Nación colapsada

La Rusia de los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX fue territorio fértil para que los maestros universales de la narrativa plasmaran su visión de la naturaleza humana; la corrupción absoluta, imperante a todos niveles, fue el referente perfecto. Haga ...

La Rusia de los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX fue territorio fértil para que los maestros universales de la narrativa plasmaran su visión de la naturaleza humana; la corrupción absoluta, imperante a todos niveles, fue el referente perfecto. Haga ahora un ejercicio de imaginación, comparta con su servidor una experiencia típica de México en el siglo XXI. Lo que aquí propongo, conste, no es más que cuestión de imaginar. Imagine, pues, que sale de cenar a la una de la mañana. Entrega su comprobante al valet parking y solicita su coche. Pasan 25 minutos y nadie aparece. Molesto, claro, se dirige usted a los otros empleados del valet que en principio nada contestan, hasta que uno de ellos le informa que ha ocurrido un percance. Así que camina apenas cuadra y media para encontrar su coche despedazado, al igual que otros dos, uno de ellos un taxi. Los otros dos afectados le cuentan que el chofer de su vehículo, empleado del servicio de valet, salió huyendo, pero que por ahí andan un par de representantes de la empresa. Más bien molesto, usted se dirige a ellos; ninguno responde, ni siquiera lo miran a los ojos mientras fingen hablar por sus teléfonos. Le gana el coraje, les grita exigiendo una explicación y alguna garantía; nada. Los toma por los hombros, los zarandea, los empuja; nada. Parecen entrenados para provocar y dejarse hacer con algún fin; culparlo más tarde, quizá, de mal proceder.

Está su seguro, claro, así que llama y reporta lo sucedido para escuchar la promesa de que en 20 minutos llegará un ajustador. Esto sucede hora y media, casi dos después. El ajustador le dice que el seguro no puede cubrir sus daños, que debe hacerlo la empresa de “valet”. La empresa dice que usted no tiene su comprobante, porque, claro, lo ha entregado al empleado al reclamar su auto, y el empleado huyó. Como no puede demostrarles que no manejaba usted, no pagan. Así, le informan, proceden siempre. Sólo queda trasladar los tres autos desechos al Ministerio Público. Usted y los otros afectados llaman docenas de veces al 911 y los agentes de policía con sus grúas no llegan, hasta las 8:45 de la mañana, para que todos juntos se presenten en el ministerio a las 9:30. Y a partir de ahí, como en la canción de Sabina, se dieron las 10 y las 11 y las 12; hasta las 6 de la tarde, nada. Descubre usted, de pronto, un cartelón impreso en color rosa Mancera que dice que en vista de ser mayor de 60 años, es usted persona en situación de discapacidad y, en tal condición, debe ser atendido de inmediato. Sin más que irrumpir en las oficinas y reclamar la prestación, consigue usted que le tomen su declaración al fin; con ello, le informa la abogada de la compañía, nada se consigue porque este tipo de incidentes nunca se persiguen.

¿Usted se despierta justo ahí, tras la pesadilla? No, para nada. Ahí le va: el restaurante Japonez de Polanco contrata los servicios de una empresa de valet parking, Emporio Park, cuyo representante dice que no tiene un seguro para cubrir posibles daños a los automóviles. La empresa de “valet” se ufana de que ellos nunca pagan por esos incidentes. La empresa de seguro para automóvil (AIG) no tiene ajustadores, subcontrata a una compañía para ello. Tampoco tiene abogados, también los subcontrata. Nadie le dice eso a uno cuando contrata un seguro. Los agentes policiacos pidieron para sus refrescos, alguien le sugirió extraoficialmente que diera “una feria” en el MP, porque sólo así se acelera un trámite que, de todos modos, no servirá para nada. En síntesis, nadie, así, nadie actuó de manera correcta para proteger su derecho, el mío, el de cualquiera. Así que nuestro nacional colapso, la corrupción profundamente arraigada en la cultura y el proceder de todos, habrá de ser escenario propicio para todas las formas de expresión, como la que lee, que ofrezcan testimonio a falta de cualquier otro recurso. En tanto, un sistema político, un Estado totalmente fallido, se las arregla para que sus ciudadanos —azuzados por Trump— no hagan conciencia del desastre moral, ocupados como están en utilizar la bandera de su país como emblema personal de sus redes sociales.

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