Klassen Time: pensar en los demás
Por Santiago García Álvarez* Algunas de las críticas actuales se han concentrado en la rubia y robusta figura del Presidente de Estados Unidos. Más allá de las preocupaciones económicas y políticas que naturalmente nos genera este personaje, quizá lo que ...
Por Santiago García Álvarez*
Algunas de las críticas actuales se han concentrado en la rubia y robusta figura del Presidente de Estados Unidos. Más allá de las preocupaciones económicas y políticas que naturalmente nos genera este personaje, quizá lo que más repugna del fenómeno Trump es la manera en que se resalta una cultura agresiva, individualista, donde se busca el propio interés a toda costa, se piensa poco en los demás, no se aceptan otras culturas y se deja de lado a los más desprotegidos. Se han formulado agudos análisis y, con frecuencia, encontramos ingeniosas críticas e ironías en relación al primer mandatario norteamericano. Sin embargo, se echa en falta un movimiento contrario que contrarreste con energía esa cultura individualista y sus raíces profundas. Al mismo tiempo, frecuentemente permitimos en nuestro entorno cercano conductas que esconden un trasfondo muy poco solidario. Esas acciones egoístas o agresivas en los pequeños círculos familiares o sociales naturalmente contribuyen a una cultura que se refleja en las altas esferas del poder. Una favorece a la otra en ambos sentidos.
La batalla de Trump contra la globalización se presenta en el marco de un problema que advirtió hace tiempo el Papa Francisco y la denominó como la “globalización de la indiferencia”. Además de los problemas económicos de un movimiento anti-globalización, son preocupantes algunas posturas individualistas a las que importa poco o nada los demás, ya sea países o personas y que, desgraciadamente, son muy generalizadas. Es necesario, más bien, un movimiento anti–globalización de la indiferencia.
¿Dónde están las raíces de esta problemática? Según un estudio de Bloom, el sistema americano actual, que tanto ha privilegiado la libertad, se ha inclinado a un extremo muy caprichoso y con abundante falta de sentido. Esta línea, seguida consistentemente a lo largo de muchos años, ha producido una cultura poco solidaria. Se trata, por supuesto, de un fenómeno complejo, con causas múltiples y que estas breves líneas están lejos de encontrar respuestas contundentes. Al mismo tiempo, no es un fenómeno exclusivo del mundo americano, sino lamentablemente más generalizado.
¿Cómo solucionar estos problemas? Una pista interesante la encontramos en el testimonio de Camus. El famoso filósofo novelista francés señala que, en su paso por Argelia, en un entorno de pobreza e ignorancia, únicamente encontraba la alegría en la escuela. Precisamente, en el ámbito educativo y familiar, es donde podemos dar pasos concretos para fomentar la solidaridad y la capacidad de pensar en los demás, e intentar modificar esas raíces profundamente individualistas que tienen tantas consecuencias a nivel político, económico y social.
¿Qué acciones eficaces pueden ayudar a generar esa cultura desde el ámbito educativo y familiar? Vayamos a un ejemplo. En Dinamarca existe un programa llamado “Klassen Time”. El objetivo es promover la empatía entre los alumnos, así como la preocupación de unos por otros. Es parte del curriculum y tiene por objeto generar un ambiente agradable donde los estudiantes se sienten juntos, discutan algún problema social o de alguno de ellos, y traten de animarse y llegar a soluciones. A veces lo acompañan con algo de comer. Este programa está pensado para niños de kínder hasta jóvenes de secundaria.
Por otra parte, según un estudio de dos académicos de Duke y uno de Penn State, llevado a cabo en entornos socioeconómicos de bajo nivel, aquellos niños que eran capaces de compartir y ayudar a otros niños en el kínder, con el paso del tiempo tenían mayores posibilidades de graduarse de preparatoria y tener un trabajo de tiempo completo.
Así como actualmente la crítica social es múltiple y muy variada, no contamos proporcionalmente con los mismos esfuerzos proactivos para generar una cultura más comprensiva, más amable, que incline a la persona a pensar más en los demás. La cultura de la solidaridad y la capacidad de pensar en los demás, que tanto añoramos a nivel “macro”, es preciso fomentarla en entornos pequeños. Es una manera, aunque no la única, de dar la batalla cultural que tanta falta nos hace.
Tenemos que buscar más mecanismos, no sólo en la educación, sino también en los ámbitos familiares, sociales, etc. para promover una cultura menos individualista desde los niños hasta los adultos. Son tantos los elementos arraigados de una cultura individualista y egoísta que habrá que emprender varias acciones. Comenzar por la educación y la familia es una buena manera de conseguirlo. Esto tendría efectos importantes no sólo para el corto plazo, sino también en indicadores de salud y bienestar de largo plazo.
*Rector del campus México de la Universidad Panamericana.
