Cuando el humo blanco salió de la chimenea vaticana en 2013 y se pronunció el nombre de Jorge Mario Bergoglio, muchos pensamos —ingenuos, quizá— que algo iba a cambiar. No era europeo, no venía de la curia romana, no hablaba con acento imperial. Se presentó con una seña humilde, pidió que rezaran por él antes de bendecir a nadie, eligió el nombre de Francisco —como el santo de los pobres— y dijo que quería una Iglesia más cercana, menos obsesionada con los dogmas y más comprometida con los olvidados.
Parecía el inicio de una reforma. Y sí, algo cambió. Cambió el tono. Cambiaron los gestos. Pero las transformaciones de fondo, lo que realmente sacude una estructura milenaria, eso no llegó. Francisco fue —y será recordado— como un Papa entrañable, pero no valiente. Un Pontífice de palabras cálidas, pero de decisiones tibias.
Durante más de una década, muchos esperaron que diera un paso hacia la inclusión. Que reconociera abiertamente a las personas LGBT, no sólo con discursos, sino con modificaciones reales en la doctrina. Que permitiera a las mujeres asumir roles que aún les están vedados dentro de la Iglesia. Que enfrentara frontalmente los escándalos de abusos sexuales sin maquillar la gravedad ni proteger a los culpables. Pero en todos esos frentes lo que hubo fue prudencia. Diplomacia. Y, en muchos casos, silencio.
El Papa habló de compasión, pero no cambió las reglas. Dijo “¿quién soy yo para juzgar?”, pero no modificó el catecismo. Dijo que soñaba con una Iglesia “pobre y para los pobres”, pero siguió al frente de una estructura que, aunque más austera, sigue profundamente desconectada de la realidad de millones.
Se dirá que el Vaticano no es un ministerio de innovación y que los cambios, si llegan, lo hacen en siglos, no en décadas. Pero también es cierto: los grandes líderes se definen no por lo que dijeron, sino por lo que se atrevieron a hacer. Francisco tuvo la oportunidad histórica de sacudir las columnas del templo. Y no lo hizo. Quizá no quiso o no pudo. Tal vez midió demasiado el poder de sus adversarios. Seguramente entendió que no basta con el símbolo si no se respalda con la acción. O simplemente pensó, como tantos otros antes que él, que ser Papa es más que un poder, una carga pesada con libertades limitadas.
Me cuesta juzgarlo con dureza. Porque fue un Papa humano, visible, accesible. Porque habló de amor, de perdón, de ecología, de justicia social. Puso temas incómodos sobre la mesa. Porque escuchó. Nos hizo imaginar, al menos por un rato, que otra Iglesia era posible. Y eso, en un mundo saturado de cinismo, no es poca cosa. Pero también creo que llegó a Roma con una caja de herramientas llena de ideales… y se fue con una maleta diplomática llena de prudencias. Cambió la retórica, pero no la estructura. Su pontificado fue más un acto de contención que de transformación.
Hoy, al final de su papado, no queda una revolución. Queda un eco amable, un legado de gestos, una serie de discursos memorables… y una sensación leve de decepción. Como quien esperaba un giro y recibió una pausa. Como quien deseaba una reforma y obtuvo una tregua.
Tal vez el próximo Papa retome lo que Francisco insinuó. Probablemente no. Lo cierto es que, al menos por ahora, el cambio verdadero sigue esperando su hora. La Iglesia sigue siendo —como siempre— un lugar donde la misericordia se predica más de lo que se aplica. Francisco fue un Papa que nos hizo creer que algo podía cambiar. Pero, en el fondo, casi todo sigue igual.
Yo que no soy creyente, intento ser respetuoso de los sentimientos de los demás y mi mirada sobre la gestión del papa Francisco es más la de un observador externo. A mí me vendió cierta simpatía y llegué a desarrollar una empatía sincera por su persona. Como casi todos sus paisanos, hablaba de futbol y era, como yo, admirador de Messi. Para la Iglesia católica deseo luz en la elección del próximo. Urgen los cambios y ojalá llegue por fin el despertar del letargo milenario.
Es miércoles, voy a ir con la Unagi a probar un pastel de guayaba que promete… Ya les contaré, bonito día.
