Anthropos, historia, cultura
Por Luis Maldonado Venegas La antropología estudia los aspectos sociales y culturales de los seres humanos. Su enfoque es holístico, en tanto que el todo determina el comportamiento de las partes. Pero además, mediante el auxilio de la arqueología y la cultura, la ...
Por Luis Maldonado Venegas
La antropología estudia los aspectos sociales y culturales de los seres humanos. Su enfoque es holístico, en tanto que el todo determina el comportamiento de las partes. Pero además, mediante el auxilio de la arqueología y la cultura, la antropología tiene un bien ganado espacio en la historia, particularmente en la investigación y el estudio del hombre primitivo y las civilizaciones del pasado.
He dicho en varias ocasiones que una de las obras por las que siempre he sentido profunda inclinación es Momentos estelares de la humanidad, del escritor y activista social austriaco Stefan Zweig (nacido en Viena, Austria el 28 de noviembre de 1881 y fallecido en Petrópolis, Brasil, el 22 de febrero de 1942).
Zweig describe en su obra 14 pasajes históricos, a los que llama momentos estelares de la humanidad, y que marcan un rumbo durante décadas y siglos, de manera que podemos ver en ellos puntos clave de inflexión de la historia.
Pero la obra extraordinaria de Stefan Zweig encaja en otra gigantesca historia. La que nace con la aparición del ser humano sobre la Tierra y su evolución, descrita y documentada en “La historia oculta de la especie humana”, cuyos autores, el neoyorquino-hinduísta Michael A. Cremo y del también neoyorquino Richard L. Thompson, desafían en su obra la teoría de la evolución de Darwin y colocan la aparición de seres humanos inteligentes sobre la Tierra por lo menos hace más de 65 millones de años. Algunos estudiosos de Cremo y Thompson, no vacilan en afirmar que sus hallazgos pueden apuntar hacia centenares y acaso miles de millones de años.
El debate está vigente. Aunque, aunado a los aportes de la ciencia a la historia de la humanidad, el punto significativo está en los beneficios que el conocimiento de esa historia trae consigo para los seres humanos, mujeres y hombres de hoy. Sus credos, sus tabúes, los secretos de la medicina milenaria, la presencia enigmática y desafiante del universo y su influencia en la forja de culturas que, hoy todavía, sorprenden a todos los habitantes del planeta.
Vienen a mi mente estas reflexiones ante el recuerdo de que, el 17 de septiembre de 1964, hace justamente 53 años, el presidente Adolfo López Mateos inauguró en el Bosque de Chapultepec el Museo Nacional de Antropología e Historia (MNA), una obra extraordinaria del gran arquitecto de la modernidad nacional: don Pedro Ramírez Vázquez.
El viernes 18 de septiembre de 1964, a ocho columnas, Excélsior desplegó la noticia: “Quedó inaugurado ayer el monumental Museo de Antropología”. Adolfo López Mateos, describió el sumario, recorrió 5 kilómetros de galerías. Y un sub sumario precisó: “Tres mil personajes agotaron adjetivos ante la magna obra”.
No fue menor el acontecimiento. La crónica de Excélsior relata cómo el presidente López Mateos empleó tres horas en recorrer esos cinco mil metros “de galerías y los espacios abiertos, en los cuales se admira en soberbio marco toda la grandeza del México prehispánico”. Y equiparó enseguida: “Tal recorrido equivale, sin retórica, a un viaje y muy bien aprovechado, por toda la República”.
Sabido es que, hoy, 53 años después de su inauguración, con sus 23 salas de exposición permanente, una de ellas para exhibiciones temporales y dos auditorios, el MNA es uno de los recintos museográficos más importantes de México y de América, diseñado para alojar y mostrar el legado arqueológico de los pueblos de Mesoamérica, así como la actual y rica diversidad étnica del país, sin olvidar el acervo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Dos millones de personas lo visitan anualmente.
Aparte de su diseño innovador, su arte y su simbolismo, el Museo Nacional de Antropología e Historia reúne y muestra todo lo que a su objetivo incumbe. Salvaguarda el legado indígena mexicano. Es símbolo de identidad y mentor de generaciones ávidas de abrevar en sus raíces culturales.
Es el MNA, asimismo, un espejo o reflejo de la antropología y la historia universal. Templo del conocimiento y del saber confluyen en sus salas y, entre quienes lo visitan, la avidez del conocimiento.
Y es igualmente, como atinadamente se le ha llamado, un recinto de la memoria: recupera y reivindica el mundo indígena, el actual y el pasado. En sus paredes descansa y sobrevive un proyecto reivindicador de la nación.
*Presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la UNAM.
