Como la vida misma / 12 de febrero de 2025

CAFÉ CON PASTEL... EL ARTE DE DISFRUTAR Ayer, nos entró la vena de caminar hasta Tecamachalco y como subimos desde Polanco por avenida de Las Fuentes la conversación ya estaba agitada y nuestros cuerpos también. Mi maestro Luis Ángel es más ágil que yo en lo físico, ...

CAFÉ CON PASTEL... EL ARTE DE DISFRUTAR

Ayer, nos entró la vena de caminar hasta Tecamachalco y como subimos desde Polanco por avenida de Las Fuentes la conversación ya estaba agitada y nuestros cuerpos también. Mi maestro Luis Ángel es más ágil que yo en lo físico, aunque me lleva unos años, y también lo es en lo intelectual. Enorme filósofo y gran conversador. Se nos antojó un café y ya en la Plaza Tecamachalco nos llamó la atención un letrero… D’Talle Bakery & More. La pinta del lugar prometía y nos dejamos tentar por los aromas y entramos. Nos llevamos dos capuchinos y un hermoso pastel de zanahoria. Seguimos caminando enredados en nuestra charla hasta llegar al parque y sentarnos en un banco. Bien vista, la escena es extraña, dos señores en pants devorando un pastel con emocionada fruición. Les recomiendo la pastelería, aquello es una joya, juro que he de volver con la Unagi, ella no puede perderse este hallazgo. Luis Ángel, con su costumbre de convertir cualquier charla en un pequeño simposio, esperó mi distracción mientras servía dos rebanadas intentando ser cortés y así, a bocajarro me lanzó una pregunta que parecía inofensiva, pero que, como toda buena pregunta, exigía más de una respuesta.

—Te veo contento, Miguel… dime, ¿qué es disfrutar la vida?

Lo primero que me vino a la mente fue Epicuro. No el Epicuro vulgarizado que muchos imaginan —un glotón empedernido y entregado a la molicie—, sino el filósofo que enseñaba que el placer más alto no es la indulgencia, sino la paz. Para Epicuro, la clave de la felicidad estaba en la ataraxia, la serenidad del alma, ese estado en el que ni el miedo a los dioses ni la ansiedad por el futuro nos perturban. No se trataba de banquetes interminables, sino de aprender a gozar de lo esencial: el pan, el vino, la compañía. Miré el pastel frente a mí —una creación impecable— y pensé que Epicuro lo habría aprobado. No por el azúcar ni la mantequilla, sino porque lo que realmente importaba era el acto de saborearlo, de estar presente, de compartirlo sin prisas.

Epicuro diría que esto es felicidad, le respondí. Él sonrió con la paciencia de quien ya tiene la siguiente jugada lista.

—Y Sócrates te preguntaría: ¿sabes por qué es felicidad?

Aquí es donde el asunto se complica. Mis conocimientos de filosofía están muy por debajo de los de mi adorado maestro, aun así, intenté estar a la altura: Sócrates nos enseñó que disfrutar sin entender es lo mismo que no disfrutar. Que el placer, cuando no va acompañado de reflexión, es apenas un espejismo. Un buen pastel puede dar felicidad, pero saber por qué lo disfrutamos nos da algo más: nos da significado. De ahí pasamos a Cicerón, y entonces la conversación tomó otro giro. Porque Cicerón, más que el placer, defendía el valor de la amistad y de la conversación. Decía que ningún bien es tan grande como tener a alguien con quien compartir pensamientos, dudas, hallazgos. Que una charla sincera es el mejor alimento para el alma.

Y en ese momento, con Luis, el café, el pastel y la plática en su punto más álgido, entendí que Cicerón tenía razón. Hay placeres que duran un instante y otros que permanecen. Comer un buen pastel es un placer efímero, pero compartirlo con alguien que te hace pensar lo convierte en un regocijo eterno.

—¿Y si al final la felicidad fuera una mezcla de los tres?, pregunté.

Luis bebió su café y dejó el vaso sobre el brazo del banco con precisión milimétrica.

—Tal vez. Epicuro nos diría que no hay felicidad sin placer, Sócrates nos advertiría que no hay placer sin entendimiento, y Cicerón nos recordaría que nada de eso vale la pena sin alguien con quien compartirlo.

Yo asentí, dejé que la conversación flotara en el aire y me llevé a la boca el último trozo de pastel.

Si alguna vez te preguntas qué es disfrutar la vida, ve por un café, siéntate con alguien que haga buenas preguntas y encuentra tu propio camino entre Epicuro, Sócrates y Cicerón. Era martes, íbamos a ver al Madrid, pero no teníamos prisa, él es madridista y yo adoro a Guardiola, cuando esto se lea ya sabremos quién ganó. Yo con mi pastel de D’Talle y la charla con Luis Ángel fui vencedor sin importar el resultado del juego. Feliz miércoles.

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