Como la vida misma

• Nos avergonzamos de la raíz indígena, nos abochorna la espada de Castilla, nos oprime el pecho el cilicio de la inquisición. ¡ME NIEGO A HABLAR DE ISABEL! Qué tentación, madre mía. Hay tanto de qué hablar. Desde la operación del puente de Londres que, por ...

• Nos avergonzamos de la raíz indígena, nos abochorna la espada de Castilla, nos oprime el pecho el cilicio de la inquisición.

¡ME NIEGO A HABLAR DE ISABEL! 

Qué tentación, madre mía. Hay tanto de qué hablar. Desde la operación del puente de Londres que, por cierto, suena a peli de espías; de sus dos visitas a México o sobre los ocho papas que vio pasar. Noventa y seis años son mucha historia, setenta con su corona. Cuánto personaje, cuánto boato. Desde Churchill hasta las extrañas circunstancias de la escabechina de Lady Di. Pero no, Miguel se resiste, hoy no hablaré de la reina, y por no hablar, ni siquiera hablaré de la mía. Cierro mis revistas del corazón y me dispongo a pasar página. 

Antimonárquico que es uno, porque lo veo anacrónico, porque no me salen las cuentas, que me parece mucho privilegio a cambio de vivir del cuento. Y el resto de los mortales, los que me gustan y a los que quiero tienen que mover el trasero para encontrar acomodos. Sé que la mayoría de las monarquías europeas, todas ellas reinando en países democráticos y más o menos avanzados, son una especie de embajadoras de sus gobiernos y aunque fungen como jefaturas de Estado, sus deberes de gobernanza son más bien pobres. Veo que a lo largo del tiempo se han convertido en bisagras de estabilidad y además de llenar las páginas de cuché y dar marcha para escándalos y amoríos que nutren la prensa rosa, son la delicia de las salas de espera y las peluquerías, digo, además de eso, pues poco más. 

 Ahora que estamos a unos días de celebrar otro aniversario de nuestra Independencia, es bueno recordar que la primera de las actas que formalizaban el hecho, daba paso del Virreinato a un Imperio y abría el nuevo escenario para el lucimiento de la sangre azul mexicana. Conociendo el percal, apenas duró un añito, pero hubiera sido muy divertido. Alejado de la rigidez política y su aburrida corrección, con la sorna que amerita el caso, puedo imaginar perfectamente los retorcidos apellidos plenos de bombo y platillo, cargas enteras de parafernalia para dar entrada a los duques de Xochimilco o al conde de Iztapalapa, el barón de Huixquilucan y alguna que otra princesita de Aztlán, de Yucatán y de Puebla, especialmente de Puebla, no me pregunten por qué, pero me late mucho que Puebla sería como una especie de principado, donde el clero y la realeza se darían grandes festines a golpe de rompope y de chiles en nogada. 

Aquí somos muy malagradecidos y nuestra historia oficial se empeña en tergiversar las cosas y nos venden como héroes a los que no lo fueron tanto. Quitan todo mérito de conquistadores a los tlaxcaltecas, ponen por los suelos a Cortés y en vez de orgullo de origen, lejos del sentimiento de honra por nuestra procedencia y pertenencia, se nos inocula en la sangre el complejo de los mediocres, de los faltos de identidad. Nos avergonzamos de la raíz indígena, nos abochorna la espada de Castilla, nos oprime el pecho el cilicio de la inquisición y nos dejan poquito margen para explayarnos en ser lo que somos. 

 Nos libramos de Agustín de Iturbide, bendito Dios, no cuajó el Imperio, primer intento fallido, luego vendría un segundo chance con Maximiliano al que también pasamos por las armas. Me queda meridianamente clara la mínima vocación monárquica de nuestro país. 

Mientras nos empeñemos en tragarnos la historia oficial, siempre estaremos buscando culpables, siempre navegando al amparo de la mentira, de la narrativa construida con muy malas intenciones. Hoy, en lo que podría ser el embrión de la cuarta transformación, no le encuentro significado, ya es aberrante que la nombre así quien la impulsa, sin esperar siquiera un juicio somero de quienes la valorarán en el futuro y, para colmo, vuelve a descansar en falacias. One more time... ni Cortés hizo la Conquista ni Hidalgo la Independencia ni Juárez la Reforma y, mucho menos, López Obrador será recordado por algún cambio relevante. De haber sabido que me metería en este embrollo, mejor hubiera hablado de Isabel. Descanse en paz su majestad. 

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