Los placeres cotidianos / 2 de febrero de 2025
El problema no es la inclusión, sino la obligatoriedad. Si la narrativa se somete a la agenda de turno, el cine deja de ser arte y se convierte en panfleto
- LA DICTADURA DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO
Hace unos días, Jacques Audiard, director de Emilia Pérez, decidió que hablar español en una rueda de prensa en San Sebastián era una pérdida de tiempo. Se mostró incómodo, incluso molesto, con la idea de responder en el idioma del país que lo estaba homenajeando. No es el primero ni será el último director que aterriza en festivales hispanohablantes con la condescendencia de quien cree que nos hace un favor existiendo. Lo curioso es que la película en cuestión está hablada en español. Al parecer, la lengua sirve para filmar, pero no para hablar con la prensa. Fascinante. De toda su filmografía, rescato Un profeta; lo demás me parece bastante mediocre.
Este episodio sería anecdótico si no fuera un síntoma de algo más grande: la burbuja de los festivales de cine y la manera en que se premian ciertas películas no por su calidad, sino por su mensaje. Hace años, una cinta podía ser grandiosa o fallida, pero hoy la conversación ya no pasa por ahí. Ahora, lo importante es cumplir con una serie de requisitos ideológicos que garanticen un aplauso fácil. ¿La historia es buena? No importa tanto como si marca las casillas adecuadas en la gran checklist de la inclusión.
Que nadie me malinterprete: el cine ha sido siempre un reflejo de su tiempo, y es lógico que hable de diversidad, género y justicia social. Pero el problema no es la inclusión, sino la obligatoriedad. Si la narrativa se somete a la agenda de turno, el cine deja de ser arte y se convierte en panfleto. Lo curioso es que muchas de estas películas, celebradas con ovaciones interminables en Cannes o Berlín, luego fracasan en taquilla o son ignoradas por el público real. ¿Quién las ve? Un puñado de críticos que viven en un mundo paralelo donde aburrirse es sinónimo de calidad.
El caso de Emilia Pérez es paradigmático. Se vende como un thriller musical sobre una narcotraficante trans, lo cual ya garantiza su pase a la élite festivalera. Que sea buena o mala es secundario. ¿Es un gran avance para la representación? Posiblemente. ¿Es una gran película? Ah, pero ahí es donde empieza el problema. Porque si uno se atreve a decir que una cinta así es mala, corre el riesgo de ser señalado como intolerante o retrógrado. Lo que antes era una opinión ahora se ha convertido en una herejía.
Por eso, reivindico aquí el placer de decir que una película es mala. Sin miedo. Sin rodeos. Sin que nadie nos venga a dar lecciones de moral. Porque hay películas aburridas, pretenciosas, mal contadas o simplemente fallidas, y se puede decir sin que eso signifique estar en contra de nada ni de nadie. Criticar una historia mal escrita no es un ataque a la comunidad que pretende representar. Pero en esta época de corrección política exacerbada, parece que la única crítica válida es la que alaba.
Así que, aunque la Academia dirá que Emilia Pérez es una joya, para mí es un desastre. Y su director encarna perfectamente el problema del cine festivalero de hoy: altivo, autosuficiente, maleducado y desconectado de la realidad. Para hablar la lengua de Cervantes primero tendría que lavarse la boca con jabón, con Zote, que no da para más. Un cine que se premia a sí mismo y desprecia al espectador. Así andamos…
Para no terminar con ese sabor de boca, hablaré bien de La habitación de al lado, que no tiene ninguna nominación. Hoy no iré al cine, tampoco le pediré a Cinépolis que me devuelva el dinero, aunque lo diga en letra chiquita en el boleto. Es domingo, me toca ver al Barça en la cama y luego irme con la Unagi a pasear a Lulú y a Baldomero. Huelga de cine por hoy. Bonito domingo, seamos felices.
