Tirar la piedra sin esconder la mano
• La descalificación a los medios serios, la burla contra los intelectuales, la negativa a actuar conformea la ley contra la delincuencia, de no aplicarlacontra los corruptos de su gobierno, el desprecioa las instituciones, la descalificación a quien lo criticay gana el calificativo de neoliberal o conservador.
Por Armando Ríos Ruiz
Mientras insiste en que quien se opone a sus ideas, a su forma de gobernar, es conservador, deja ver con claridad lo que niega con vehemencia y con irritación: su inclinación a la dictadura. Ama, se nota a leguas, esa condición del gobernante. Por ello imita las acciones que dejó Hugo Chávez y que continúa Nicolás Maduro. Por lo menos, ambos tiraron la piedra sin esconder la mano.
López Obrador niega sistemáticamente su intención. “No quiero ser dictador ni cacique”, dijo en una ocasión. Pero sus actitudes lo denuncian y lo desnudan. Son abundantes las tareas que emprende y que dejan ver sus propósitos verdaderos y ninguna que signifique servir a su país. Nadie ha visto una sola obra que haya ejecutado en dos años. Sólo frentes que se empeña en dejar abiertos, cambios que asustan y caprichos que ofenden la cordura.
Cree apasionadamente que su modelo de gobierno es el ideal. Insustituible. Por eso repite que quien no esté de acuerdo con él, desea volver al pasado, a la época neoliberal. No es capaz de pensar que hasta sin saberlo, el pueblo hubiera preferido el cambio, pero de sistema político y acabar con la partidocracia. No ser gobernado por la intolerancia. Por la autocracia.
Acaba de reiterar en Veracruz, después de soportar abucheos: “somos perseverantes, tercos necios en el buen sentido de la palabra, por eso, que se preparen los conservadores, que se preparen nuestros opositores, porque no vamos a dar tregua”. ¿A qué se refería? ¿A seguir fiel a su plan? ¿A franquear su proyecto dictatorial contra todo lo que se resista?
Lo niega, pero eso no basta. Van ejemplos: El reparto del dinero a los desocupados que no prometen nada. Sólo votos para él, a precios exorbitantes; el desprecio a las leyes, el abuso de sus ridículas consultas populares en violación flagrante de la ley —con unas cuantas manos alzadas aprueba sus propios caprichos—, la imposición de funcionarios incapaces, como la presidenta de Derechos Humanos y muchos otros.
La descalificación a los medios serios, la burla contra los intelectuales, la negativa a actuar conforme a la ley contra la delincuencia, de no aplicarla contra los corruptos de su gobierno, el desprecio a las instituciones, la descalificación a quien lo critica y gana el calificativo de neoliberal o conservador, la insistencia en arruinar al país, con oídos sordos a la opinión de los expertos.
La tolerancia de sus funcionarios consentidos que incurren en delitos, las compras sin licitación, los contratos millonarios entregados a parientes y amigos, la ofensa al pueblo de ¡va porque va! Cuando desea imponer su voluntad, contra todo lo que se oponga; el nulo respeto a cualquier idea diferente a las suyas.
El juicio por venganza de Rosario Robles, la aceptación de periodistas que avergüenzan al gremio, incapaces probar que conocen el oficio, pero dignos de títulos honoris causa, como el impresentable Lord Molécula y otros de semejante catadura, que ensucian esa distinción; la promoción de la pobreza para que la gente alcance la felicidad.
Ante la crítica, fustiga con rabia. No le es posible preguntarse: “¿En que he fallado?”.
