Fidel
Hará cosa de 10 años, un grupo de amigos viajábamos a La Habana y encontramos en el aeropuerto de México al escritor Gabriel García Márquez. Sabíamos que no nos reconocería porque no nos conocía personalmente, y que por eso nos saludaría con la cortesía que lo ...
Hará cosa de 10 años, un grupo de amigos viajábamos a La Habana y encontramos en el aeropuerto de México al escritor Gabriel García Márquez. Sabíamos que no nos reconocería porque no nos conocía personalmente, y que por eso nos saludaría con la cortesía que lo distinguía. Así lo hizo, y al enterarse del destino de nuestro viaje se le descompuso el gesto. “No vayan a Cuba” — nos dijo—, “allá todo va muy mal”. Conocedores de sus afectos por la nación isleña y sobre todo por Fidel Castro, su comentario se nos quedó atorado a todos. Yo recordé, como lo estoy haciendo ahora, que el mismo García Márquez, profundamente afectado por el golpe militar de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, presidente legítimo de Chile, en 1973, había prometido no escribir ningún libro más hasta que cayera el gobierno del general chileno asesino y usurpador. Eso, lo sabemos todos, nunca ocurrió, y el Nobel colombiano publicó su siguiente novela en 1975: El otoño del patriarca. La obra pretendía representar al tirano típico de los tantos gobiernos militares que existieron en los países de América Latina durante el siglo XX. Casi 40 años después, el “Patriarca” me sigue recordando más a Fidel Castro y al ocaso de su vida que al propio Pinochet, contra las pretensiones de García Márquez, estoy seguro.
Imposible no dedicar este y cualquier otro espacio de expresión pública a Fidel. Difícil decidir qué va uno a anotar, porque el juicio de la historia me parece complicadísimo para el personaje. La Revolución Cubana representó para todos el más romántico de los lances, al rescate de un pueblo poseído, explotado y prostituido por los gringos. ¿Cómo no adorar a Castro? Con eso crecimos muchos, en los años de las utopías socialistas, particularmente la cubana, por vía de la lucha armada. Vinieron luego los años de cambios sociales, de lucha denodada por sostener la economía tambaleándose por el bloqueo norteamericano, que no dejaba más camino que venderle el alma a la URSS. Todo eso siguió mereciéndome el mayor de los respetos. Con los años de empecinamiento, de terquedad infranqueable me sucede distinto. Ahí está, por ejemplo, 1989. Las acusaciones de narcotráfico contra Antonio y Patricio de la Guardia, y contra el héroe nacional Arnaldo Ochoa. Fidel fusiló a Antonio y a Arnaldo tras un juicio que siempre será cuestionado, y condenó a prisión a Patricio. Los tres habían sido sus camaradas en la lucha revolucionaria, y al parecer a los tres les resultaba tedioso y difícil el Fidel gobernante brillando siempre.
Antes que la salud, tarea de estado que distinguió al régimen socialista cubano, merece destacarse la educación. Ésta tendrá que ser el patrimonio que les ofrezca futuro a los cubanos frente a los cambios, tibios por parte de Raúl Castro, y que seguramente se sucederán incontenibles ahora que ha muerto Fidel. Cuba no habrá de ser la misma nunca, porque su destino histórico ha cambiado para siempre con la obra de Fidel. Eso, quiero pasar el resto de mi vida convencido de ello, no justifica la tiranía. No consigo recordar a ningún revolucionario que hubiera conseguido sustraerse a la seducción del poder, al efecto letal del halago por doquier, a saberse amo y señor de los suyos, del futuro. La comparación chocará a muchos, pero quienes vivimos la revolución sandinista de Nicaragua en 1979 no dejamos de lamentar que una nación noble deba padecer una y otra vez la tiranía del bandido Daniel Ortega, que también vistió traje de miliciano para pelear contra Anastasio Somoza. Vida larga la de Fidel, llena de todo lo que siempre quiso el comandante, por lo mismo resulta imposible pensarle un dilema de conciencia. No me queda duda de que para ofrecerle un futuro a Cuba debía morir quien fue su libertador. Los cubanos nos merecen lo mejor, por su revolución socialista, por tantas décadas impasibles, inamovibles frente a un héroe que se les iba haciendo opresor, y seguramente por ese futuro espléndido al que sólo le hacía falta que muriera el comandante. Viva la muerte de Castro, fin y principio.
