¿Estamos persiguiendo la zanahoria equivocada?

Por Elizabeth Palacios*

Hay algo seductor en los números. Nos tranquilizan porque parecen ofrecer certezas en un entorno complejo. Quizá por eso hemos desarrollado una fascinación creciente por cuantificar todo.

Las plataformas digitales lo comprendieron. Durante años nos acostumbramos a vivir rodeados de indicadores visibles que resumían nuestro desempeño en una sola cifra: seguidores, visualizaciones, impresiones, reacciones. Comenzamos a interpretar eso como evidencias de relevancia. Cuanto mayor era la cifra, mayor parecía ser la influencia, sin embargo, debemos admitir que las métricas tienen una limitación: describen aquello que resulta fácil de medir, pero no necesariamente aquello que resulta importante comprender.

La diferencia explica parte de las distorsiones que observamos en la comunicación profesional, ¿confundimos indicadores con objetivos?

La pregunta volvió a mi mente al leer un análisis publicado por The State of Brand que mostraba una aparente pérdida de relevancia del número de seguidores para explicar el alcance en LinkedIn. El dato me pareció menos interesante que lo que revelaba sobre nosotros. Los algoritmos cambian constantemente; pero lo revelador es la rapidez con la que asumimos que las métricas podrían funcionar como una representación fiel de nuestra influencia profesional.

Tal vez nunca fueron una medida de influencia, sino de atención, y ésta, aunque valiosa, siempre ha sido un recurso volátil. Basta observar cualquier ámbito de la vida pública para comprobarlo. Hay personas visibles cuya contribución es marginal y otras cuyo trabajo transforma organizaciones o sociedades enteras sin necesidad de convertirse en celebridades.

Yo estoy convencida de que el problema comenzó cuando dejamos de utilizar las métricas como instrumentos y las tratamos como destinos. Los seguidores nunca fueron el objetivo. Las visualizaciones, las impresiones y las interacciones no eran la meta final, sino indicadores que parecían acercarnos a oportunidades, reconocimiento, influencia, crecimiento profesional o capacidad de incidir, sin embargo, cuando una métrica adquiere demasiada importancia, terminamos optimizando el indicador y olvidando el propósito que le daba sentido.

No es un fenómeno exclusivo de las redes sociales. Les ocurre a las empresas, a las instituciones educativas y a las personas. La economía digital reforzó esta tendencia porque recompensaba aquello que podía medirse fácilmente, sin embargo, los sistemas que median nuestras búsquedas, recomendaciones y oportunidades operan bajo una lógica diferente. En 2026 la pregunta ya no es sólo quién logra captar la atención. Cada vez importa más quién aporta contexto, quién demuestra experiencia, quién es capaz de sostener una línea de pensamiento coherente y quién ofrece suficiente evidencia para ser reconocido como una referencia.

La diferencia desplaza el foco desde la popularidad hacia la comprensión. Necesitamos ser entendidos. Y ésa no es una tarea que pueda resolverse con una cifra. Exige claridad, consistencia y una reflexión más profunda sobre el valor que aportamos y sobre la manera en que decidimos participar en las conversaciones que nos rodean.

Si mañana desaparecieran todas las métricas visibles que hemos aprendido a perseguir, ¿haríamos nuestro trabajo de la misma manera? ¿Seguiríamos compartiendo las mismas ideas y dedicando nuestro tiempo a los mismos esfuerzos?

Quizá la pregunta no es si hemos pasado años persiguiendo la zanahoria equivocada, sino ¿cuándo dejamos de preguntarnos la razón por la cual empezamos a correr detrás de ella? Las métricas pueden ayudarnos a medir el avance, pero no a decirnos hacia dónde vale la pena dirigir nuestros esfuerzos. Para eso necesitamos una idea clara de qué queremos construir, a quién queremos servir y qué huella esperamos dejar mientras estamos aquí.

*Consultora experta en Comunicación Estratégica e Impacto Socioambiental