Más participación ciudadana

México vive tres flagelos provocados, en gran medida, por la falta de madurez democrática que conlleva una menor participación de la gente ante el desencanto que significa únicamente votar el día de las elecciones y sentarse a esperar que los gobernantes tomen las mejores decisiones para esa sociedad que poco hace por cogobernar con la clase política

Mal hacen aquellos que tratan de inhibir mayor participación de la sociedad, incluidas todas las clases sociales, en las decisiones públicas, bajo el argumento de que solamente ellos saben cómo guiar al pueblo hacia otra realidad, principalmente económica. En los tiempos más recientes han surgido de nuevo caudillos que le venden espejitos a la gente con tal de seguir medrando con su pobreza y necesidades básicas. Por ello, las sociedades más desarrolladas, donde la gente tiene mayor participación en la cosa pública, hoy les exigen más a sus gobernantes y escogen con mayor cuidado a quienes los gobiernan, en un sistema democrático maduro y estable que permite a esos países sortear con mayor facilidad las consecuencias de la pandemia, por ejemplo.

Hoy, México vive tres flagelos provocados, en gran medida, por la falta de madurez democrática que conlleva una menor participación de la gente ante el desencanto que significa únicamente votar el día de las elecciones y sentarse a esperar que los gobernantes tomen las mejores decisiones para esa sociedad que poco hace por cogobernar con la clase política.

En primer lugar, una crisis sin precedentes (desde hace varios años) en materia de seguridad. No hay fin de semana o entre semana en el que no ocurran enfrentamientos entre bandas criminales, sobre todo en aquellos sitios dominados por los principales cárteles del país, como los recientes hechos ocurridos en Reynosa, Tamaulipas, o la matanza en un taller mecánico de Salvatierra, Guanajuato.

Otra grave crisis que golpea a millones de familias mexicanas es la pérdida de empleos y de economía, agravada por la pandemia por covid que desde hace más de un año padecemos los seres humanos. Cada vez es más común observar en las calles de las principales capitales del territorio nacional a niños, mujeres y adultos mayores, principalmente, solicitando monedas o un trozo de pan y comida para llevarse a la boca ante el aumento de la pobreza en el país. Hoy los analistas calculan en 63 millones el número de pobres en México.

Y, finalmente, una crisis social alentada por quienes dicen que obtener títulos universitarios solamente fomenta el egoísmo y el aspiracionismo de la clase media. Por ello habría que permanecer pobres e ignorantes, porque así es más fácil controlar a la mayor parte de la sociedad. Todo ello reflejo de la crisis educativa en la que está el país. Bajo el falso argumento de que buscar mejores circunstancias y condiciones para los hijos y la familia es algo malo porque eso necesariamente lleva a la explotación de los que menos tienen, se estigmatiza a las clases medias y se busca su deterioro para que todos sean de los de abajo.

No hay manera de hacer entender a quienes, por trauma personal o social, desean que nadie prospere, de que el ser humano —por naturaleza— siempre aspira a mejores estadios de vida y que eso no significa que se tenga que lograr con base en la explotación de los de abajo. Al contrario, el desarrollo de un país se basa, precisamente, en la llamada movilidad social: el Estado debe garantizar de manera permanente que, a través de las instituciones establecidas por sus propios habitantes, esa sociedad dé con las vías legales y formales para encontrar en la educación y el trabajo los caminos para la mejoría económica de sus integrantes y no, como sucede ahora, que a través de la dádiva y la entrega de limosnas, se controle a todo un pueblo y se le haga creer que la función de los gobiernos es precisamente esa: proveer de todo a sus habitantes sin que éstos se esfuercen por obtener los satisfactores necesarios que los lleven a mejores condiciones sociales: alimento, vestido, casa, educación y salud.

Pero, cuando la distancia se hace interminable entre quienes nada tienen y los pocos que llegan a amasar verdaderas fortunas, entonces nos encontramos frente a las distorsiones políticas y sociales que hoy nos toca enfrentar.

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