El realismo ingenuo es suponer que la realidad que se encuentra frente a usted es la que todos ven y, por ello es objetiva; eso es ser esclavo de su propia perspectiva. El esencialismo objetivista es generalizar el comportamiento de ciertos grupos de personas que, si bien puede existir alguna base real por su cohesión, este hecho no representa ni su esencia ni mucho menos su inmutabilidad, eso es ser esclavo de los estereotipos y las etiquetas. Y, por último, la mentalidad estática… Esto es, creer y asumir que la gente no cambia, que la experiencia que hemos tenido de una persona en alguna época de su vida es y será siempre la misma, y le diré algo…. Quien piensa así es exactamente quien no ha tenido la capacidad de actualizar sus propios modelos mentales. Créame, mi querido lector, casi nadie permanece inmutable frente a las experiencias de la vida, todos, en cierta medida, nos modificamos, y todos merecemos la oportunidad de ser reconocidos en la nueva identidad. Quien se niega a reconocer y aceptar esto se vuelve esclavo de su ignorancia.
Cada persona es un misterio insondable y sólo tenemos una visión muy limitada del otro, incluso de los que tenemos cerca, que suelen ser quienes más padecen este inconsciente colectivo. Creemos saber quiénes son nuestros padres, nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos o nuestros colaboradores, pero no siempre nos hemos tomado el tiempo de observarles desde otro lugar, no desde el cotidiano, sino desde ese genuino interés sobre su propia evolución en el tiempo, sus experiencias, sus deseos o sus aspiraciones… y eso culmina en cercanías lejanas, ajenas e impersonales, en una ceguera mutua que presiona vínculos sin coincidencias e invita en lo privado a elegir no estar, a elegir desconectarse.
Por eso, mi querido lector, no dejemos nunca de observar desde otro lugar, desde un lugar más humano, más realista, más curioso, aprendamos a reconocer que nuestros ojos son inexpertos en la vida del otro, en su pensamiento, en su emoción y en su manera de procesar el mundo; eduquémonos en la diferencia, en la belleza que esconde la complejidad y seamos respetuosos de esas otras realidades y contextos, porque no todo y no siempre es lo que se ve; comprender al otro implica liberarnos de nuestras propias esclavitudes. Como siempre, usted elige.
¡Felices conexiones, felices vidas!
