Secretos bajo la luna
PorGuillermo Fajardo Richard Hickock escuchó aquello y pidió que se lo repitieran. Se lo había dicho Floyd Wells, del que se había hecho amigo mientras ambos servían una condena en la Penitenciaría Estatal de Kansas. Hace muchos años, Wells había trabajado para un ...
Por Guillermo Fajardo
Richard Hickock escuchó aquello y pidió que se lo repitieran. Se lo había dicho Floyd Wells, del que se había hecho amigo mientras ambos servían una condena en la Penitenciaría Estatal de Kansas. Hace muchos años, Wells había trabajado para un tal Herbert Clutter, dueño del River Valley Farm, en Holcomb, al oeste de Kansas, una propiedad impresionante que, en su esplendor, consistía de 800 acres, donde se sembraba trigo, sorgo y semilla de hierba.
Richard Hickock presionó a Wells para que le contara más sobre Clutter, sobre todo porque Wells le aseguró a Hickock que el señor Clutter también tenía una caja fuerte. ¿Por qué no aprovechar esa oportunidad? Fue así como, al salir de la penitenciaria, le escribió a Perry Smith, con el que también había compartido celda. Le dijo que tenía un plan perfecto. Fue así como llegaron a River Valley Farm la noche del 15 de noviembre de 1959. En el camino habían intentado conseguir algo que les cubriera la cara, se detuvieron donde unas monjas para que les dieran medias negras. No tuvieron suerte. Algunos piensan que eso pudo sellar la suerte de los Clutter o el hecho de que Hickock, desde que se enteró de la existencia de River Valley Farm, aseguró que no dejaría testigos. Adentro de la casa dormían el señor Clutter, su esposa Bonnie y dos de sus cuatro hijos: Nancy, de dieciséis años, y Kenyon, de quince. Nadie en Holcomb escuchó las cuatro detonaciones de la escopeta que Smith y Hickock usaron para matarlos. Truman Capote se enteró del caso después de leer un artículo de apenas 300 palabras en The New York Times. Viajó a Holcomb, Kansas, con Harper Lee, y ambos comenzaron a investigar. Semanas después, la policía arrestaría a Smith y Hickock. Fueron sentenciados a muerte. A sangre fría, el recuento de estos crímenes, fue publicado en 1966 y se convirtió en un éxito inmediato.
Perry Smith era un hombre pequeño, “no más alto que un niño de doce años”, pero de complexión robusta y pies pequeños, de piernas delgadas que no correspondían con el torso. Al igual que su cuerpo, su historia estaba llena de contradicciones: había nacido en Nevada en 1928 y era hijo de Florence Buckskin y Tex John Smith, actores de rodeo. Pronto tuvieron que abandonar el espectáculo: sus cuerpos ya no aguantaban las acrobacias. Florence se volvió alcohólica. Alejó a Perry y a sus hermanos de su padre. Smith entró al Ejército, peleó en la guerra de Corea, regresó y tuvo un accidente de motocicleta. El dolor en sus piernas lo siguió durante toda su vida y por ellos consumía una cantidad excesiva de aspirinas. Su familia —o así lo creía su hermana Barbara— parecía destinada a finales terribles: el hijo mayor se suicidó, el segundo había saltado o se había caído de una ventana y Smith era responsable de cuatro homicidios. Hickock tenía otra historia: nacido en Kansas en 1931, tuvo un accidente en 1950 que lo dejó desfigurado. El propio Hickock piensa que aquel choque automovilístico cambió su vida, pues no sólo sufría desmayos y hemorragias, sino que pronto no pudo pagar las cuentas del hospital y comenzó a apostar y a escribir cheques sin fondo. Su personalidad también cambió. Guiados hacia la residencia de los Clutter por un error —todos, excepto Floyd Wells, sabían que Herbert Clutter jamás cargaba dinero— manejaron más de 600 kilómetros hasta llegar a River Valley Farm. Ahí, recuerda Smith, estacionados bajo un árbol, vieron una luz: era Alfred Stoecklein, el ayudante de los Clutter, quien cuidaba de su hijo pequeño. Smith dijo que por poco se acobardaron y que de hecho prendieron el coche y le dieron la vuelta, pero Hickock lo detuvo. Convenció a Smith. Los dos regresaron. “La casa se veía impresionante bajo la luz de la luna”, recuerda Perry. Después de los homicidios hicieron lo que siempre habían hecho: vagabundearon por varios estados hasta que acabaron en Acapulco y la Ciudad de México y de regreso. Fue Floyd Wells el que le dijo a la policía lo que sabía.
La publicación de A sangre fría conmocionó a los lectores por aquella cualidad espectral que algunos, como el investigador Travis Linnemann, ven en el libro: dos vagabundos saliendo de la noche y materializando en sus cuerpos todos los peligros públicos que ahora acechaban el espacio cultural norteamericano y una nueva dimensión de la violencia. “Este fue el asesinato de la familia estadunidense—los últimos a los que uno asesinaría”, escribió Linnemann. Hay una delicada ética en este libro: Capote no tuvo que condenar explícitamente a Smith y a Hickock para convencernos del horror de sus crímenes, sino que dejó que la literatura hablase, penetrando en la subjetividad y los deseos de víctimas y victimarios. La labor del escritor, a la manera de Capote, no es el de la rabieta: la literatura es el espacio de la contradicción. Según Linnemann, en Holcomb la gente todavía recuerda aquel cuádruple homicidio, pero a excepción de una fotografía de Capote, hay poca evidencia del paso del escritor y su estancia ahí: al igual que Hickock y Smith, el espectro del escritor también vaga por Holcomb, intentando contar aquella historia entre las tumbas dormidas de los Clutter y sus memorias perturbadas.
