Como la vida misma / 9 de enero de 2025
Se nos concede la nostalgia, pero no tanto el deseo. Como si después de cierta edad hubiera que resignarse a ver el amor desde la butaca
EL AMOR NO TIENE ARRUGAS
A los veinte es un incendio forestal. A los treinta, una fogata en la playa. A los cuarenta, una hoguera serena en el patio. A los cincuenta, es más un refugio. Y después de los sesenta, cuando se supone que el amor ya ha cumplido su ciclo, se convierte en una llamarada persistente, en una luz que se niega a apagarse. Nos dijeron que el amor tenía plazos, que la pasión era cosa de jóvenes y que la madurez traía consigo la calma, la resignación o, en el mejor de los casos, la complicidad silenciosa. Pero resulta que no. Resulta que a los sesenta (y tantos) seguimos sintiendo mariposas, seguimos enviando mensajes furtivos, seguimos con el deseo de compartir el amanecer con alguien que nos mire con esa chispa inconfundible en los ojos.
Porque el corazón no tiene arrugas. Podrán doler las rodillas, necesitaremos lentes para leer los mensajes de amor, pero la emoción sigue intacta. Si acaso, mejorada, más depurada, menos atolondrada que en la juventud. Sabemos lo que queremos, sabemos lo que no, y sobre todo, sabemos cuánto vale el tiempo y cómo no desperdiciarlo en amores tibios. El amor maduro tiene una ventaja inigualable: la certeza. No hay ansiedad juvenil ni la prisa de los treinta. Se disfruta sin miedo, sin expectativas desbordadas, sin la necesidad de encajar en moldes preestablecidos. A esta edad, el amor es un acto de voluntad más que de casualidad, y ésa es su mayor virtud: no se ama por inercia, se ama porque se elige hacerlo, porque se encuentra en el otro un compañero de vida, un cómplice, un espejo que refleja lo mejor de nosotros mismos.
El problema es que la sociedad parece no estar del todo preparada para esta noción del amor tardío. Se nos permite ser abuelos, pero hay cierta reticencia a vernos como amantes. Se nos concede la nostalgia, pero no tanto el deseo. Como si después de cierta edad hubiera que resignarse a ver el amor desde la butaca, como un espectador que ya no tiene derecho a subirse al escenario. Y, sin embargo, cada vez hay más historias que desmienten esta idea. Cada vez más parejas encuentran en la madurez una segunda o tercera oportunidad para enamorarse, para volver a sentir la adrenalina de un primer beso, para aprender que el amor, si es bueno, no tiene fecha de caducidad.
Pensemos en esos amores que comienzan con una copa de vino en una terraza, en conversaciones que no tienen la urgencia de la juventud, pero sí la profundidad que sólo los años enseñan. Historias de segundas oportunidades, de viudos y divorciados que descubren que el amor no es un evento único en la vida, sino un río que se adapta a cada recodo del camino. “Pasa una vez”, decía el poeta. Pero no, pasa siempre, pasa todo el tiempo. Hay que saber en qué tren subirse, en qué río meter los pies y cuándo lanzarse a cuerpo entero. Quizá no tengamos la piel tan tersa —hablo por mí, la Unagi es de perla—, pero sí la paciencia de esperar la llamada suavizando las angustias, la sabiduría de disfrutar el momento sin presiones y la confianza de saber que el amor no es una carrera, sino un sendero que se camina con placer. Las canciones de amor siguen emocionándome, siguen siendo nuestras favoritas. Tal vez las cartas hayan sido sustituidas por mensajes de WhatsApp, aunque cada vez me entusiasma más escribir largos textos cargados de prosa enamorada, porque el latido sigue ahí, inmutable, recordándonos que estamos vivos, que seguimos siendo capaces de emocionarnos.
Al final, lo único que cambia es la edad, pero no la emoción. Y los años, mucho más que una cifra, son lo que uno les permita en el alma. Sigo siendo un chaval porque me he propuesto serlo. Me siguen prendiendo las caricias y soy mucho más receptivo a las palabritas dulces. Le tengo menos miedo a ser cursi, porque en la flor, en el verso, en el vino rosado sigue estando el mimo escondido, sigue estando mi cupido particular.
El amor no tiene arrugas. Compartir los sueños con alguien sigue siendo un portento, una de las razones más hermosas para existir. Feliz domingo.
