Fuego Nuevo

Sería en extremo prolijo detallar la magnitud de los desafíos que tiene por delante el próximo Presidente de la República

Por Luis Maldonado Venegas*

El Fuego Nuevo, entre los mexicas o aztecas que habitaban el gran valle de Tenochtitlán, significaba la renovación de la esperanza de vivir otro ciclo de 52 años. El fuego era un prodigio en sí mismo: resurgía de las cenizas para hacer al pueblo más fuerte, poderoso e inmortal.

Desde tiempos inmemoriales se respetaba fielmente la tradición: el Fuego Nuevo se encendía en el Cerro de la Estrella (hoy en el corazón de Iztapalapa, en la Ciudad de México); era una fiesta acompañada de música producida por el teponaztli, el atabal, la chirimía y el caracol, en una gran plaza ceremonial convertida en santuario ancestral, en la que había una pirámide. Era el templo de Huitzilopochtli.

El calendario mexica establecía el Fuego Nuevo como una “atadura de años”. Se conmemoraba cuando cada uno de los cuatro años Tochtli (conejo), Ácatl (caña), Técpatl (pedernal) y Calli (casa) había regido trece veces, esto es, 52 años. Cada año mexica era de 18 meses de 20 días, lo que daba un total de 360 días. El ciclo mexica era de 52 años dos veces, equivalentes a 104 años. Se “ataban” los años: 13×4 igual a 52.

Para que la vida continuara otros 52 años, se apagaban absolutamente todos los fuegos en el valle de Anáhuac, desde los braseros en los templos, hasta los hogareños. Nos cuenta el maestro César A. Sáenz en su libro Fuego Nuevo, que todas las familias debían desprenderse de sus objetos materiales (como desapego), para iniciar el nuevo ciclo del que se esperaba abundancia de todo lo bueno.

El último Fuego Nuevo que celebraron los mexicas fue en 1507. La llegada de los conquistadores españoles interrumpió el ciclo que debía celebrarse en 1559. Recordemos que la Conquista fue un proceso que se desarrolló de 1519 a 1521, cuando cayó Tenochtitlán después de 75 días de sitio.

En síntesis, el Fuego Nuevo azteca era el renacimiento de la esperanza de vivir otro ciclo.

Me atrevo a pensar que el pasado domingo 1° de julio, con el triunfo virtual de Andrés Manuel López Obrador como futuro Presidente de México (2018-2024), para casi 128 millones de mexicanos, de los cuales más de 89 millones son ciudadanos con derecho constitucional a votar y ser votados, se abre un ciclo de Fuego Nuevo como el que durante siglos significó renovación de vida para el pueblo azteca. Son muchos los desafíos que encontrará López Obrador el próximo 1° de diciembre cuando, de confirmarse legalmente su victoria, tome posesión como Presidente de la República.

El primero de ellos será la reconciliación. Para que México enfrente sus propios retos, retos que todos los mexicanos debemos asumir como propios, es necesario que la nación los enfrente unida, sin maniqueísmos y, acaso lo más difícil, sin las ataduras o las distancias que impone la desigualdad social imperante en nuestro país.

El otro desafío en realidad es la suma de muchos: restaurar la seguridad pública que mandata la Constitución General de la República, contrarrestar el despliegue violento del crimen organizado en todas sus expresiones: secuestros, ejecuciones, extorsiones, asesinatos e impunidad; combatir con energía la corrupción en todos los estratos, privados y públicos; asegurar empleo y salario dignos a los trabajadores; asegurar educación para los miles de jóvenes rechazados por falta de cupo en la UNAM y en el IPN; arraigar en el campo a cientos de miles de jóvenes hijos de campesinos, en cuyo horizonte predomina hoy el espejismo de las grandes urbes o el “sueño americano”; si no erradicar, al menos atenuar la pobreza en que se hallan más de 50 millones de mexicanos; fincar políticas públicas sólidas en beneficio de los mexicanos que se encuentran en la tercera edad.

Sería en extremo prolijo detallar la magnitud de los desafíos que tiene por delante el próximo Presidente de la República, en el entendido (y esto hay que registrarlo inteligentemente), de que para construir hay que cuidar y preservar las columnas de lo ya construido, no destruirlas.

En las primeras dos décadas del siglo XXI, después de 511 años, se mantiene viva la esperanza de millones de compatriotas en la renovación del Fuego Nuevo.

Mantengámoslo. México se lo merece.

*Presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la UNAM.

Temas: