iPhone y la felicidad

No consigo recordar el resto de mi sueño. Conservo apenas una imagen persistente: la obra maestra de Augusto Rodin, El Pensador, mira fijamente hacia su antebrazo izquierdo, sobre el que tiene colocado un iPhone. Sin saber de dónde la elaboró mi alma perversa, se me ha ...

No consigo recordar el resto de mi sueño. Conservo apenas una imagen persistente: la obra maestra de Augusto Rodin, El Pensador, mira fijamente hacia su antebrazo izquierdo, sobre el que tiene colocado un iPhone. Sin saber de dónde la elaboró mi alma perversa, se me ha ocurrido que puede resultar emblemática de nuestro tiempo. “Esclavos del celular”, se titula el reportaje de EFE que ha publicado Excélsior (23/I/18), y que da cuenta del trabajo de un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de San Diego, liderados por Jean Twenge, sicóloga norteamericana dedicada a investigar las diferencias culturales entre el nuevo siglo y el otro, el mío, abordando aspectos tan importantes como la sexualidad, la religiosidad y los propósitos vitales. El trabajo de Twenge demuestra que los adolescentes que pasan más tiempo “enganchados” a la pantalla del celular son “notablemente más infelices” que los que usan su tiempo en actividades como la lectura o el deporte, y que privilegian el contacto social personal —“cara a cara”— sobre el que prometen las redes vía gadgets. Sus datos afirman que los niños del siglo XXI crecen menos rebeldes, más tolerantes y menos felices, tanto como para considerarlos “completamente desarmados para la adultez”. Twenge ha encuestado una muestra representativa de jóvenes americanos entre los 15 y los 18 años, encontrando que, en promedio, dedican seis horas diarias a la interacción con el iPhone. Curiosamente, no le fue posible demostrar que los más felices eran los que no utilizaban celulares del todo, condición que resultó propia de quienes pasan en ello un poco menos de una hora diaria. A partir de ese lapso los indicadores de infelicidad aumentan.   

El enredo crece si consideramos que la telefonía celular es el negocio del hombre más rico de México, cuya empresa no se ha manifestado hasta hoy acerca del impacto de los iPhones en el desarrollo humano. Considérese enseguida el tamaño del negocio mundial de redes sociales, que complementa al otro. Asistimos, sin duda, al colapso de la ética como consecuencia de la pérdida de valor del conocimiento. El engaño del siglo aterra de tan obvio: no importa que yo no tenga conocimiento porque siempre tengo información por medio de unos cuantos clics, y el mundo se las ha arreglado para hacerme creer que ambas cosas —información y conocimiento— son lo mismo. El fenómeno es conocido como Efecto Google. Ignorancia creciente de la cual no se suele tener ni siquiera conciencia mínima. ¿Otros hallazgos? Mientras más cerca se halla una persona de su aparato, menos se concentra y su desempeño se vuelve más torpe. Lo contrario ocurre con el cacharro a la distancia, pero la lejanía provoca ansiedad creciente. Y lo que debiera resultarnos terrible: los usuarios de iPhones evaden el contacto social para enfocar su atención en la pantalla de su gadget, es decir, el resultado inverso de lo que pretendían al socializar.

La imagen de El Pensador con su aparatejo —tribulación y desaliento consecutivos— me lleva a buscar el efecto bienhechor del futbol. Sin embargo, el primer gol me recuerda que un aula va a ser dotada con equipo de cómputo, para multiplicar por este medio la perversión del conocimiento. ¿Mejor una biblioteca? Imposible. Ése no es el negocio de los patrocinadores. Los narradores del juego me han informado que los jugadores se van al “vestuario”, no al vestidor, o que uno de los equipos busca “ofender” al otro, como si en el lenguaje deportivo defensa y ofensa fueran antónimos válidos. Con absoluta impunidad, todos estos narradores enarbolan un micrófono para contaminar a los espectadores con una estupidez tras otra. Han perdido, se ha perdido, el conocimiento del lenguaje, tanto que los comunicadores nos regalan sus burradas con impunidad absoluta, la que les ofrece la información sin conocimiento: ignorantes tecnificados, especímenes de su siglo.

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