Desconexión III. El origen
La madurez en la comprensión y el entendimiento nos exige dejar de ser un personaje secundario, un autómata de las circunstancias, para convertirnos en autores de nuestras propias experiencias.

Paola Domínguez Boullosa
La coach
Nadie puede ser esclavo de su identidad:
cuando surge una posibilidad de cambio, hay que cambiar.
Elliott Gould
La capacidad para entender mejor y evitar la desconexión con uno mismo y con los demás nace en la biología, en las funciones neurocognitivas, se moldea en el vínculo temprano, se refuerza con práctica social y se afina con autoconciencia y regulación emocional. Si se fija bien, nada de esto surge de inmediato, sino que se va construyendo y entrenando… y, sobre todo, tiene que ver con uno mismo, con querer entender, entenderse y ser entendido, se trata de voluntad.
Se lo digo porque puede ser que nuestra capacidad neurocognitiva se haya alimentado a través de los años de situaciones, relaciones y entornos quizá no tan saludables, y puede ser que eso haya mermado con los años la capacidad de expansión de uno mismo en materia de comunicación y entendimiento, sin embargo, los argumentos y las justificaciones pueriles de lo vivido no pueden seguir entumeciendo esa capacidad que a todos nos hace profundamente humanos y que necesitamos urgentemente resolver: conectarnos y entendernos.
Así, para quien tiene la voluntad, ha de interesarle saber que la capacidad de entendernos mejor nace de la autoconciencia, esto es, la capacidad de notar lo que pasa dentro de nosotros en tiempo real: qué siento, qué pienso, qué necesito, qué me activa… sin autoconciencia, la vida se vive en automático: acción-reacción, y así, mi querido lector, la vida que no se elige, se automatiza, y lo que se automatiza se somete, y lo que se somete, pierde identidad.
La identidad es el concepto que uno tiene de sí mismo, es su historia interna con la que uno se define, se explica y decide cómo vivir. Es el Yo, y es todo lo que nos decimos a nosotros mismos sobre ese yo, por eso no espere ser comprendido si no es capaz de comprenderse a sí mismo, de sentirse, de poner en palabras eso que siente, de pensar sobre sí mismo, sus acciones, reacciones y elecciones. Sin alfabetización emocional no se puede ni entenderse uno a sí mismo ni mucho menos entender y comprender a los demás, esto es importante porque es lo que reduce la impulsividad, las malinterpretaciones, la culpa y la confusión interna, los juicios y las críticas… conductas que dañan profundamente la capacidad de relacionarnos sanamente.
Ya le he dicho, mi querido lector, esto es cuestión de voluntad y ésta, a su vez, de responsabilidad personal. La madurez en la comprensión y el entendimiento nos exige dejar de ser un personaje secundario, un autómata de las circunstancias, para convertirnos en autores de nuestras propias experiencias. Y nunca olvide que los autores deben tener talento para editar. Editar la vida es elegir qué se queda y qué se va, y qué versión de uno mismo dirige su presente. Se edita la narrativa de lo que nos contamos a nosotros mismos y se edita la interpretación, el significado que damos a lo que ocurre. Y cuando uno se atreve a mirarse desde otro lugar para sentirse, entenderse, comprenderse y tener una firme intención en hacerlo, crea también un espacio de comprensión hacia los demás, lo que llamo la empatía entrenada, el entender al otro sin perderse, con la intención simplemente de conocer. La empatía real crece cuando nuestra identidad no depende de tener la razón. Ésa es la comunicación consciente: verifico, no supongo.
Y en esto, como en todo, se requiere práctica, el entendimiento es como un músculo: se entrena con revisión, se fortalece con hábitos, se consolida con coherencia en el pensar, en el sentir y en el actuar. La capacidad de entendernos mejor nace cuando aprendemos a habitar lo que sentimos, observar lo que pensamos y elegir cómo actuamos. Piénselo… su identidad no es una sentencia, es un proceso vivo que se puede revisar, actualizar y asumir de manera consciente. Podemos ser mejores seres humanos si nos atrevemos a actualizar nuestra manera de hablarnos, de sentirnos y de vivir y, sobre todo, si nos atrevemos a descartar de nuestra vida todo aquello que nos impide desarrollar nuevas y mejores habilidades para conectarnos con nosotros mismos y con los demás. ¡Porque sí… nos necesitamos! Como siempre, usted elige.
¡Felices conexiones, felices vidas!