Como la vida misma
El descanso verdadero ya no se mide en horas, sino en grados de libertad. Descansa quien puede hacer lo que le place, aunque sea escribir una columna.
Descanso dominical (y otras herejías)
Hay quienes descansan acostados. Yo, a veces, lo hago escribiendo. Para algunos será una herejía; para mí, es un privilegio. Cuando puedes dedicarte a lo que más te gusta, el trabajo deja de ser castigo y se convierte en un lujo. Y sí, escribo esto para el domingo. Me divierte, me entretiene. En realidad, es mi forma más eficaz de descansar.
Hay quienes necesitan playa, silencio, aislamiento o meditación. Yo sólo preciso mi sillón, un poco de tiempo y un tema que me intrigue lo suficiente como para intentar desentrañarlo a golpes de palabras. Ése es mi descanso. Y también, si se me permite el oxímoron, mi forma más intensa de trabajar.
Claro que no todo en mi vida es verbo y adjetivo. En mi ocupación más remunerada encuentro también enormes placeres, los cotidianos: desarrollar una marca, encontrar la manera de promoverla o de hacerla conocida es una labor apasionante. Y sí, es trabajo, pero infinitamente más amable que descargar un camión de alcachofas un mediodía de agosto. También sé acomodarme en la terraza de La Mallorquina con un vermut en la mano, unas lonchas de ibérico y una tortilla de patatas. Ver pasar la vida, sin prisa, sin agenda, como si no importara nada. La observación quieta, el silencio voluntario, el ritual del ocio más o menos merecido. A veces, en esa quietud, se me escapa una sonrisa: esto igualmente es un trabajo, pienso yo, pero nadie me lo cree y aún menos, me lo paga.
Y es que el descanso verdadero ya no se mide en horas, sino en grados de libertad. Descansa quien puede hacer lo que le place, aunque sea escribir una columna para el domingo. Descansa quien no se ve obligado a escapar de su vida para encontrar momentos de paz. Descansa quien no se siente en deuda con su propia vocación.
Escribir no es mi única forma de relajación. Soy futbolero, socio del Barcelona desde hace años, me encantan el cine y el teatro y, desde luego, leo. Leo por placer, por manía, por adicción. Leo como quien mastica, como quien respira, como quien se lava los ojos. Y esta semana, por honrar la memoria de Vargas Llosa, me reencontré con ¿Quién mató a Palomino Molero? Una joya breve, aguda, impecable. La tenía olvidada, y le debo a Roberto —que me regala el honor de leerme y comentar mis textos— ese recordatorio; lo tenía dormido en la memoria, como se olvidan sin querer los amigos que siempre están ahí, esperando que uno los vuelva a mirar.
La novela tiene todo lo que uno puede desear: misterio, crítica social, ternura, brutalidad, ritmo, aroma a mar y a polvo del desierto. Es una historia pequeña con un eco enorme. Como muchos de los libros de Mario, se lee en voz baja, pero resuena por dentro. Me pareció el descanso perfecto: literatura bien hecha, contada con maestría, sin pretensiones ni gritos, pero con toda la fuerza de quien sabe lo que hace.
A veces me preguntan si no me canso de escribir. La respuesta es simple: no me canso de escribir porque no me canso de mirar. Mientras haya mundo, habrá tema. Mientras haya gente, habrá historia. Mientras haya domingos, habrá excusa. Eso sí, me alejo de otras cosas. Desatiendo las noticias. El ruido. Las urgencias impostadas. Huyo de los mensajes sin alma. Me aparto, aunque sea por un rato, del vértigo inútil. Y me regalo ese momento de pausa, donde escribir no es obligación, sino alivio. Un descanso activo. Un recreo lúcido.
Y mientras el mundo sigue girando, y las Pascuas y los éxodos y los palacios del poder hacen lo suyo, yo me doy permiso de no pensar en todo eso por un rato. Hoy daré un buen paseo con mis perros, dormiré una siesta, comeré con mi nieta y con la Unagi y poco más. Hoy me apetece agradecer. Agradecer que la literatura me haya encontrado. Agradecer que leer siga siendo mi refugio. Agradecer que la tortilla esté en su punto, que el vermut reciba para mejorarse un chorrito de ginebra, que la novela me haya vuelto a sorprender. Agradezco a ustedes, que me leen —venga— también descansen. Aunque sea por un instante, entre línea y línea, entre sorbo y sorbo, entre pensamientos que se enredan y se sueltan. Bienvenido sea ese descanso compartido.
Bonito domingo de Pascua.
