Mejora económica entre corchetes

Hoy las estructuras de liderazgo del G20 buscan crear un entorno virtuoso de crecimiento global con el fin de que los individuos puedan alcanzar su potencial, a partir del combate a la desigualdad

Las declaraciones oficiales de las cumbres de líderes del Grupo de los 20 (G20) parecen cada vez más pronunciamientos extraídos de un formato machote. En este mecanismo domina un discurso monótono. El contrastar los pronunciamientos diplomáticos con la realidad de ese momento y la de hoy exhibe la debilidad en el tiempo de las acciones conjuntas de sus países integrantes para reactivar el crecimiento sostenido de la economía global, el cual, a pesar de múltiples acuerdos y reuniones de seguimiento, sigue sin registrarse casi 12 años más tarde. Por el contrario, la falta de niveles adecuados de crecimiento económico ha agravado la adversidad política a la corresponsabilidad, con la presencia de crecientes sectores en esta veintena de sociedades que manifiestan su rechazo a la cooperación multilateral y el crecimiento incluyente.

Son los movimientos nacionalistas —que tienen su expresión máxima en partidos ultraconservadores en posiciones de los gobiernos más poderosos— el nuevo obstáculo para afrontar con éxito los grandes retos globales, porque imponen márgenes de acción cada vez más estrechos, en los ya de por sí reducidos canales de negociación diplomática observados años atrás. Por eso, la duda de la credibilidad surge en la ambiciosa agenda de cooperación definida en la última cumbre del G20, realizada en Osaka, Japón. En ella, no sólo se exponen materias necesarias para la solidez del sistema financiero, la política económica o el desarrollo de infraestructura, también aborda la colaboración de las 20 naciones en innovación tecnológica, economía digital, libre circulación de conocimiento, equidad de género, bienestar social, atención a población desplazada y migrantes.

A pesar de las buenas intenciones del G20, el diálogo siguió dominado por las tensiones en los mercados, las bajas tasas de crecimiento económico y los riesgos para el bienestar de la humanidad. Hoy las estructuras de liderazgo del G20 buscan crear un entorno virtuoso de crecimiento global con el fin de que los individuos puedan alcanzar su potencial, a partir del combate a la desigualdad —de acuerdo con lo asentado en la declaración final dada a conocer a la conclusión del encuentro de alto nivel—. Si 12 años después, atendiendo los objetivos de las declaraciones oficiales de las cumbres de finales de la primera década del siglo, el G20 no logró erradicar la desigualdad ni dar certeza el crecimiento global, ¿qué nos hace pensar ahora que el acceso a mayores oportunidades será promovido con la aplicación colaborativa de la Inteligencia Artificial, si ésta es desarrollada y controlada por potencias con escasos incentivos a la cooperación? Ello sin olvidar que el avance tecnológico exponencial es considerado materia de seguridad nacional, cuando no, objeto de chantaje en incipientes guerras comerciales, como la última protagonizada por EU y China. Asimismo, resulta paradójico que el G20 subraye su compromiso con atender las causas de la migración y el desplazamiento de personas, cuando son las naciones avanzadas las que están endureciendo sus políticas de asilo, repatriando sus capitales para incentivar el crecimiento de empleo en su territorio y recurriendo a la amenaza económica en el objetivo de cortar las extensas caravanas de migrantes y refugiados. Peor aún, las 20 economías piden la reforma a la OMC, mientras han sido incapaces por años de darle viabilidad a la de la ONU.

Por ello, en el contexto de la inercia discursiva dominante en este foro multilateral, no es gratuito que la nota de la cumbre se la haya llevado la distensión —al menos temporal— de la guerra comercial entre EU y China o el refrendo de la administración de Donald Trump de abandonar los compromisos ambientales de la Cumbre de París, en vez de algún revelador punto de acuerdo que pudieran haber asumido en conjunto los jefes de gobierno integrantes del G20.

A pesar de las dificultades, nadie pide aquí la extinción del G20, sino su indispensable renovación como foro de concertación para que pueda cumplir con los objetivos primordiales que le dieron nacimiento: estabilidad y crecimiento económico global. En diplomacia, se pone entre corchetes aquellas partes de los textos a los que se les concede un espacio de tiempo en lo que ganan los consensos sobre sus términos, o se diseñan los ajustes necesarios para hacerlos transitables entre las partes. Por lo observado en las conclusiones de la cumbre en Osaka, la mejora económica está entre corchetes en lo que se descubren formas más innovadoras de la política multilateral para garantizar la ruta hacia la prosperidad global.

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