Seguridad sin prejuicios
La seguridad está en el corazón de las preocupaciones de los mexicanos. No es para menos, tanto las estadísticas oficiales como la prensa de las últimas semanas ofrecen un buen termómetro de los desafíos en la materia
Debe reconocerse que esta inquietud colectiva ha tenido efectos alentadores en la discusión pública. A la par de una demanda más clara de votantes a la clase política por erradicar la violencia y el delito de sus comunidades —en una lógica de afianzar también la rendición de cuentas— cada vez son más las organizaciones de la sociedad civil que se han especializado con el fin de identificar alternativas viables de política para afrontar el fenómeno de la criminalidad.
Asimismo, llama la atención que en el debate no suelan escucharse con la misma frecuencia las voces, mucho menos documentarse las estrategias de quienes como integrantes de un gabinete presidencial, diseñaron nuevas acciones públicas, transformaron instituciones o enfrentaron las naturales restricciones jurídicas y financieras en el ejercicio de sus responsabilidades para procurar un mejor Estado de derecho. Más aún si se considera que las dependencias del gabinete de seguridad tienen liderazgos que son producto de sólidos servicios profesionales de carrera.
De aquí el valor del libro Seguridad con bienestar, un nuevo modelo integral de seguridad, escrito por Genaro García Luna, exsecretario de Seguridad Pública federal. El autor expone, a la par de una visión retrospectiva sobre la evolución de las instituciones y de la dinámica criminal en el país, un mecanismo novedoso para conseguir entornos seguros con base en un análisis integral de tres rubros sustantivos: primero, el estado de la violencia y la estructura delictiva; segundo, la configuración de los mercados ilícitos, logística criminal y deterioro institucional, así como tercero, los determinantes sociales que inciden en la prevención o comisión de delitos. Con estos elementos, García Luna propone un índice que permite identificar las principales variables que, a nivel nacional, estatal o municipal, pueden reducir la incidencia delictiva si se le destinan los recursos y se aplican las decisiones adecuadas.
Este instrumento podría ser de gran utilidad a las autoridades, porque además de priorizar partidas presupuestales a los ramos con mayor impacto, les hace potenciar la efectividad de las alianzas públicas, privadas y sociales encaminadas a revertir rezagos
específicos en educación, salud, capacitación o empleo.
Por otro lado, vale la pena rescatar dos planteamientos expuestos en “Seguridad con bienestar”. El primero refiere a la necesidad de construir una política consistente en el tiempo, que garantice capacidades institucionales crecientes, con objetivos medibles y cuantificables.
Un México seguro no aguanta la creación y desaparición de órganos públicos, como la Secretaría de Seguridad Pública, porque obstaculiza consolidar resultados de largo plazo, como tampoco, la carencia de mecanismos eficientes para uniformar protocolos de actuación y bases de datos entre órdenes de gobierno, a pesar de ser objetivos establecidos en la Ley General que estableció las Bases de Coordinación del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de 1985.
No en balde a la fecha seguimos sin un modelo nacional de policía y sin un esquema claro de corresponsabilidad.
En segundo lugar, resalto aquí la importancia que García Luna concede a la participación ciudadana. Bien señala: “Sin una interacción eficiente entre sociedad y autoridad, no existe forma alguna de tener comunidad segura”. Es la ciudadanía quien, con su denuncia, acerca a la policía datos que de someterse a un análisis sistemático, abren la puerta a la persecución y prevención del delito.
Por ello resulta crucial fomentar la confianza social en los cuerpos civiles de seguridad, sustentada en policías capacitadas, certificadas y con los incentivos al buen desempeño de su labor, conforme a las mejores prácticas internacionales.
En este campo el libro también enriquece la discusión, al ofrecer un comparativo de cómo las ciudades de Nueva York, Chicago, Palermo y Medellín, fortalecieron sus instituciones civiles de seguridad y de justicia, reduciendo la alta criminalidad que persistía en ellas. México debe apostar por una política de seguridad técnica, de largo aliento, sin prejuicios y el libro de Genaro García Luna ofrece una innovadora vía para conseguirla.
