Heroico Colegio Militar por el honor de México
La heroica defensa del Castillo de Chapultepec se ha constituido como el símbolo acabado para una juventud inspirada en el amor a la patria
Por Jorge Nuño Jiménez*
El jueves pasado abrió sus puertas de par en par un nuevo museo, el del Heroico Colegio Militar, institución que, como todos sabemos y consta en los anales de la historia, está inspirada en las más puras y nobles tradiciones, donde acuden jóvenes, mujeres y hombres que deseen educarse, abrazando la carrera de las armas y ser preparados bajo principios de honor, lealtad y cariño a la patria. Principios de los cuales esta institución, desde su origen, ha dado enormes ejemplos de convicciones patrióticas, como fue para mencionar algunos casos:
La heroica defensa del Castillo de Chapultepec que dejaron escrito con sangre aquellos jóvenes o niños que prefirieron sacrificar su vida misma, antes de entregar su bandera al ejército invasor, y se ha constituido como el símbolo, el icono y ejemplo más acabado para una juventud inspirada en el amor a la patria, a su México querido, que es más grande que sus problemas, y celoso de su soberanía y orgulloso de su pasado histórico.
Compartí el sentimiento de emoción con mis hijos, al escuchar en la ceremonia solemne, el canto entonado por los ahí presentes al Colegio Militar, que empezaba diciendo:
Vibra el clarín de la guerra. Resuenen las fanfarrias. Redoblen los tambores. Una marcha triunfal Y lleven de la patria por todos los confines Tu nombre sacrosanto; Colegio Militar
El titular de la Secretaria de la Defensa Nacional, general Salvador Cienfuegos Zepeda, como buen soldado, orgullosos de haber sido egresado de este plantel, exaltó los orígenes de esta institución, haciendo notar que hoy abre sus puertas en su honor este importante museo, concebido y organizado en sus distintas salas para preservar la memoria de hombres y mujeres que han conformado la historia de lealtad y honor a lo largo de las transformaciones que en este recinto encarna celosamente.
Por su parte, el general, director de este plantel, André George Foullon Van Lissum, en su alocución explicó que podría denominarse este colegio como forjador de héroes, porque en las páginas de su historia se reseñan sobresalientes acontecimientos, en los cuales sus hijos han dado todo a cambio de nada.
A 193 años de la fundación de la Academia de Cadetes, embrión del Heroico Colegio Militar, se le rinde homenaje a este yunque formador de mujeres y hombres, y este museo permitirá transmitir a las nuevas generaciones lo más selecto de la historia de este plantel educativo, cuyas letras han quedado labradas con lealtad, patriotismo y honor. Resaltó el propio director que en este recinto se respira un espíritu de principios inculcados desde sus orígenes hasta la actualidad, celoso de su tradición, y que da cuenta de gloriosas epopeyas.
Este portentoso museo llena un vacío en la actualidad y está abierto para que las nuevas generaciones constaten los valores y principios en que se inspira esta institución, en la cual se educan jóvenes oficiales de origen popular, herederos de viejas tradiciones mexicas, de caballeros águila, tigre, que se preparaban para defender a su pueblo. Actualmente anteponen a su interés personal el interés de la patria, desarrollando valores y virtudes militares, de lealtad absoluta, la cual está bien cimentada en la historia.
Previo a la inauguración de este espacio museístico se colocó una cápsula del tiempo que será abierta dentro de 50 años, en dicha cápsula contiene uniformes, divisas e información actual de este recinto forjador de mujeres y hombres inspirados en servir a su país.
Se recordó el origen, del Colegio Militar, evocando una idea para construir en 1821 el primer recinto en el cual se instalaría la primera escuela militar que se fundara en México y que fue La Academia de Cadetes, que inició sus actividades en mayo de 1823, hecho que marcaría el inicio de un largo caminar de esta academia en la Fortaleza de Perote, Veracruz, cuyo primer director fuera el general Diego García Conde, permaneciendo en este lugar hasta 1828.
Posteriormente sería trasladado al Edificio de la exinquisición, reorganizándose en este lugar la educación militar, de la joven República, lugar donde fue escenario de movimientos turbulentos y, seguramente, los alumnos que formaron este plantel observaron “el motín de la acordada”, participando éstos en favor del gobierno legalmente constituido que presidia el primer presidente de México C. general Guadalupe Victoria.
Después del inicio de actividades, el naciente Colegio Militar haría un largo periplo, ocupando distintas sedes de acuerdo con las cambiantes etapas históricas de México, en medio de una agitada vida política de la primera mitad del siglo pasado, cuando por las calles de la ciudad, un sargento llamado “Pio Marcha”, al grito de ¡viva Agustín I, emperador de México!; que sería secundado por las tropas de la guarnición, hecho que desembocaría en la proclamación por el congreso del general Agustín de Iturbide como el efímero emperador de México, acontecimiento que más tarde provocaría una sublevación en favor del sistema republicano.
Tiempo después, las instalaciones son trasladadas al convento de Bethlemitas de 1928 a 1933 en el primer cuadro de la ciudad, recibiendo en estos años su primera misión, en 1929 de participar en la muy anunciada invasión Española de reconquista, el Colegio Militar rendiría sus primeros frutos un 22 de abril de ese año, donde son enviados al Ejercito dos alumnos ascendidos a subtenientes de artillería para luchar contra los invasores, que terminó con la rendición comandada por el general Barradas en el Puerto de Tampico, Tamaulipas.
En la agitada etapa de 1840 a 1846, el Colegio Militar ocupa las instalaciones del Castillo de Chapultepec, lugar donde iniciará y se distinguirá por el cumplimiento de su deber, defendiendo siempre los intereses supremos de la nación, y en la difícil marcha del honor y el deber en distintas revueltas de levantamientos, cuartelazos y asonadas, así como luchas intestinas propias del siglo XIX.
No podemos olvidar la actuación ejemplar de esta institución que la marcaria para siempre por su conducta al participar con particular heroísmo en la guerra de invasión estadunidense, cuando se distinguió este Colegio, con su participación ejemplar para las generación venideras y quedarían como un ejemplo para el futuro, los nombres de jóvenes o niños héroes Juan Escutia, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez, Agustín Melgar y el teniente Juan de la Barrera que marcaron la epopeya gloriosa del 13 de septiembre de 1847, donde los jóvenes cadetes participaron en la última defensa, que al rendir el parte de guerra el general Winfield Scott se sorprendió de estos jóvenes imberbes que ofrendaron su vida, hecho que la nación agradecida no olvidará jamás.
Durante la guerra de intervención francesa, el Colegio Militar se encontraba en receso, pero el 15 de julio de 1867 vuelve triunfante a la capital de la República el gobierno del licenciado Benito Juárez, y restablece el Colegio Militar por decreto presidencial, alojándose posteriormente ese mismo año en la esquina noroeste del Palacio Nacional llamado Cuartel Arista, ocupando las instalaciones del exarzobispado de Tacubaya en 1875.
El general Porfirio Díaz impulsa, por su parte, una vigorosa reorganización y consolidación del Colegio Militar para ir sustituyendo a los generales que se habían improvisado como militares en la lucha contra la intervención francesa en el imperio.
Otro bautizo de fuego y prueba de sus principios acrisolados desde su fundación fue exaltar el valor supremo de esta institución: lealtad, al participar con especial heroísmo en la Marcha de la Lealtad durante el gobierno del apóstol de la democracia don Francisco I. Madero, el 9 de febrero de 1913, cuando los cadetes del Colegio Militar, que se encontraban en el castillo de Chapultepec, no dudaron en proteger durante ese día turbulento al titular del Ejecutivo hasta Palacio Nacional.
En un nuevo horizonte en 1916, al concluir la Revolución, surgiría una nueva institución: La Academia de Estado Mayor; sin embargo, el 1 de enero de 1920 esta Academia cesa en sus funciones y, al mismo tiempo, pasa revista de entrada al Colegio Militar, ocupando un edificio que fue construido para la Escuela Normal primaria para Maestros.
En mayo de 1920, el presidente don Venustiano Carranza, protegiendo su integridad y la continuidad de su gobierno, se traslada a Veracruz, y entre sus acompañantes y escoltas se encontraban cadetes del Colegio Militar, y posteriormente, el 7 de mayo de 1920, el Escuadrón de Caballería del Plantel tomarían parte de lo que se conoce como La última carga de caballería, en Apizaco, Tlaxcala, haciendo esfuerzos para proteger la integridad del presidente Carranza.
Desde su fundación, esta institución ocupó, como dijimos anteriormente, distintos locales, los cuales fueron concebidos para usos muy distintos e inadecuados para albergar definitivamente esta institución.
Muchas generaciones de cadetes soñaron con un plantel concebido, planeado y construido con una infraestructura moderna para preparar a las generaciones futuras con los más notables adelantos científicos y tecnológicos para aprender el arte de la guerra de ese tiempo.
Fue hasta el 13 de septiembre de 1976 cuando se inauguraron las nuevas instalaciones diseñadas por el arquitecto Agustín Hernández Navarro, en colaboración con Manuel González Rul, inspirados en la arquitectura prehispánica, así como es justo reconocer la enorme energía que desplegó el licenciado Augusto Gómez Villanueva, en aquel entonces secretario de la Reforma Agraria, para negociar y consolidar el decreto expropiatorio para que los ejidatarios proporcionaran los terrenos para este conjunto arquitectónico militar, que se ubica a las afueras de la Ciudad de México, buscó responder a las necesidades que urgían a la institución que hoy alberga, exprofeso para ser la sede, muy dignas por cierto, del Heroico Colegio Militar, como un acto de reconocimiento y de justicia a su larga historia, a su conducta y a los servicios prestados a la Nación de esta noble institución, la cual siempre se ha distinguido por el culto a los símbolos nacionales y a la patria en momentos de peligro.
En honor a la verdad no podemos olvidar que fue el régimen del presidente de la República Luis Echeverría Álvarez quien tomó la decisión de cumplir con la promesa de construir este último, digno y definitivo recinto para esta institución en un natural reconocimiento a su inspiración de servicio a la patria, a quien he tenido el privilegio de servir durante más de la mitad de mi vida y a quien siempre admiro por su patriotismo.
Bien valdría la pena que este museo fuera visitado por nuestra juventud y que admire la disciplina y el honor de la educación espartana que se imparte en este recinto, que es un verdadero torrente de inspiración: ¡por el honor de México!
*Director general del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo
