NUEVA DELHI.— La perspectiva de la inteligencia artificial general –sistemas capaces de realizar cualquier tarea cognitiva humana– ha suscitado tanto esperanza como inquietud. Si bien la IA general podría traer consigo una mejora sin precedentes del nivel de vida a escala mundial, también podría reducir drásticamente la demanda de mano de obra humana, lo que agravaría el desempleo, el malestar social y los conflictos. Gran parte del debate sobre la IA en los últimos años ha oscilado entre estos dos extremos.
Sorprendentemente, uno de los análisis más perspicaces sobre las promesas y los peligros de la IA general provino del director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman. En una entrada de blog publicada originalmente en 2023 y actualizada en 2025, Altman mostró un grado de escepticismo filosófico poco común entre los optimistas tecnológicos. “Queremos que la IGA permita a la humanidad prosperar al máximo en el universo”, escribió, al tiempo que reconocía que para ello sería necesario “superar con éxito riesgos enormes”.
Sin duda, cierto escepticismo está justificado a la hora de evaluar los posibles beneficios de los avances tecnológicos. Desde la Ilustración, la humanidad ha rechazado cada vez más la superstición y el dogma en favor del espíritu escéptico de la investigación científica y, con el tiempo, ha cultivado la creencia de que el progreso científico es intrínsecamente beneficioso. Aunque descubrimientos concretos, como la bomba atómica, pueden ser destructivos, se suele pensar que la ciencia en su conjunto, que nos proporciona una comprensión más profunda de la naturaleza, es una fuerza incondicional para el bien y, por extensión, para un mayor bienestar humano.
Sin embargo, lo que a menudo se pasa por alto es que la fe incuestionable en la ciencia puede convertirse en sí misma en una forma de dogma. En un artículo de 2024, Jörgen Weibull y yo utilizamos la teoría de juegos para explorar esta dinámica. Cuando los seres humanos interactúan en condiciones de incertidumbre, en las que lo que es racional para una persona depende de lo que es racional para los demás, un nuevo descubrimiento científico puede poner de manifiesto situaciones que se asemejan al clásico dilema del prisionero, en el que un comportamiento racional a nivel individual conduce a resultados que empeoran la situación de todos. El auge de la IA general (AGI) podría resultar ser uno de esos casos.
El escepticismo de Altman está, por tanto, bien fundado. Como señala, la IGA “tiene el potencial de dotar a todo el mundo de nuevas capacidades increíbles”, pero también podría dar lugar a “accidentes drásticos y perturbaciones sociales”. El reto, pues, consiste en minimizar el riesgo de una “maldición del conocimiento”. Dado que el futuro sigue siendo incierto, lo mejor que podemos hacer es formular hipótesis fundamentadas y adoptar medidas preventivas prudentes. Altman tiene razón al argumentar que estos retos no pueden dejarse exclusivamente en manos del sector privado. Abordarlos requerirá cierto grado de redistribución de recursos y una cooperación internacional concertada.
Quizá la consecuencia más grave que pueda acarrear la IGA sea una disminución de la demanda de mano de obra. Es fundamental señalar que esto no significa que las personas no vayan a tener nada que hacer; de hecho, podrían disfrutar de una cantidad de tiempo libre sin precedentes. Pero si se define el trabajo tal y como aparece en los libros de texto de economía –como cualquier actividad realizada a cambio de una remuneración–, un mundo impulsado por la IGA en el que las máquinas superen a los humanos en prácticamente todos los ámbitos podría dejarlo obsoleto.
Dado que la gran mayoría de los adultos depende de los ingresos laborales para sobrevivir, tal transformación podría privar a miles de millones de personas de su medio de vida. Por esta razón, Altman ha abogado por una renta básica universal (RBU), que garantizaría a cada persona un nivel de vida mínimo.
Sin embargo, puede que ni siquiera eso sea suficiente. Más allá de su impacto en el empleo y los ingresos, la IGA podría allanar el camino hacia una era de autoritarismo global. Si el control de estos sistemas acaba estando muy concentrado, una minúscula élite de megamillonarios podría ejercer un poder sin precedentes sobre toda la humanidad. Como sostiene Altman, para evitar tal desenlace es necesario que “los beneficios, el acceso y la gobernanza de la IGA se compartan de forma amplia y justa”.
Al igual que con la RBU, el acceso generalizado a la IGA es sólo una parte de la solución. Es igualmente importante evitar concentraciones extremas de riqueza y poder que podrían empujar a las sociedades más allá del punto en el que la democracia da paso al autoritarismo. Con este fin, lo que podría ser necesario es una “renta básica universal”: un sistema que limite la cantidad de riqueza mundial que cualquier individuo o pequeño grupo pueda poseer.
Esto es importante no sólo para los pobres, sino también para muchas personas acomodadas. En un mundo en el que unos pocos miles de individuos controlan las riendas de la IGA, incluso los millonarios de hoy podrían encontrarse mañana entre las clases desfavorecidas.
*Execonomista jefe del Banco Mundial y asesor económico del gobierno de India
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