Los placeres cotidianos
Vivimos bajo la amenaza del calendario y el tiempo nos mira burlón y se sigue yendo, siempre se va
QUIERO TIEMPO PARA TONTERÍAS...
La vida pasa, el tiempo se escurre, a veces lánguidamente y otras, en atropellado torrente, pero pasa siempre. Desde los tiempos más remotos en que decidimos medirlo, desde que el hombre en su infinita arrogancia pensó en encadenarlo, desde ahí, lo seguimos valorando sólo cuando apremia y son los últimos minutos.
Vivimos bajo la amenaza del calendario, aprovechando la última oferta, la última hora, el cierre de promoción, y él, que no nos tiene conmiseración, nos mira burlón y se sigue yendo. Siempre se va.
Terminan los ciclos porque en su estructura mueren y dan comienzo a otros, pero el giro es perenne y continuará, aunque ya no estemos presentes. La eternidad del tiempo nos hace equivocarnos y no concederle la importancia que tiene, cuando es el bien más preciado, porque, aunque es infinito, para cada uno de nosotros resulta siempre escaso. No nos basta, nunca es suficiente porque nos alcanza, se cumplen los plazos: se escapó enero, y con él se fue un pedacito de nuestras existencias, pero seguimos viviendo, celebrando algunos momentos, instantes apenas, sin ser conscientes que cada segundo nos acerca a la meta, al fin de mi tiempo, al final de los nuestros. Celebramos un mes más sin prestar atención a que es uno menos. Y vendrá febrero con los tamales y los corazones del día 14, con el covid acechando, que todo parece indicar que, como el tiempo, acabará alcanzándonos a todos.
No hay mayor rebeldía en contra del tiempo que comértelo a puños y disfrutarlo pleno, sacarle provecho, llenarte y sobrarte, de espacios sin tiempo. De darte el lujo de tener tiempo para tonterías, para los disfrutes simples, los cotidianos.
Nos vamos haciendo mayores y nos colgamos del carrusel de los años, y pasamos muchas veces por los mismos encuentros, las mismas semanas, los mismos errores, y los mismos aciertos, y en el tic tac más interno, se nos olvida el tiempo y se nos va entre los dedos, escurriéndose como el curso de un río.
El día de hoy ya no vuelve, y mañana aún no existe, el tiempo es ahora, después es sólo un sueño y ayer es sólo memoria, no habiendo otras tareas de mayor rendimiento. Seamos sensatos... aprovechemos el tiempo.
Mi amigo Roberto, docto en el uso preciso de latinajos, usa muchos referidos al tiempo. Ipso facto, para decir inmediatamente. Tempus fugit, que significa que el tiempo vuela. Hic et nunc, que sería aquí y ahora. Y otros muchos que mi frágil memoria me niega en este momento. Él, que vivió en Nueva York, tiene también expresiones en inglés sobre el tema, lo que me hace pensar que vivimos pendientes del tiempo, desde hace siglos y en todas las culturas.
Decidido a aprovechar el tiempo, a sacarle jugo, he decidido concederles espacio a cosas sin importancia aparente, pero que, en realidad, aportan paz y sosiego. Ayer, sin ir más lejos, en un ataque de insomnio preocupón y ansioso, ocasión que suelo utilizar para forzar el sueño trabajando, pues no, esta vez no, prendí el televisor y me chuté un programa sobre el conflicto matrimonial de la infanta de España y el deportista Urdangarin. Juro que me importa un comino lo que les sucede, pero logré distraerme, me pregunté mil veces por qué a la gente podría interesarle este tema y cuál es el morbo que despiertan los personajes famosos, y ahí caí en la cuenta, los seres humanos necesitamos también matar el tiempo. Perderlo descaradamente como un ejercicio de despilfarro consciente.
Es obvio que mis tonterías serán otras, nada más lejos de mi intención que inmiscuirme en la vida de las celebridades, pero juro que encontraré temas y motivos para fugarme a la dulce sensación de la dolce far niente.
