La felicidad latinoamericana
A pesar de lo complicada que puede resultar una definición operacional de la felicidad, de ser feliz, considerando por lo mismo que existen algunos intentos serios por proponer y dar seguimiento a una serie de parámetros que podrían medir si somos felices, comenzamos ...
A pesar de lo complicada que puede resultar una definición operacional de la felicidad, de ser feliz, considerando por lo mismo que existen algunos intentos serios por proponer y dar seguimiento a una serie de parámetros que podrían medir si somos felices, comenzamos diciendo que hay un Día Mundial de la Felicidad: el 20 de marzo, y que en esa fecha la ONU ha iniciado la costumbre de difundir datos relativos a los países cuyos habitantes son más y menos felices, en el llamado Informe Mundial de la Felicidad (esta vez en su versión 2017). No se trata, claro, de sumergirse en honduras filosóficas, sino de documentar y comparar el comportamiento de una serie de satisfactores: educación, salud, recursos, sistema político, control de la corrupción y un etcétera más o menos previsible.
Noruega ha resultado el país más feliz del mundo en 2017, y de tan ajeno como puede resultarnos podemos imaginar los “por qué” y nada más. América Latina, por el contrario, la formamos todos, la entendemos con mayor claridad y los datos de la región pueden sernos más ilustrativos. Costa Rica ha resultado el país más feliz, ocupando además el 10º lugar en el ranking mundial. Cabe agregar que en la última década el índice de felicidad de ese país centroamericano disminuyó en 0.178 puntos. Escéptico como soy, no entiendo cómo México ocupa el lugar 25 entre los 155 países documentados. Ayuda saber que en América Latina ocupamos un más bien vergonzoso 5º lugar, para que países cuyo desarrollo pudiéramos suponer rezagado del nuestro tengan más felicidad: el 2º lugar latinoamericano es para Chile y todos quedamos conformes con eso aun si nuestros hermanos de allá de pronto parecieran aburridos de tan ordenados. La historia reciente: la presidencia de Allende, el golpe de Estado y los años de Pinochet parecen haberles enseñado a ellos todo lo que nuestra propia violencia no ha conseguido hacernos entender a nosotros. Brasil se halla en tercero y yo sospecho que allá no terminan de dimensionar el fraude político y económico del que han sido víctimas, y que debiera haber desenmascarado un supuesto progreso. Argentina es cuarto con todo y su crisis económica, tal vez porque la natural autoestima de ese pueblo los hace percibirse felices. Por debajo de México están Uruguay, Guatemala y Panamá, y en los últimos lugares del continente, 82º en el mundo, se halla Venezuela con su tragedia de “república socialista bolivariana” comandada por un vergonzoso gobernante. Nadie puede ser feliz a partir de semejantes supuestos. Nicaragua ha mejorado con todo y la tiranía de Ortega. Perú, Paraguay y Bolivia seguirán siendo infelices sin remedio.
Existen 24 países en los que la población es más feliz que en México, número 25 del reporte. Imposible no anotar el asombro que provoca una organización como la ONU ocupada en la promoción de un tema como el bienestar social por medio de frivolidades, e imposible no considerar al mundo del siglo XXI con su felicidad amarrado al binomio consumismo-hedonismo, con toda una lista de supuestos satisfactores que a los viejos nos parecen por lo menos vergonzosos. En busca de algún referente genérico que permita medir el progreso en términos generales, el único que se me ocurrió fue el de la política y, claro, los políticos, tercos como se les ve en todo el mundo en ser los artífices de la felicidad, como si en realidad fuera ésa una especie de facultad de Estado. No encontré otra manera de saberme feliz que saberme ajeno al estatismo, al corporativismo y al absurdo colectivismo que insisten en vendernos quienes buscan empleo como gobernantes. Sirva este Día Mundial para reflexionar en lo absurdo de la pretensión política de hacernos acceder al bienestar a cambio de votos y poder. En eso de ser feliz, allá cada quien, con todo y la mundial celebración.
