LONDRES.— El presidente ruso, Vladimir Putin, ha pasado unos meses difíciles. Aunque la guerra de Ucrania nunca se desarrolló según lo previsto, Putin creía, hasta hace poco, que el tiempo jugaba a su favor. Rusia logró aumentar su cuota de territorio ucraniano ocupado en 2025 –aunque sólo ligeramente, de 18.5% a 19.3%–. Y lo que es más importante, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parecía dispuesto a presionar al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, para que aceptara un “acuerdo de paz” que cediera aún más territorio ucraniano a Rusia.
Pero el panorama es muy diferente este año. Trump ha estado tan absorto en la crisis de Oriente Medio que Ucrania ha quedado prácticamente fuera de su radar, llegando a afirmar en la cumbre del G7 de este mes que EU “no tiene nada que ver” con una guerra que se libra “a miles de millas de distancia”. Y hay pocos motivos para pensar que la administración Trump se muestre más dispuesta a ayudar a Putin a conseguir un resultado favorable tras las elecciones legislativas de mitad de mandato de noviembre.
Al mismo tiempo, el ejército ruso ya no avanza en el campo de batalla. En todo caso, está perdiendo terreno frente a las fuerzas ucranianas. A fecha de junio de 2026, Rusia ocupa 19.4% del territorio ucraniano, una proporción insignificativamente superior a la de enero e inferior a la de mayo. Ucrania debe este cambio a sus avances en la tecnología de drones y al enorme aumento de su producción, lo que ha ayudado a estabilizar la línea del frente y a neutralizar la ventaja de Rusia en cuanto a efectivos.
La superioridad de Ucrania en materia de drones también le ha permitido superar las defensas aéreas rusas y lanzar ataques en lo más profundo del territorio ruso, incluyendo Moscú y San Petersburgo. Estos ataques, especialmente contra las infraestructuras energéticas, han transmitido un mensaje contundente a los rusos: esta guerra ya no puede descartarse como un drama lejano. Está llegando al corazón de Rusia.
El Kremlin está conmocionado. Esto quedó patente en el desfile del Día de la Victoria celebrado el mes pasado en Moscú, que fue mucho más modesto de lo habitual y careció de las típicas exhibiciones ostentosas de armamento militar pesado. Sin duda, los dirigentes rusos temen los ataques selectivos, incluso contra su propio personal, sobre todo tras haber visto cómo Estados Unidos e Israel asesinaban a líderes iraníes en su propio país.
Desesperado por frenar las capacidades de Ucrania en materia de drones, Putin ha interrumpido el acceso a internet móvil en toda Rusia, incluida Moscú, lo que ha avivado la frustración popular. Pero los ataques continúan, incluso contra las líneas de suministro a Crimea, un punto de apoyo crucial para las fuerzas rusas. Aunque existe la posibilidad de que Rusia pueda desarrollar capacidades con drones a la altura de las de Ucrania o reforzar su defensa aérea en las próximas semanas y meses, el tiempo ya no parece estar del lado de Putin.
Esto es aún más cierto porque las facturas se están acumulando. Sin duda, la guerra de Irán mejoró brevemente las perspectivas fiscales de Rusia. Según el gobierno ruso, los compradores pagaban 95 dólares por barril de petróleo ruso en abril y 86 dólares en mayo –el doble de la media de los dos primeros meses de 2026 (43 dólares) y muy por encima del precio previsto en el presupuesto del gobierno ruso (59 dólares)–. Aludiendo al aumento de los precios del petróleo, el Fondo Monetario Internacional elevó en abril su previsión de crecimiento del PIB de Rusia para 2026 en 03%, situándola en 1.1 por ciento.
Sin embargo, este impulso fue sólo temporal y no pudo compensar el enorme gasto que la guerra supone para las arcas rusas. Putin ya se ha visto obligado a subir los impuestos, lo que agrava la presión sobre la maltrecha economía rusa. El PIB descendió 0.2% interanual en el primer trimestre de 2026. Dado que Rusia tiene previsto aplicar medidas de austeridad, se prevé que su rendimiento económico se deteriore aún más. El propio gobierno ruso espera que el PIB crezca sólo 0.4% este año. Esto difícilmente mejorará la moral.
En este contexto, lo más conveniente para Putin sería volver a la mesa de negociaciones, en un intento por congelar el conflicto. Pero no hay garantía de que lo haga, sobre todo porque es posible que no comprenda del todo la situación en la que se encuentra Rusia. Al fin y al cabo, el país carece de prensa independiente, y los asesores de Putin seguramente evitan transmitirle malas noticias. Cuando Putin insiste en que Ucrania está al borde de la derrota –como ha hecho en numerosas ocasiones desde que comenzó la guerra–, probablemente esté tratando de manipular a la opinión pública, pero también podría creerlo, al menos en parte.
Esta es la clásica trampa de los autócratas. Cuando el poder está centralizado y se reprime la disidencia, la brecha entre la percepción que tiene el dictador de la realidad y la situación sobre el terreno se amplía. Esto conduce a decisiones impredecibles y a menudo desastrosas, como mantener una guerra que no se puede ni ganar ni permitirse.
*Decano y catedrático de Economía en la London Business School
