Volver la mirada hacia lo local

México atraviesa una etapa marcada por desafíos de enorme complejidad. Sin embargo, en medio de las llamadas “grandes agendas nacionales y globales”, la relevancia de lo que ocurre en lo local suele pasar desapercibido, pese a que es el ámbito de gobierno que tiene el impacto más directo en la vida cotidiana.

Nuestra Constitución establece al municipio, en su artículo 115, como la base de la división territorial y de la organización política y administrativa del país, otorgándole facultades en materias fundamentales para el bienestar colectivo. El suministro de agua potable, el drenaje y alcantarillado, el alumbrado público, la recolección de residuos, los mercados, los panteones, los parques y jardines, así como la seguridad pública preventiva, son sus responsabilidades esenciales. Sin embargo, la distancia entre el mandato constitucional y la realidad cotidiana es muy grande. Los datos oficiales muestran de manera sistemática que la ciudadanía mantiene evaluaciones desfavorables sobre todos los servicios públicos locales. Las quejas se repiten en todas las regiones del país: calles deterioradas, señalización insuficiente o inexistente, problemas recurrentes de abastecimiento de agua, mala calidad del líquido distribuido, alumbrado público deficiente, drenajes colapsados, inundaciones frecuentes y una percepción persistente de corrupción en múltiples trámites y servicios.

Estas problemáticas suelen ser consideradas asuntos menores frente a los grandes debates nacionales. Sin embargo, para millones de personas representan la diferencia entre una vida digna y una vida marcada por obstáculos permanentes. Una calle sin pavimentar o con severos daños incrementa los tiempos de traslado, afecta la movilidad de personas adultas mayores y con discapacidad, deteriora vehículos y limita las oportunidades económicas. Un sistema de drenaje insuficiente puede convertir una lluvia intensa en una emergencia para miles de familias. La falta de árboles, parques y espacios públicos de calidad deteriora la convivencia comunitaria, reduce las oportunidades de recreación y amplifica los efectos de las olas de calor que cada año se vuelven más intensas. La relevancia de lo local adquiere una dimensión todavía mayor en el contexto de la crisis climática. Muchos de sus impactos más visibles se experimentan precisamente en las ciudades y comunidades: inundaciones urbanas, escasez de agua, incremento de temperaturas, pérdida de áreas verdes y deterioro de la infraestructura pública. Son fenómenos que requieren respuestas inmediatas desde el territorio y que difícilmente pueden resolverse únicamente desde las estructuras federales o estatales.

Existe, además, una dimensión democrática que no debe ignorarse. Para buena parte de la población, el gobierno municipal constituye el rostro más cercano del Estado. La interacción con policías de tránsito, oficinas de atención ciudadana, servicios de agua, permisos de construcción o recolección de basura moldea la percepción que las personas tienen sobre las instituciones públicas.

Por ello resulta indispensable replantear el federalismo mexicano. Durante décadas se ha producido una creciente concentración federal de los recursos, capacidades técnicas y poder político, mientras cientos de municipios enfrentan limitaciones presupuestales, debilidad institucional y escasa capacidad de planeación. El resultado es una contradicción estructural: se les asignan responsabilidades fundamentales, pero sin los instrumentos necesarios para cumplirlas adecuadamente.

La construcción de una nueva política federalista debe partir del reconocimiento de que fortalecer a los municipios es una condición necesaria para mejorar la calidad de vida de la población. Ello implica revisar los mecanismos de financiamiento local, profesionalizar los servicios públicos municipales, fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas, modernizar los sistemas de gestión urbana y construir capacidades técnicas que permitan enfrentar los desafíos contemporáneos.

Volver la mirada hacia lo local significa comprender que el bienestar colectivo se construye desde las calles que transitamos, el agua que llega a nuestros hogares, los parques donde conviven nuestras familias y la calidad de los servicios que recibimos todos los días. Los gobiernos democráticos deben garantizar derechos y bienestar, por lo que fortalecer los gobiernos municipales es una prioridad estratégica. Porque es ahí, en el espacio local, donde la ciudadanía experimenta de manera más tangible la la ausencia del Estado.