Como la vida misma / 23 de marzo de 2025

La tolerancia es un lujo que reservamos para nuestros iguales, o mejor aún, para los que tienen más que nosotros. Para abajo, que se aguanten

  • SOMOS IGUALES… PERO UNOS MÁS QUE OTROS

En México nadie es racista ni clasista ni machista. Aquí todos somos buenísimos, solidarios, justos y “muy conscientes”. Pero eso sí: que el chofer no llegue tarde, que la señora de la limpieza no hable mucho, que el mesero no se equivoque. Porque la tolerancia es un lujo que reservamos para nuestros iguales, o mejor aún, para los que tienen más que nosotros. Para abajo, que se aguanten. Decimos “gente bien” sin pena. Llamamos “naco” al que no entiende nuestros códigos, y “corriente” al que se atreve a ser feliz con poco. En redes sociales decimos que “todos merecen respeto”, pero en la vida real cambiamos de banqueta si viene un grupo que no se ve suficientemente “blanco” o “educado”. Y no es que seamos malos, es que, pobrecitos, nos educaron así: con la certeza de que hay gente que vale más que otra; aunque intentemos negarlo con nuestras camisetas de Frida Kahlo y hasta con los atroces discursos inclusivos.

El clasismo en México es un deporte nacional, y como tal, tiene reglas invisibles. La forma de hablar, por ejemplo. Si dices “ándele, joven”, ya eres sospechoso. Si usas el verbo “gustar” sin conjugarlo bien, eres material de meme. Si tu nombre suena a barrio, te lo cambiarán en la recepción. Pero claro, no es por discriminación, es por “practicidad”. Lo más fascinante del clasismo mexicano es que se disfraza de civilización. El que se queja de los “nacos en el avión” lo hace por amor al orden. El que no quiere que “cierta gente” viva en su fraccionamiento, lo dice por seguridad. Y el que cree que los pobres lo son porque no se esfuerzan, lo afirma en nombre de la meritocracia. Todo muy lógico y elegante.

Somos un país que presume su mezcla, pero la detesta. Un país que abraza el mestizaje, pero se blanquea con filtros. Un país que celebra el Día de la Independencia con frases de Hidalgo, pero elige a sus líderes por apellidos europeos. Aquí se puede ser de izquierda, feminista y vegano… pero sin pasarte de moreno. Y no es que el clasismo esté reservado a la “alta sociedad”, también se ejerce desde la clase media que se emociona más con el “piso de mármol” que con el trato digno a quien lo limpia. El clasismo es tan democrático que todos pueden practicarlo, incluso los discriminados. Porque en México, siempre hay alguien más abajo.

Claro que nadie se reconoce clasista. Todos tenemos una “muchacha que ya es como de la familia” (aunque duerma en un cuarto sin ventana). Todos nos indignamos con las injusticias (siempre y cuando ocurran en otro código postal). El clasismo mexicano tiene mil caras y todas se maquillan con la misma frase: “No es por mala onda, pero…” Y sí, ya sé lo que viene: “es que no todos son así”, “yo no”, “exageras”, “hay de todo”. Claro que hay de todo. El clasismo no es anecdótico, es estructural. Está metido en la arquitectura de nuestras ciudades, en los guiones de las telenovelas, en las listas de invitados, en las empresas, en la educación, en la política. Y lo más grave: en el humor. Porque el humor clasista tiene pase libre. Uno no puede hablar de religión, de ideología o de feminismo sin riesgo de linchamiento digital, pero burlarse de alguien por su ropa o su nombre sigue siendo “chistoso”. El clasismo es el último prejuicio al que no le ha llegado la cancelación.

¿Y sabes por qué? Porque está en nosotros. Porque lo ejercemos con normalidad. Porque nos incomoda más hablar de privilegios que vivir con ellos. Porque nos enseñaron que si no puedes subir, lo mejor es mirar con desprecio hacia abajo. No hay prueba más grande de esta idiosincrasia mexicana que aquello de ”prefiero que no me vaya bien con tal de que a ti te vaya peor”. Así que sí, todos somos iguales… pero unos todavía lo son más que otros. Y lo peor es que, para muchos, así está bien.

Es domingo, jugaré al subibaja, me daré una vuelta en el parque de Chapultepec, me regalaré una jícama bien enchilada, me iré a comer dos tacos de lengua y tres de tripa, y ya después llevaré a la Unagi a comer su espagueti Alfredo. Bonito día, por cierto, leer quita un poco lo naco. Vamos a intentarlo.

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