La sostenibilidad real comienza donde termina la excusa del presupuesto

Opinión del experto nacional
Por Kim Durand
En México y en gran parte de Latinoamérica hemos construido una idea equivocada: creer que la sostenibilidad es un lujo reservado para empresas con presupuestos amplios, departamentos de ESG y consultores especializados. Que si no puedes pagar una certificación, entonces “no eres sostenible”.
Esa visión, además de elitista, es profundamente peligrosa: permite que miles de empresas sigan justificando su inacción ambiental detrás del trillado argumento de “no hay presupuesto”. La verdad es que la sostenibilidad no empieza con inversión, sino con honestidad. Después de trabajar con cientos de restaurantes, supermercados y pymes, he entendido que la sostenibilidad no se activa con un presupuesto verde, sino con la decisión de medir lo que normalmente, por la operación diaria, se prefiere ignorar. En México, según la Comisión Nacional del Agua (Conagua), más de 50% del agua residual industrial no se trata ni se reutiliza. Este es un ejemplo de fugas ambientales: pérdidas que no necesariamente requieren un gran programa verde para corregirse en cierta escala, sino valentía para admitir que existen. Lo mismo ocurre en el consumo energético, la gestión de inventarios o el desperdicio de alimentos. Muchos negocios operan como si fueran 20% más grandes de lo que realmente son, simplemente porque las ineficiencias están normalizadas, lo cual genera pérdidas financieras y ambientales: los negocios pierden dinero todos los días y cada kilo desperdiciado, cada litro de agua no aprovechado o cada kWh mal usado es una huella ambiental directa.
Lo más revelador es que medir estas fugas no cuesta dinero: implica voluntad para monitorear y la valentía de reconocer que hay procesos que pueden mejorarse. La medición —del desperdicio, de la energía, del agua y del inventario muerto— debería ser un hábito básico. Pero no lo es, porque medir implica aceptar fallas… pero también descubrir oportunidades de crecimiento que estaban escondidas a simple vista.
En México he visto algo que me preocupa: confundimos frecuentemente la sostenibilidad con alguna certificación o distintivo. Si una empresa no puede pagar un sello ambiental, se autodescarta. Si no puede contratar una consultoría ESG, siente que no pertenece al mundo “verde”. Pero la sostenibilidad no es un club exclusivo, es un cambio de comportamiento. El mercado ha premiado más a quienes saben presumir un distintivo que a quienes corrigen una ineficiencia, cuando hoy en día muchos de estos sellos están más cercanos a un trámite pagado que a una comprobación real de impacto. Eso deja fuera a la mayoría de las pymes que creen que la sostenibilidad es inaccesible para ellas. He conocido restaurantes que hacen más por el planeta ajustando su producción diaria que grandes corporativos multinacionales con informes de 80 páginas y campañas publicitarias verdes. Un ejemplo claro es Baldío, en la Condesa, parte de Arca Tierra: operan con agricultura regenerativa, comercio justo y una filosofía real de cero desperdicio.
Pero no son los únicos: un restaurante que ajusta su producción a la demanda real; un hotel que implementa prácticas de reutilización de toallas; un negocio que revisa inventarios muertos cada semana; un chef que optimiza el uso de cada ingrediente en su restaurante; un comercio que baja precios o usa apps de rescate antes de que un producto llegue a su fecha de caducidad. Ninguna de estas acciones requiere un presupuesto verde y suelen ser financieramente inteligentes. Si queremos transformar de verdad el panorama ambiental en México, necesitamos políticas que no penalicen la honestidad, sino que la incentiven. Me gustaría ver un modelo donde los negocios puedan medir y reportar su desperdicio, consumo energético y uso del agua con métricas simples; un sistema donde el gobierno genere comparativos por tamaño y tipo de operación, como un +++benchmark+++ real con la información existente.
Para las pymes, el enfoque regulatorio debe ser claro: incentivar. Son empresas que sostienen economías locales y operan con márgenes limitados. Las sanciones deben reservarse para quienes sí tienen capacidad de actuar y falta de voluntad. Recompensar empresas por reducir ineficiencias que tienen un impacto medioambiental no sólo es justo, es estratégico.
Si mañana un negocio quiere empezar a reducir su huella ambiental puede implementar tres pasos inmediatos:
1. Medir sus desperdicios durante una semana: Observar dónde, cuándo y por qué se genera. Sin filtros y sin juicios… sólo observar. Pocas acciones revelan mucho. 2. Analizar su consumo energético y de agua con lupa: no sólo el total mensual, sino dónde se consume (equipos encendidos en horas muertas, procesos mal diseñados, rutinas ineficientes). 3. Alinear producción y demanda con datos, no con intuición. La sobreproducción es la forma más silenciosa de pérdida financiera y ambiental.
Mi esperanza es que dejemos atrás la idea de que este cambio depende de grandes presupuestos o corporativos globales. La sostenibilidad empieza en la cocina de un restaurante familiar, en la cámara fría de un supermercado y en el taller de una pyme. Se trata de mirar de frente lo que duele en la operación y admitirlo en voz alta ante tu equipo. La transformación ocurre cuando los líderes abandonan el autoshaming y convierten la transparencia en un valor compartido. Cuando optimizar deja de ser un castigo y se transforma en convicción. No se trata de exhibir fallas, sino de descubrir oportunidades. Cuando el equipo completo de una organización participa, se cambia la cultura y se mejoran también los márgenes de un negocio al profesionalizarse.
A veces, el mayor impacto no viene de hacer más, sino de dejar de hacer menos de lo que no suma o es tan eficaz, pero que posee un impacto medioambiental y financiero real. Si más empresas y políticas públicas dieran ese paso simple y valiente, no sólo se cambiaría la narrativa, sino que México avanzaría más en sostenibilidad que con cualquier distintivo.