Las matemáticas del coronavirus por Maximiliano Cortázar
Italia, junto a la alta letalidad de Filipinas, Irak e Irán, nos recuerdan que las acciones firmes no deben esperar a una siguiente fase de gravedad.
Los cálculos de la autoridad pública, en el marco de una pandemia como lo es el coronavirus (COVID-19), son, por demás, delicados. De ellos, está en juego no sólo la vida de personas vulnerables por su perfil demográfico y la salud de grupos poblacionales, de los cuales depende la operación de cadenas críticas de producción o abastecimiento, sino la mitigación del impacto del coronavirus en el bienestar de los hogares, sobre los que se expande ya la amenaza de la recesión económica, según lo alerta Naciones Unidas. Las experiencias observadas en los diversos países confirman que se debe actuar con toda firmeza, incluso antes de encontrarse inmerso en el siguiente peor escenario de la pandemia.
En materia de salud, realizar intervenciones con anticipación a las matemáticas ofrecidas en las proyecciones importa y mucho. Se podría sintetizar que, en ellas, el objetivo prioritario es ganar tiempo para demorar la espiral en el número de personas infectadas con dos metas prioritarias. Primera, el conseguir aminorar los riesgos de contagio a la población mayor de 60 años y a individuos con problemas de diabetes o cardiovasculares. Segunda, intentar hacer compatible a la población en necesidad hospitalaria con la infraestructura de salud existente, además de contar con un plazo adicional para analizar la posibilidad de ampliar el equipamiento médico o articular mejor los distintos sistemas de salud. Por eso, dejar las decisiones para mañana es altamente costoso en términos sociales.
Los modelos de probabilidad lo dejan ver con toda claridad. De acuerdo con una interesante pieza interactiva publicada en el portal de The New York Times, si el día de hoy Estados Unidos decidiera instrumentar intervenciones agresivas para contener la tasa de contagio, se podría llegar en ese país a un tope de varios cientos de miles de infectados en julio. Sin embargo, si este paquete de medidas se aplazara algunas semanas, el pico sería de millones. Estos últimos números, muy similares a si el gobierno estadunidense aplicara desde hoy medidas laxas para aminorar el contagio. Es decir, además de importar la anticipación, resulta relevante su nivel de dureza.
Asimismo, en la medida que el flujo de enfermos vaya encontrando disponibilidad de camas y equipo médico especializado, mayor será la probabilidad de que estos regresen con bien a casa. Como dejan en claro los gráficos de la misma pieza, no es lo mismo atender a 591 mil infectados con 366 mil unidades de terapia intensiva existentes si estos se presentan en días, que a lo largo de algunas semanas.
Si la matemática es clara, la realidad suele ser mucho más cruda. Italia quizá sea el mejor ejemplo. El índice de propagación y la falta de detección temprana han tenido como consecuencia que los enfermos se presenten en condiciones críticas a los centros hospitalarios, saturando en unos cuantos días la infraestructura del sistema de salud. Con 368 personas fallecidas tan sólo ayer y un total de mil 800, resultan lamentables las crónicas periodísticas en las que doctores dan cuenta de su obligación por elegir entre quienes deben y no recibir atención médica, debido a la carencia de mayores instrumentos.
Italia, junto a la alta letalidad de Filipinas, Irak e Irán, nos recuerda que las acciones firmes no deben esperar a una siguiente fase de gravedad. Por su parte, los países más exitosos han desplegado diagnósticos masivos; cerrado lugares de concentración como museos, auditorios, restaurantes y gimnasios; suspendido clases, así como realizado limpieza profunda a sistemas de transporte colectivo. Éstas y otras medidas explican por qué mientras Corea del Sur (con sus 10 mil revisiones diarias) es el modelo a seguir en cortar radicalmente las tendencias crecientes de infectados, otros países, como España, Francia o Alemania, navegan en espirales infecciosas por su tardía respuesta. En España, por ejemplo, sus autoridades siguieron convocando a paellas y comilonas multitudinarias con fines políticos, mientras sus ritmos de contagio crecían a ritmos de 25% por día.
Sin embargo, no toda la respuesta está en la salud. La tasa de contagio del virus difícilmente decrecerá si las jefas o jefes de familia se ven obligados a salir en búsqueda de un recurso que compense la pérdida de ingreso por el coronavirus. De ahí que los paquetes de intervenciones antes referidos deban complementarse con políticas de apoyo a industrias y pequeñas empresas afectadas, así como a deudores de hipotecas o al trabajo a distancia, para contener la emergencia. Con base en lo aprendido por la comunidad internacional en las últimas semanas, queda la duda de si México está aprendiendo la lección al seguir desarrollando su cotidianidad con normalidad, cuando claramente la coyuntura global está lejos de serlo. Esperemos que la realidad no nos sorprenda como a los italianos en la cama de terapia intensiva, por dejar correr tiempo valioso en la aplicación de medidas estrictas que muestran efectividad en contener la crisis de coronavirus.
