Cuando prometer sí empobrece
El punto más débil de la democracia es cuando la mayoría no elige al mejor candidato, al más preparado, sino al más popular, que no necesariamente es la mejor opción del país. Cuando los políticos tradicionales no dan resultados, el electorado, en su desesperación, comienza a buscar opciones radicales, que les dan esperanzas basadas en la ruptura con las formas establecidas.
Por Carlos Kenny Espinosa Dondé
El conocido adagio prometer no empobrece existe en la política probablemente desde que se inventó el término. En cualquier elección, los candidatos plantean sus planes de trabajo adornados de tantas promesas como pueden. Tradicionalmente, se trata de convencer al pueblo de que sus soluciones a los problemas de todo tipo y sus proyectos de crecimiento y renovación son los que traerán mejoras a la vida diaria de los votantes: mayor seguridad, aumento de empleos, de inversiones, mejoras en la infraestructura, calidad en educación, cuidado de la salud, incremento en el turismo, eliminación de malas prácticas, combate a la corrupción y todo lo que sea necesario para mostrarse como el candidato de unidad, salvador, redentor, justiciero, de crecimiento y cuanta imagen crean que les dará el triunfo. Cuando se trata de campañas presidenciales en México, la mayoría de los candidatos abochornarían al Marqués de Carabás o al hijo de madera de Geppetto.
El punto más débil de la democracia es cuando la mayoría no elige al mejor candidato, al más preparado, sino al más popular, que no necesariamente es la mejor opción del país.
Cuando los políticos tradicionales no dan resultados, el electorado, en su desesperación, comienza a buscar opciones radicales, que les dan esperanzas basadas en la ruptura con las formas establecidas. ¿Qué sucede cuando, abandonando las estructuras tradicionales, una campaña se basa en resentimientos, verdades a medias, mentiras totales, división, odios ancestrales, populismo, manipulación histórica y de clases sociales? La ciudadanía corre el riesgo de caer con un populista que promete lo imposible y, en su afán de ruptura con el pasado, trata de destruirlo; en este proceso, normalmente se destruye el presente.
El inicio de este siglo ha visto el crecimiento de movimientos populistas en el continente: Bolsonaro, Lula y Dilma, en Brasil; los Fernández, en Argentina; Evo, en Bolivia; Chávez y Maduro, en Venezuela; Ortega, en Nicaragua; López Obrador, en México, y Trump en Estados Unidos, por mencionar a algunos. La historia nos ha enseñado que los populistas se enamoran del poder y muchas veces tratan de aferrarse al poder. Cuando lo logran, su gobierno se convierte en dictadura, termina la democracia y piensan que, sin ellos, el país no existe. Borran la democracia de sus países y establecen una idolatría a su persona. Bajo el ejemplo de Castro en Cuba, los líderes de Venezuela y Nicaragua mantienen una dictadura que es añorada por varios de sus pares populistas de América.
En México está sucediendo un fenómeno surreal: el Presidente goza de alta popularidad, pero no así su gobierno. Prometió combatir la inseguridad y el crimen organizado; el número de homicidios (contando los infames feminicidios), delitos graves, secuestros y percepción de inseguridad han superado con mucho los últimos cuatro sexenios en tan sólo tres años. Prometió también regresar al Ejército a los cuarteles y ahora son constructores, distribuidores y gerentes de aeropuertos, medicinas, aduanas y más. El combate a la corrupción, nepotismo, uso de recursos públicos de forma ilícita no sólo no ha tenido éxito, sino que han alcanzado máximos históricos. La incompetencia de servidores públicos ha desembocado en escasez de gasolina, medicinas, mal manejo de la pandemia y la pérdida de 600,000 mexicanos. Hay nula transparencia en los procesos y licitaciones públicas. El gobierno de “primero los pobres” no ha logrado disminuir su número, al contrario, nunca antes tantos mexicanos han vivido debajo de la línea de la pobreza. Prometió encarcelar a los expresidentes corruptos y sólo se hizo una consulta con costo multimillonario para el erario. No sólo no se vendió el avión presidencial, se realizó un “sorteo” donde no se dieron los premios completos y el avión sigue en su hangar sin encontrar comprador. Abrazos a delincuentes y persecución de investigadores y científicos. México es el país más peligroso para ejercer el periodismo después de Ucrania.
Varias promesas cumplidas han empobrecido y dañado al país, tratando de cancelar lo que, aun con corrupción tácita, sí funcionaba: las guarderías y estancias infantiles, la construcción del aeropuerto en Texcoco (y el reordenamiento del espacio aéreo), el Seguro Popular, el programa Prospera, los fideicomisos de artes, ciencias y desastres naturales, entre otros. Bien lo decía Facundo Cabral: “Hay que tener cuidado con los tontos (él usaba una palabra más precisa), porque son muchos y hasta al presidente escogen”.
